El mito de la Tierra Vacía y el Colonizador Civilizador: el discurso colonial sobre Canarias y Marruecos
¿Cómo consigue un imperio convencer incluso a los descendientes del pueblo conquistado de que la conquista fue legítima? Albert Memmi escribió que ningún colonialismo puede sobrevivir únicamente mediante la fuerza. Necesita construir un relato moral que transforme una conquista en una misión civilizadora y una usurpación en un acto de progreso.
El tiempo no legitima la ocupación. Pretender que cinco siglos de presencia transforman un enclave en territorio soberano es un contrasentido jurídico. Si la longevidad de una presencia bastase para hacerla legítima, ningún proceso de descolonización habría visto jamás la luz en la historia moderna. El paso del tiempo no transforma una anomalía geopolítica en un derecho eterno.
Lo mismo se aplica para Ceuta y Melilla que para Canarias.
En el discurso en redes y en la propaganda española, a raíz de los acontecimientos en Ceuta, podemos reconocer todos los elementos del discurso colonial que Albert Memmi y Frank Fanon identificaron a mitad del siglo XX.
Y es que España acaba de inventar la izquierda antifascista colonizadora pied noir preocupada por la confabulación judeomasónica sionista y trumpista para quitarle a España sus posiciones de Ultramar en África. Las críticas internacionales son todo una leyenda negra inventada por los enemigos de España por lo visto...¿De donde me suena a mí esta película?
El mito de la Tierra Vacía y del Colonizador Civilizador
Para el español la historia de Marruecos no existe. En el discurso coloniales español Marruecos no fue fundado por la dinastía Idrisi en el año 788 como consideran la mayoría de los historiadores. Para buena parte del discurso colonial español Marruecos es una construcción moderna sin historia nacida en 1954.
Es el mito de la "Tierra Vacía" y del "colonizador civilizador" del discurso colonial que menciona Memmi. Para justificar el hecho de haber usurpado las tierras de otros, el colonizador debe construir un mito fundacional: la idea de que él trajo la civilización, la agricultura y el progreso a un desierto baldío habitado por salvajes. Si el colonizador admite que la tierra ya era rica o que pertenecía a una cultura legítima, se convierte automáticamente en un ladrón.
Se obvia que Ceuta era simplemente un castillo, un presidio construido sobre un itsmo, y Melilla un fuerte construido sobre un peñón. Se obvia que amos territorios se ampliaron considerablemente en época colonial, multiplicando Ceuta su superficie por cinco y Melilla por 450. Que la construcción de la ciudad de Melilla se hace a costa de las tierras de la confederación amazigh rifeña de los Guelaya, especialmente de los Imazuzen, a partir de 1860. O que Ceuta se amplió en el mismo periodo a costa de la cabila Anyera fruto de una guerra que empezó al intentar Ceuta ampliar sus limites construyendo fortificaciones fuera de sus murallas.
Al decir que allí antes "no había nada" o que "Marruecos no existía" se autoproclama creador y salvador, legitimando su propiedad y lavando su culpa.
Esta observación de Albert Memmi también se encuentra, con matices, en autores como Frantz Fanon, Aimé Césaire, Edward Said, Patrick Wolfe o Lorenzo Veracini. Todos ellos sostienen, desde perspectivas distintas, que el colonialismo necesita una narrativa moral que legitime la apropiación del territorio y la sustitución o subordinación de la población originaria.
Lo que suele hacerse es construir una vaciedad política, moral o civilizatoria. El territorio aparece como si no tuviera un propietario legítimo, una historia digna o instituciones reconocibles.
El mito de la Tierra Vacía y del Colonizador Civilizador en Canarias
En el caso de Canarias, probablemente el elemento más característico es el de una "tierra sin civilización legítima" o "sin sujeto político legítimo". La población indígena no se niega, lo que se cuestiona es que su organización, sus derechos territoriales, su cultura, su filosofía de vida o sus creencias espirituales merecieran algún tipo de respeto.
