Ceuta y el espejo colonial: el día que España descubrió que también tenía pieds-noirs y colonias en África


La crisis de Ceuta no cambió la geopolítica del norte de África. Cambió algo mucho más profundo: la percepción psicológica que millones de españoles tenían de sí mismos. Por primera vez, muchos contemplaron Ceuta desde la otra orilla del Estrecho y se enfrentaron al espejo del colonialismo.

Las crisis tienen una extraña capacidad para hacer visible lo que durante décadas permanecía oculto. No cambian necesariamente la realidad, pero sí la forma en que una sociedad se contempla a sí misma.

Eso fue precisamente lo que ocurrió hace unos días en Ceuta.

Las imágenes de miles de marroquíes cruzando la frontera provocaron una oleada de indignación en España. Las redes sociales y los medios se llenaron de mensajes sobre la defensa de la soberanía nacional, la integridad territorial y la necesidad de proteger una ciudad española frente a una agresión exterior.

Sin embargo, más allá de la crisis migratoria y de sus implicaciones políticas, ocurrió algo mucho más interesante desde el punto de vista psicológico.

Por primera vez en mucho tiempo, millones de españoles se vieron obligados a observar Ceuta desde una perspectiva distinta: la del otro lado de la frontera.

Y ese simple cambio de perspectiva altera profundamente el relato.

La pregunta que nadie se hacía

Durante décadas, para la inmensa mayoría de los españoles, Ceuta y Melilla eran simplemente dos ciudades españolas situadas en el norte de África.

No había nada más que discutir. Formaban parte del paisaje mental del país del mismo modo que Cádiz o Santander. 

Pero cuando Marruecos vuelve a reclamar esos territorios o se producen episodios de enorme tensión fronteriza, aparece inevitablemente una pregunta que hasta entonces permanecía oculta:

¿Por qué existen dos ciudades administradas por un Estado europeo en la costa africana?

Responder a esa pregunta exige salir del relato nacional y contemplar la historia desde otra perspectiva.

No significa aceptar automáticamente la posición marroquí ni negar la complejidad jurídica e histórica de ambos enclaves. Significa reconocer que un mismo hecho histórico puede interpretarse de forma muy distinta según la memoria colectiva desde la que se observe.

Y precisamente ahí comienza el verdadero debate.

Los pieds-noirs tampoco querían admitir que eran colonos

Existe un precedente histórico enormemente revelador. Los franceses nacidos en Argelia —los llamados pieds-noirs— tampoco se consideraban colonizadores.

Habían nacido allí. Sus padres también. Muchos no habían conocido nunca la Francia continental. Para ellos, Argelia era simplemente Francia.

Solo cuando llegó la independencia descubrieron que millones de argelinos contemplaban aquella realidad de una forma completamente distinta. No se veían como vecinos. Se veían como una población asentada sobre un territorio conquistado durante el periodo colonial.

Ese descubrimiento fue traumático porque rompía una identidad cuidadosamente construida durante generaciones.

La historia demuestra que los procesos coloniales no solo ocupan territorios. También producen narrativas para colonizar la mente. Narrativas capaces de normalizar esa ocupación hasta el punto de hacerla invisible para quienes viven dentro de ella.

La disonancia cognitiva

La psicología denomina disonancia cognitiva al malestar que aparece cuando la realidad contradice la imagen que una persona tiene de sí misma.

Durante décadas, España ha construido una identidad internacional basada, entre otras cosas, en presentarse como una democracia europea plenamente integrada en el proyecto comunitario y alejada de los viejos imperialismos.

Sin embargo, episodios como el de Ceuta obligan a enfrentarse a una realidad más compleja.

Desde la perspectiva española, Ceuta y Melilla forman parte del Estado desde hace siglos y sus habitantes son ciudadanos españoles con los mismos derechos que cualquier otro.

En 1898 los ideólogos del Españolismo decían que Cuba no era una colonia, que Cuba era España. Lo mismo dijeron de Guinea, del Protectorado de Marruecos, del Sahara que era "una provincia tan española como Cuenca" y lo mismo dicen hoy de Ceuta, Melilla o Canarias.

Pero obvian que las ciudades de Ceuta y Melilla están construidas sobre territorio anexado en los siglos XIX y XX. Las fortalezas pueden ser hispano-lusas desde el siglo XV pero las ciudades no. Más del 90% del territorio es robado en el siglo XIX, Procede de ampliaciones territoriales realizadas mediante sucesivos tratados y ocupaciones militares durante el protectorado colonial.

Desde la perspectiva marroquí, y desde el sentido común, esos enclaves representan una herencia del periodo de expansión europea en el norte de África que consideran pendiente de resolver.

Son dos relatos incompatibles. Y precisamente por eso producen un enorme choque psicológico cuando colisionan.

