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| ¿Hospitalidad o Servidumbre? |
¿Dónde termina la hospitalidad y empieza la servidumbre_ Analizamos cómo la necesidad de aceptación, la falta de límites y la dependencia emocional pueden convertir una virtud en un mecanismo de dominación.
En este artículo descubrirás:
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Cómo la hospitalidad puede convertirse en un mecanismo de explotación.
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Por qué poner límites es una condición indispensable para la libertad.
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Qué relación existe entre autoestima, identidad y dependencia emocional.
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Cómo la necesidad de aprobación condiciona nuestras decisiones.
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Por qué la verdadera prisión es psicológica antes que política.
¿Hospitalidad o servidumbre? Cuando una virtud se convierte en un mecanismo de explotación.
Te enseñaron a ser dócil y ni siquiera lo notas. La manipulación psicológica de confundir hospitalidad con obediencia convierte una virtud en una mecanismo de explotación. El mayor peligro de un pueblo obediente es que rara vez sabe que lo es.
Philip Zimbardo estudió la psicología del poder y la obediencia. Una de sus ideas más potentes es que las personas no necesitan ser malas, basta con introducirlas en un sistema que premie la obediencia y castigue la discrepancia. Una idea que encaja perfectamente el concepto del "palo y la zanahoria" que explicamos en el
primer articulo de esta serie y que se da en contextos coloniales y de dominación.
Zimbardo estudia como las instituciones transforman el comportamiento, la normalización del abuso, la obediencia estructural y el conformismo institucional (The Lucifer Effect (2007)).
George Lakoff - otro autor del que ya hemos hablado en artículos anteriores
en este blog - nos habla de la manipulación de la percepción. Lakoff explica algo fundamental, quien controla el marco mental (
frame) controla el debate. No importa tanto los hechos sino como se interpretan esos hechos. Lo que importan son los marcos mentales, y esto tiene que ver con la
conciencia neblinada y la distorsión en el entendimiento de la realidad en Canarias.
Cuando la hospitalidad deja de ser virtud. Mi verdadero objetivo es que sigas haciendo el gilipollas.
Hace muchos años expliqué que la solución óptima al problema del
dilema del prisionero iterativo no es colaborar, es convencer una y otra vez al otro de colaborar y traicionarlo. Es decir, convencerlo para que siga haciendo el gilipollas. España lo sabe y lo práctica con los canarios.
Y Canarias sigue picando porque tiene la conciencia neblinada, no se entera, su necesidad de validación externa y de aceptación le hace entregarse en brazos de tiranos. Porque no se conoce ni se gusta a si mismo. Y es que el autorechazo - inducido por la cultura, la educación y los medios- alcanza niveles patológicos. El lavado de cerebro, la manipulación de la historia y el desconocimiento de sus propias raíces hace que se disfrace de una identidad falsa que ha construido en negativo, en contraposición a, a través de la moral de esclavo y no de la moral del guerrero de su propia
tradición nativa.
Y es que la historia y la cultura es un arma de manipulación geopolítica. Si convences a alguien de asumir unos valores, por ejemplo la solidaridad, muchas veces distorsionados, el individuo se creará una identidad en base a eso y su mente, su ego, su subconsciente y su sistema nervioso hará todo lo posible por defenderla, incluso si es tóxica. Porque lo cree firmemente, está convencido de ello y no siquiera se da cuenta de que es aprendido.
Hay que ser solidarios, si, pero ¿con quien?.... ¿Con los canarios también o solo con los de afuera...? Con los canarios no hace falta, son los gilipollas del mundo y lo aguantan todo
La identidad del canario distorsionada por siglos de colonialidad, le impide ver con claridad quién es, qué puede y qué merece. Y es cierto que hay cosas que traemos dentro, como la hospitalidad, que incluso son valores que provienen de los antiguos canarios, pero que la sociedad colonial y la perdida u ocultación del sistema completo de la filosofía nativa, ha distorsionado en su aplicación y en su contexto. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.
Y es que valores auténticos pueden deformarse. La hospitalidad es un valor noble, pero que extraído de su marco correcto puede convertirse en mecanismo de explotación. Hospitalidad sin límites no es nobleza sino sumisión. Porque hospitalidad sin reciprocidad no es virtud sino disponibilidad y abuso. Y es que el gánigo del que no tiene honor no puede compartir mesa con los demás.
