El aislamiento geográfico, la falta de referentes internos y externos (más allá de España como metrópoli) y ser un destino turístico barato de sol y playa hacen que el canario vea como naturales cosas que no lo son. Por eso no percibe la violencia estructural, epistemológica, cultural, política, psicológica, ontológica y económica que se sigue aplicando de mil formas en Canarias a día de hoy.
La denegación estructural de la soberanía del pueblo canario, mantenida activamente mediante estrategia diplomática, crímenes de Estado y diseño institucional, requiere algo más que maniobras en la ONU o un estatuto de autonomía recortado. Requiere, en su base, una operación de negación ontológica y una serie de operaciones psicológicas para que el colonizado interiorice y acepte su propia destrucción y subordinación.
El mantenimiento de la soberanía española sobre Canarias, su control y la negación del derecho de autodeterminación exigen:
Instituciones políticas extractivas (ley electoral, caciquismo, corrupción) que limiten los derechos políticos en la práctica.
Instituciones económicas extractivas que permitan la extracción de rentas y mantengan la economía dependiente, subdesarrollada y poco diversificada (REF, corrupción para comprar voluntades de intermediarios).
Instituciones culturales extractivas que continúen con la asimilación forzada, el etnocidio y nieguen la continuidad de lo guanche en la sociedad actual.
Por tanto la corrupción, el subdesarrollo y el caciquismo no son un accidente sino el engranaje del sistema de control y manipulación.
El caciquismo no es un “fallo cultural canario” sino una arquitectura de poder española que ha usado siempre.
El subdesarrollo y los problemas sociales no son error ni ignorancia, son diseño geopolítico y de intereses de Estado.
La corrupción tolerada no es falta de ética, es la grasa que mantiene el engranaje funcionando y el instrumento que usa España para asegurar lealtades.
La soberanía española sobre Canarias depende de la negación del pueblo canario
En 1960, Canarias estuvo a punto de ser incluida como Territorio No Autónomo (TNA) en la ONU, pero la diplomacia española logró bloquearlo mediante votación y presión diplomática.
En 1978, el Comité de Liberación de la OUA reconoció a Canarias como territorio a descolonizar y al MPAIAC como movimiento de liberación, pero la reacción coordinada del Estado español (protestas, movilización de aliados africanos, resolución del Congreso) y el atentado contra Antonio Cubillo en Argel evitaron que esta decisión se consolidara.
Además de las cuatro puñaladas a Cubillo, la documentación diplomática española muestra que la estrategia y los argumentos esgrimidos por España para evitar que Canarias fuera tratada como TNA se apoyaron en una narrativa muy concreta:
Que los guanches habían sido totalmente asimilados desde el siglo XVI.
Que no quedaba ningún sustrato étnico, lingüístico o cultural diferenciado.
Que la población canaria era española en todos los aspectos relevantes: lengua, derecho, religión y costumbres.
Esta afirmación permitía sostener que no había un “pueblo” distinto que pudiera reclamar autodeterminación y que, por tanto, Canarias no encajaba en la categoría de territorio colonial.
Se presentó la integración como un hecho histórico consumado e irreversible. Se afirmó que la “españolidad” de Canarias era tan plena como la de cualquier región peninsular. Es decir: que a los guanches “los mataron a todos” y ya no quedaba nadie que reclamar nada. Que un canario no tenía ni cultura propia, ni lengua ni ADN que lo diferenciara de un español.
Paralelamente, se minimizó la distancia colonial. Se negó que la separación geográfica (“agua salada”) implicara colonialidad. Se negó la africanidad de Canarias, hasta entonces admitida de forma natural, diciendo que eran islas volcánicas atlánticas fuera del continente. Se comparó Canarias con islas europeas como Cerdeña, Córcega o las islas griegas. La inclusión de Canarias en los mapas de la época en un recuadro en el Mediterráneo debajo de Baleares no es casual.
Esta narrativa es la que el Estado español llevó a la ONU para sostener que no hay sujeto colonial que descolonizar. Y es esta narrativa la que hace necesaria la violencia ontológica, epistemológica, económica, política y social de España en Canarias para asegurar la españolidad de las islas. El objetivo y fin último y real de toda política española en Canarias no es otro que conservar la soberanía española negando el derecho de autodeterminación.
La violencia ontológica: negar al pueblo para borrar la culpa y asegurar la dominación
La violencia ontológica (relativo a ser) en Canarias se manifiesta de varias formas, principalmente;
La negación de cualquier supervivencia nativa.
La negación de que el pueblo canario sea heredero de sus ancestros.