Para el español no merecían el mismo reconocimiento que los de las sociedades europeas que consideran superior en todos los aspectos, incluidos el filosófico y el espiritual. Esa transformación de un territorio habitado en un espacio considerado disponible para ser apropiado es uno de los mecanismos más estudiados por la antropología histórica del colonialismo.
Una narrativa muy extendida sostiene que Canarias no era una nación, eran tribus aisladas. Este es probablemente el argumento más frecuente. La idea implícita es que no existía Estado, que no existía unidad política, que por tanto no existía un sujeto legítimo del territorio.
En la teoría colonial esto equivale a transformar un territorio ocupado desde hacía siglos en un espacio políticamente disponible. Desde la antropología contemporánea, la ausencia de un Estado centralizado no implica ausencia de organización política. Muchas sociedades segmentarias poseen derechos territoriales perfectamente definidos. Muchas de esas organizaciones son confederaciones a diferencia de los reinos cristianos centralistas medievales, pero eso no significa falta de unidad o falta de conciencia de pertenencia a una sociedad en su conjunto.
Otro de los argumentos favoritos es "Los guanches vivían en la Edad de Piedra", "vuélvete a la cueva como los guanches" o "vístete con piel de cabra, salvaje". Aquí aparece el evolucionismo clásico del siglo XIX.
El razonamiento suele ser eran técnicamente atrasados, luego necesitaban ser reemplazados o dirigidos. Autores como Césaire o Fanon señalaron precisamente esta identificación entre desarrollo tecnológico y legitimidad política. El nivel tecnológico era distinto del europeo, pero eso no implica ausencia de civilización.
Otras variaciones del mito
Otros argumentos van en la línea de que "España trajo la civilización y la riqueza, fundando ciudades y haciendo fértiles unas islas pobres", "les dimos la lengua y la civilización", "eran unos bárbaros". Es cierto que las ciudades actuales son de fundación castellana, muchas veces fundadas sobre asentamientos o protociudades nativas como en el caso de Gran Canaria, incluida la ciudad de Las Palmas como ha demostrado la arqueología.
El argumento suele extenderse implícitamente a "Antes no había organización territorial." lo cual es falso. La urbanización europea no implica ausencia previa de orden espacial ni de gestión del territorio o los recursos con instituciones propias como los agdales y el aprovechamiento de distintos pisos ecológicos, o instituciones de gestión y reparto del agua que muchas veces sobrevivieron a la conquista colonial o que incluso han sobrevivido como fiestas como en el caso de la de El Charco.
España no hizo fértiles unas islas pobres, el territorio no era improductivo hasta la llegada europea. De hecho Canarias tardó más de dos siglos en recuperar la población que tenían las islas antes de la llegada de los europeos. Lo que cambió es la orientación económica hacia mercados internacionales con productos como el azúcar.
Tampoco nos dieron una lengua, nos prohibieron la nuestra, nos prohibieron nuestras creencias cristianizándonos a la fuerza. Por eso la filosofía y la espiritualidad nativa es tabú para las instituciones coloniales, incluidas las universidades. Por eso se centran solo en lo material, en la arqueología, donde la superioridad tecnológica europea era evidente.
Lo que tratan de imponer es la idea de que "La conquista benefició a todos" o "La conquista era inevitable". Este argumento transforma una relación colonial en una empresa de modernización. Suele enfatizar la cristianización, el comercio, la integración en el mundo europeo y el supuesto progreso económico. Pero minimiza la esclavización, las deportaciones, la pérdida de instituciones propias, la confiscación de tierras, la imposición de nuevas élites y el genocidio y etnocidio que desde las instituciones coloniales actuales se siguen negando.
Rechazar esta afirmación no implica negar que hubiera transformaciones económicas importantes, sino cuestionar que esas transformaciones puedan presentarse únicamente como beneficios y desvincularse de los costes humanos y políticos del proceso.