La hospitalidad auténtica nace de la dignidad y no del ansia de agradar. Porque el que actúa desde dignidad da porque quiere, mientras que el que actúa desde dependencia da porque teme. Y desde fuera ambos comportamientos pueden parecer iguales, pero psicológicamente no tienen nada que ver. Uno es honor y libertad, el otro condicionamiento.
De igual forma, servicio sin dignidad acaba siendo servidumbre. Y cuando generaciones enteras confunden ambas cosas, el resultado es devastador. El canario confunde hospitalidad con obediencia y sumisión, servicio con servidumbre. Mendiga amor y aceptación, porque no recuerda quién es, y eso lo lleva a la resignación colectiva ante el abuso, la subordinación o la injusticia.
Y es que la resignación colectiva tiene profundas raíces históricas derivadas de la colonialidad y la dependencia estructural. Una dependencia manufacturada, impuesta e interesada. El problema no es solo que el canario aguante lo que otros pueblos no aguantarían, el problema es que lo educaron para aguantar. La resignación también se enseña.
Un pueblo colonizado aprende primero a callar, luego aprende a justificarse, después aprende a racionalizar el abuso y finalmente aprende a
defender emocionalmente aquello que lo somete. Y así la servidumbre acaba pareciendo normal. El miedo al rechazo, a parecer conflictivo, destruye pueblos enteros. Porque quien necesita aprobación externa nunca será libre. Sus decisiones no nacerán de la convicción sino de la ansiedad y la necesidad.
El mayor triunfo del poder no es que obedezcas. Es que defiendas emocionalmente tu propia obediencia. Es que llames virtud a tu sumisión y ridiculices a quien la cuestiona. Es que sientas orgullo por el rol subordinado que te asignaron. Ese es el dominio perfecto porque ya no hace falta imponerte nada, te lo impones tú solo.
Y así el canario renuncia a la
dignidad de sus raíces, a la dignidad de lo que es para convertirse en la caricatura de lo que no es. Renuncia a su autenticidad para convertirse en un payaso. Y al hacerlo valida la superioridad de su propio verdugo.
La importancia de saber decir que no.
La capacidad de no ser amado es el precio de tu libertad. Pero pregúntate si realmente te amaba o simplemente se aprovechaba de ti.
La búsqueda de validación y aceptación nos lleva a la incapacidad de
decir que no. El miedo a que el otro se moleste nos lleva a no establecer nunca límites. Pero el precio a pagar por no poner limites es no vivir como realmente quieres y dejar que los demás se aprovechen de ti.
Cuando ponemos límites nos exponemos al rechazo y ese es uno de los miedos más nucleares que tenemos las personas. Algunas personas y algunos pueblos han sufrido historias de invalidación emocional. Es lo que hacen los godos cuando te restriegan por la cara que eres un privilegiado y un mantenido invalidando tus quejas o deseándote que te invada Marruecos, por ejemplo o cuando te dicen que los guanche murieron todos y no queda nada, despreciando e infravalorizando su legado en el pueblo canario. Estas invalidaciones emocionales, especialmente cuando se ha generado una autoestima baja o una sensibilidad a la validación externa, se introyectan porque “me importa mucho lo que los demás piensen de mí”.
Cuando no ponemos limites estamos cediendo a situaciones o a conductas que no queremos. Pero en el fondo la otra persona se los está saltando porque yo, para evitar el malestar emocional que me produce poner límites, se lo estamos permitiendo. Por otro lado la sensibilidad y el miedo a la crítica nos hace buscar el perfeccionismo, precisamente para evitar la crítica. Por eso somos extremadamente tolerantes con el de afuera y el el inquisidor más brutal e intolerante con el de adentro. Para muchos equivocarse es motivo de vergüenza, cuando en realidad lo que nos debería dar vergüenza es no reconocer nuestros errores y no corregirlos.
