La libertad no consiste en eliminar el poder, sino en impedir que alguien pueda concentrarlo sin límites ni rendición de cuentas.
La libertad no surge ni de un Estado omnipotente ni de la ausencia de Estado, sino del equilibrio entre un Estado con capacidad para hacer cumplir las reglas y una sociedad civil suficientemente fuerte para limitarlo y exigirle cuentas...
Un Estado débil no equivale a una sociedad libre. Sin instituciones públicas capaces de garantizar derechos, el cumplimiento de los contratos, la justicia y los bienes públicos, el poder no desaparece, simplemente puede desplazarse hacia actores privados, élites locales o grupos con mayor capacidad coercitiva. La libertad requiere poder distribuido, no ausencia de poder. La cuestión no es Estado versus sociedad, sino Estado y sociedad en tensión permanente.
Y aquí entra la antropología y la cultura que condicionan la concepción del poder en una sociedad. La interacción humana siempre ha estado influida por marcos culturales que modelan el comportamiento, la percepción de valor y entendimiento de lo correcto e incorrecto.
Las culturas de culpa–inocencia se centran en la responsabilidad individual y el cumplimiento de normas establecidas. El valor de la persona se mide por su conformidad con las reglas morales o legales. Quien falla es culpable y enfrenta sanción; quien cumple es considerado inocente. El ejemplo son las culturas anglosajonas.
Las culturas de miedo–poder se sustentan en el control y la autoridad. Las personas se comportan correctamente por temor a las represalias o los castigos. La posición de autoridad dicta las normas. Este marco puede generar obediencia superficial, pero no hay transformación del corazón. El ejemplo son los gobiernos autoritarios, caciquismos o regímenes coloniales.
Cuando, como ocurre en España o en Canarias, lo que señala el estatus es la cercanía al poder, el abuso del débil y la impunidad de estar por encima de la ley, la sociedad no solo tiene un problema institucional, tiene un problema cultural derivado de una ética y una moral degradada.
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