El espejo devuelve otra imagen

Las sociedades, igual que los individuos, construyen relatos sobre sí mismas. Todos tendemos a destacar los aspectos que refuerzan nuestra identidad y a minimizar aquellos que generan incomodidad.

En ocasiones, incluso proyectamos sobre otros aquello que nos cuesta reconocer en nosotros mismos.

España ha denunciado históricamente el colonialismo de otras potencias, las ocupaciones ilegales y las anexiones territoriales ocurridas en distintos lugares del mundo. Es un país que grita "Palestina libre" y "Sáhara vencerá" para lavar su cupa y demostrar su inocencia al tiempo que mantiene colonias en África. 

Sin embargo, cuando el foco se dirige hacia Ceuta y Melilla, aparece una cuestión incómoda: la existencia de dos enclaves europeos en territorio africano es interpretada de maneras muy distintas según quién observe el mapa.

Lo verdaderamente llamativo no es que existan esas diferencias de interpretación. Lo sorprendente es que durante tanto tiempo apenas se discutieran en la conversación pública española.

Lo mismo podemos decir de Canarias.

El colonialismo también tiene memoria selectiva

Todas las naciones construyen relatos históricos. Seleccionan unos episodios, olvidan otros y organizan la memoria colectiva alrededor de determinadas ideas.

Eso ocurre en Marruecos, ocurre en Francia, ocurre en el Reino Unido y también ocurre en España. No existe una memoria nacional completamente neutral. Cada sociedad enfatiza aquello que fortalece su identidad y relega a un segundo plano aquello que la cuestiona.

El episodio de Ceuta no cambió la realidad geopolítica, cambió la percepción psicológica que millones de españoles tenían de sí mismos. Durante unas horas dejaron de verse como una nación europea ajena al colonialismo y se descubrieron ocupando un enclave colonial africano.

Pero cuando decenas de miles de marroquíes cruzan la frontera y reclaman implícitamente que aquello pertenece a Marruecos, aparece una pregunta incómoda ¿Por qué existen dos ciudades europeas en la costa africana? ¿Qué legitima a España a ocuparlas?

Esas preguntas nunca habían formado parte del debate público español. Ceuta ha abierto una grieta precisamente porque obliga a confrontar dos memorias nacionales que se presentan como incompatibles.

Los mecanismos de defensa del colonialismo

Los franceses nacidos en Argelia tampoco se consideraban colonizadores. Para ellos Argelia era Francia, habían nacido allí y sus abuelos también. Hasta que la revolución argelina les recordó algo incómodo. Vivían sobre una tierra conquistada.

Los españoles de Ceuta y Melilla han construido exactamente la misma narrativa. No se perciben como colonos. Se perciben como ciudadanos normales. Lo mismo ocurre con los colonos españoles y europeos en Canarias. 

Pero desde Marruecos - y desde una parte creciente de la sociedad canaria - la percepción es exactamente la contraria.

Los españoles han reaccionado con todos los argumentos y cuadros psicológicos típicos del colonialismo. Con todos los mecanismos de defensa que Albert Memmi describe para los colonizadores. La negación, la ceguera del privilegio, la violencia como último argumento, la racionalización del racismo y la "barrera insalvable". 

Para el español la historia de Marruecos no existe. El país no fue fundado por la dinastía Idrisi en el año 788 como consideran la mayoría de los historiadores. Para el español Marruecos es una construcción moderna sin historia nacida en 1954. 

Es el mito de la "Tierra Vacía" y el Complejo de Nerón que menciona Memmi. Para justificar el hecho de haber usurpado las tierras de otros, el colonizador debe construir un mito fundacional: la idea de que él trajo la civilización, la agricultura y el progreso a un desierto baldío habitado por salvajes. Si el colonizador admite que la tierra ya era rica o que pertenecía a una cultura legítima, se convierte automáticamente en un ladrón. 

Al decir que allí antes "no había nada" o que "Marruecos no existía" se autoproclama creador y salvador, legitimando su propiedad y lavando su culpa. Pero allí había gente antes de que llegaran los europeos. En Melilla habían cinco cabilas de la confederación rifeña de Guelaya que - conforme Melilla fue ampliando su perímetro militar y, posteriormente, urbano entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX - fueron expulsadas de sus tierras para construir la ciudad de los españoles. Fue un proceso gradual de desposesión territorial de los Mazuza, de los Beni Sicar y de los Beni Bu Ifrur, que fueron las cabilas más afectadas. 

Y es que, como decía Albert Memmi, "El colonizador termina creyendo sinceramente en la legitimidad de su privilegio."

La inversión moral y la hipocresía

La respuesta psicológica es interesante. Todos los procesos coloniales generan una narrativa moral que convierte la ocupación en algo normal. Ningún pueblo se considera a sí mismo colonizador. Ni los franceses, ni los británicos, ni los rusos, ni los españoles. Prefieren considerarse así mismo como herederos de un Imperio glorioso. 