Y es que no es solo nuestra "imagen colectiva" la que queremos salvar de la crítica, es también que en un pueblo colonizado y degradado, no ser menos que el vecino es el último refugio de la autoestima. Y así el canario cava su propia tumba y forja los barrotes de su propia prisión. Unos barrotes que no solo se registran en el BOE y el BOC, es decir en los Boletines Oficiales del Estado y de Canarias, sino también son barrotes mentales y emocionales fruto de no ser dueño de su propia percepción.
El poner un límite implica que yo estoy haciendo algo para protegerme porque la otra persona está intentando saltarse mis límites y valores, o me están haciendo daño y yo tengo que hacer algo para que no sigan hiriéndome. Pero para muchos eso es ser insolidario o egoísta. Que es básicamente de lo que se le acusaba a los canarios por su negativa a acoger el crucero del hantavirus sin garantías.
Algunas personas y algunos pueblos han tenido experiencias donde no se ha reforzado la individualidad o han sufrido menosprecio o rechazo. Esto les lleva a que les cueste muchísimo el poner limites. Pero el no poner limites no es gratis, el individuo termina pagando un alto precio y sintiéndose agotado, frustrado y desvalorizado por la pérdida de autoestima y la tristeza de no estar haciendo las cosas como realmente me gustaría, y también ansiedad porque, como yo evito el poner los límites, cada vez me va a costar más hacerlo.
Algunos ven la individualidad como egoísmo o algo a evitar porque tienen la percepción distorsionada. La individualidad es, junto con la intencionalidad y la determinación, uno de los tres pilares de la filosofía canaria nativa. Algo que no les impedía tener un fuerte de sentido de
cohesión grupal e identitaria. Y es que no puedes construir un muro fuerte con vigas podridas, ni puedes tener un buen equipo de futbol sin buenos jugadores. Individualidad y responsabilidad colectiva no son antagonismos, son complementariedades.
Poner límites nos permite proteger nuestro espacio personal y emocional, lo que a su vez nos ayuda a sentirnos más seguros, evitando la inseguridad patológica, y respetados.
La aceptación a ser rechazado es el precio de ser dueño de tu propia percepción.
La aceptación a ser rechazado es el precio de ser dueño de tu propia percepción, pero muchos nunca lo pagan. Prefieren alquilar sus creencias del círculo al que quieren acceder. Y así aprenden lo qué les granjea aplausos, lo qué les castiga, lo qué les hace parecer inteligentes, compasivos, respetables, empleables, queridos, atractivos y seguros, lo que les granjea aceptación y validación.
Los barrotes no se ven porque se confunde esa calibración social con la propia identidad y valores, introyectándola, cuando en realidad es miedo y culpa disfrazadas.
Una persona que no tolera la desaprobación en el momento en que la verdad se vuelve socialmente costosa, se rinden. Tiran la toalla. Suavizan la sentencia. Retrasan la llamada. Preguntan quién más está de acuerdo. Esperan permiso. Se refugia en el consenso grupal hasta que pasa el peligro. Porque no esperan pruebas, esperan seguridad. Por eso la mayoría llega tarde a todo. Por eso el canario es un rendido. Y es que una persona débil no aguanta la incertidumbre.
Y es que el canario - ingenuo pero feliz que es lo mismo que decir infantil o infantilizado - espera una y otra vez ser aceptado, admirado aunque se confunda con aquello de "que bonito son vuestros paisajes" mientras lo engañan una y otra vez, una y otra vez,... educado para aguantar, confundiendo hospitalidad con obediencia.
Intenta ser aceptado una y otra vez, olvidando aquello de que locura es seguir haciendo lo mismo una y otra vez esperando un resultado distinto. Pero esa es una verdad que no quiere aceptar. Esa es la prisión.
Uno debe aprender a ser impopular y aceptar el rechazo o se verá atrapado en la prisión de las creencias ajenas. Ser impopular no significa tener razón. Pero negarse a ser impopular garantiza la dependencia del grupo. Significa que otros controlan tu percepción y los límites de tus pensamientos, generalmente para satisfacer sus intereses y no los tuyos. Porque, como ya hemos dicho, nadie te ve como eres. Te interpretan. Te encajan en su mundo para no cuestionar el suyo.
Entender el problema no basta. La cuestión es cómo salir de esa prisión psicológica. De eso hablaremos en el próximo articulo.
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