La inevitabilidad de la conquista es otro recurso frecuente de legitimación para lavar la culpa. Si la conquista era inevitable desaparecen las decisiones humanas, desaparecen las responsabilidades y
el proceso parece una ley natural. Pero muchos historiadores consideran más apropiado entenderla como el resultado de decisiones políticas, militares y económicas concretas en el contexto de la expansión atlántica europea.
Incluso si aceptamos que la conquista era inevitable, la forma en la que se produjo mediante genocidio, uso del terror, matanzas, amputaciones, envenenamiento de las aguas, mentiras, engaños y uso de perros de guerra contra mujeres y niños como recoge la tradición oral canaria y fuentes históricas, representa elecciones y responsabilidades. Lo mismo podemos decir de todo lo ocurrido posteriormente durante el periodo colonial. Incluso fray Bartolomé de las Casas cuestiona la forma en la que se hizo la conquista y colonización.
La conquista como misión (in)moral
Así Bartolomé de las Casas decía;
“¿Qué causa legítima o qué justicia tuvieron estos Betancores de ir a inquietar, guerrear, matar y hacer esclavos a aquellos canarios, estando en sus tierras seguros y pacíficos, sin ir a Francia ni venir a Castilla ni a otra parte a molestar ni hacer injuria, violencia ni daño alguno a persona viviente del mundo? ¿Qué ley natural o divina o humana hobo entonces ni hay hoy en el mundo, por cuya auctoridad pudiesen aquéllos hacer tantos males a aquellas inocentes gentes?”
o
“(…) infamando la ley sin mácula, pacífica y justa y suave de Jesucristo, y echando infinitas ánimas al infierno, haciendo guerras crueles y matanzas, sin causa ni razón alguna que fuese justa, en las gentes pacíficas, que no le habían ofendido, de aquellas islas. ¿Qué modo era éste para salvar los infieles dándoles por esta vía el santo baptismo? Admirable y tupida ceguedad fue sin duda alguna ésta.”
La crítica a la forma de conquista sigue en varios de sus párrafos;
" creamos y tengamos por verdad que nos es lícito invadir sus reinos y tierras e irlos a desasosegar y conquistar (porque use del término que muchos tiranos usan, que no es otra cosa sino ir a matar, robar, captivar y subiectar y quitar sus bienes y tierras señoríos a quienes están en sus casas quietos y no hicieron mal, ni daño, ni injuria a los de quien las reciben), no considerando que son hombres y tienen ánimas racionales y que los cielos y la tierra y todo lo que de los cielos desciende, como las influencias y lo que en la tierra y elementos hay, son beneficios comunes que Dios a todos los hombres sin diferencia concedió"
"El rey le dio la gente que le pidió y todo favor y despacho. Ido a las dichas islas con su armada, sojuzgó por fuerza de armas las tres dellas, que fueron Lanzarote, Fuerte Ventura y la isla que llaman del Hierro, haciendo guerra cruel a los vecinos naturales dellas, sin otra razón ni causa más de por su voluntad o, por mejor decir, ambición y querer ser señor de quien no le debía nada, sujuzgándolos."
"¡Santiago! ¡Santiago!, dan de súbito en cierta cantidad de moros, mataron tres y captivaron diez, y volviéronse a los navíos muy gloriosos y triunfantes, dando gracias a Dios por haberles predicado el Evangelio a lanzadas."
Ideas parecidas podemos encontrar en otros autores como Abreu y Galindo, Fray Alonso de Espinosa o Marín de Cubas que han escrito sobre Canarias y su conquista durante los siglos XV al XVII.
¿Por qué estos mitos siguen vivos?
Todos esos argumentos tratan de legitimar lo ilegitimo y justificar al usurpador para que se sienta bien consigo mismo. El problema es que muchos canarios no ven más allá y se lo creen.
El colonialismo no termina cuando cesan las guerras. Continúa mientras sobrevivan los relatos que convierten la conquista en una misión civilizadora y la usurpación en un acto legítimo. Como advirtió Albert Memmi, ningún colonizador puede vivir en paz con su conciencia si no logra convencer primero al mundo —y después al propio colonizado— de que todo ocurrió para su bien.

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