Durante décadas el relato oficial ha sido sencillo. España aparece como víctima y Marruecos como agresor. Ceuta y Melilla son ciudades "españolas desde siempre". Ese marco mental permite interpretar cualquier incidente fronterizo como un ataque irracional.

Como decía Albert Memmi; "Para existir, el colonizador necesita fabricar un retrato degradado del colonizado". 

Durante décadas España ha proyectado sobre Marruecos casi todos los atributos negativos. El expansionismo, la agresividad, el imperialismo, el fanatismo y la corrupción del Maghzen y la corona. 

Sin embargo, cuando uno observa la historia Ceuta fue conquistada por Portugal. Melilla fue ocupada por Castilla. Los límites actuales fueron ampliados militarmente durante el Protectorado.

Es decir, el país europeo mantiene enclaves coloniales en África y no al revés. Eso produce una enorme disonancia cognitiva. Porque el relato nacional presenta a España como víctima permanente.

Cuando una sociedad no quiere reconocer ciertos aspectos de sí misma suele proyectarlos sobre otro grupo. Es un mecanismo descrito desde Freud hasta Jung. El "otro" carga con todos los defectos.

Para los españoles Marruecos es una sociedad injusta, abusadora, corrupta, abusiva, con un rey y una élite que exprime al país y lo mantiene en el subdesarrollo... Exactamente las mismas características que han tenido siempre la sociedad y la cultura española.

A los canarios nos repiten, una y otra vez, que Marruecos es nuestro enemigo que nos quiere conquistar si algún día fuéramos independientes. Es el cuento del burro y los amos que les contaban a los esclavos en Roma para mantenerlos sumisos y resignados a su sino. Es la trampa para que no veamos que quien nos corta las alas, nos limita y nos tiene puesta la bota encima es España.

España lleva décadas utilizando Marruecos para proyectar aquello que no quiere reconocer de si misma. Desde el colonialismo hasta la corrupción de la corona. 

Los españoles llevan años gritando "Palestina libre" y "Sáhara vencerá" mientras mantienen posesiones en África de forma mezquina e hipócrita.

Lo ocurrido en Ceuta rompe esa proyección, desmorona el velo. El espejo devuelve otra imagen y hace visible lo que no tanto se empeñaron en ocultar y negar y que ahora empieza a reconocer todo el mundo, incluida la comunidad internacional. 

¿Y Canarias?

Tal vez la consecuencia más interesante de todo este episodio no tenga que ver con Marruecos ni con Ceuta. Tal vez tenga que ver con Canarias.

Durante décadas, la mayoría de los canarios también han aprendido una determinada interpretación de su propia historia. Una interpretación en la que determinadas cuestiones apenas se plantean: cómo se produjo la incorporación de las islas a la Corona de Castilla, qué consecuencias tuvo para la población indígena, cómo evolucionaron las estructuras de poder o hasta qué punto persisten hoy determinadas relaciones económicas y políticas heredadas de ese pasado y como nos siguen afectando hoy en día.

Como ocurre con cualquier otro proceso histórico, existen interpretaciones muy distintas sobre estas cuestiones y un intenso debate académico y político. Pero lo relevante aquí no es imponer una conclusión única, sino recordar que las identidades colectivas también se construyen a través de relatos.

Quizá el verdadero valor del episodio de Ceuta sea precisamente ese, haber demostrado que ningún relato nacional es inmune a las preguntas incómodas.

Porque toda sociedad necesita espejos. Y, a veces, basta una crisis para descubrir que la imagen reflejada no coincide exactamente con la que llevábamos décadas contemplando.

Quizá lo ocurrido en Ceuta tenga una consecuencia inesperada. Si los españoles han descubierto que mantienen enclaves coloniales en África, quizá algún día los canarios también descubran que viven en un territorio colonizado. 

Final

Las crisis tienen una extraña virtud, rompen las narrativas que parecían eternas. Durante unas horas, España dejó de verse únicamente como una nación europea y se contempló desde la otra orilla del Estrecho. Descubrió que la historia depende del lugar desde el que se mira. Tal vez esa sea la verdadera noticia de Ceuta. No los miles de marroquíes que cruzaron la frontera, sino los millones de españoles que, por primera vez, se vieron reflejados en el espejo del colonialismo.

Quizás el siguiente espejo sea en Canarias y aún esté por llegar. Tan solo espero que no se demore demasiado... y que sepamos aprovecharlo..., que esa es otra.


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Comentarios

  1. Eso mismo le comenté a un amigo estos días, lo de Ceuta es origen del colonialismo español en África. No lo entendió. Comparto su artículo, gracias

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