Hacer al canario tan español como uno de Cuenca y descendiente de los conquistadores para borrar la culpa propia e institucional
La imposición de estándares de referencia ajenos (lingüísticos, culturales, etc.), todo ello propio de las estrategias de asimilación.
Tras el ingreso de España en la ONU se prosiguió la asimilacion forzada, la Iglesia prohibió ciertas prácticas por considerarlas paganas (de dichas prohibiciones surgen los cantares de Candelaria por ejemplo). Yacimientos se destruyen intencionadamente lo que lleva a los pastores a taparlos o esconderlos para preservarlos. Una destrucción del patrimonio nativo que se acelera con el desarrollo turístico.
La destrucción de la lengua, la religión, el patrimonio y las estructuras sociales guanches se presenta como “progreso”, no como etnocidio.
La canariedad se limita a un acento, a unas fiestas, a unas papas arrugadas, a unas romerías y a una identidad que se vulgariza.
El canario es así un español más, que debe agradecer la “civilización” recibida, no reclamar por la destrucción de su cultura originaria.
Un sujeto que, si quiere ascender socialmente, debe asimilarse al estándar peninsular (lingüístico, cultural, político). Esto reproduce la colonialidad del ser: el canario internaliza que su identidad originaria es “inferior” y que el éxito pasa por parecerse lo más posible al peninsular.
De ahí la afirmación sistemática de que no existe un pueblo guanche diferenciado, que no hubo etnocidio ni genocidio, y que la conquista fue un proceso de “integración armoniosa” más que de destrucción colonial. Esta negación no es un detalle accesorio: es la condición necesaria para sostener que Canarias no es una colonia.
La violencia epistemológica: la necesidad de la amnesia y la desconexión de las raíces
La violencia epistemológica se manifiesta en la negación del saber y de cualquier cosa o atributo válido que provenga de esa cultura ancestral —o de la cultura canaria actual—, donde se aplican categorías europeas y no propias, fruto también de las estrategias de asimilación.
La narrativa oficial española negó sistemáticamente la existencia de un pueblo guanche diferenciado y afirmó la “españolidad plena” de Canarias para desactivar el argumento colonial. Por eso la soberanía española sobre Canarias depende de la continuidad de la negación del pueblo canario como ente diferenciado, es decir, la continuación de la política de asimilación forzada y la folklorización.
Para mantener este sistema, es fundamental que el canario esté desconectado de sus raíces. La tradición y las creencias son una amenaza directa a la línea de flotación del sistema. Contienen memoria de la ruptura colonial: relatos de la conquista, de la resistencia, de la destrucción. Conectan a los canarios con África y el mundo amazigh, rompiendo el relato de la “españolidad plena” y la falta de cultura diferenciada. Ofrecen marcos epistémicos alternativos, formas de entender el tiempo, el poder, el territorio, la comunidad y una cosmovisión que no encajan con el individualismo europeo ni con su religión.
Por eso la tradición oral debe ser folklorizada, fragmentada y deslegitimada, o encerrada en una vitrina como objeto de museo y curiosidad científica. No puede ser política. No puede ser soberanía.
La violencia política y social: la asimilación como política de Estado
La violencia estructural se manifiesta en lo social de múltiples formas: en la avalancha migratoria de Europa, en las tasas de paro, pobreza, exclusión social, baja calidad educativa y denigración de la cultura propia en los medios de comunicación.
En 2023, el Parlamento de Canarias aprobó una resolución en la que se negaba explícitamente lo evidente: que hubiera habido genocidio en la conquista. Se afirmaba que los guanches no fueron “exterminados”, sino “asimilados”. Se presentaba la conquista como un proceso de “mestizaje” y “integración”, no de destrucción colonial.
La negación del etnocidio tiene consecuencias políticas directas:
Si no hubo genocidio, no hay necesidad de políticas de reparación histórica.
Si los guanches fueron “asimilados” voluntariamente, no hay necesidad de reconocer derechos colectivos a la población canaria.
Si la conquista fue “civilizadora”, la asimilación forzada se justifica como “progreso”.
Esto permite mantener políticas de sustitución poblacional como el fomento de la inmigración peninsular y europea en detrimento de la población local. Permite proseguir con la asimilación cultural mediante la presión para adoptar el estándar lingüístico y cultural peninsular como vía de movilidad social. Y mantiene la cultura dentro de la folklorización controlada de timple y romería. Lo guanche se esconde o relega a segundo plano, permitiéndose como “cultura popular”, pero no como proyecto político.
La llegada masiva de población peninsular y europea no es un fenómeno “natural” sino una política estructural que tiene efectos políticos, ya que diluye la identidad local. Cada vez más canarios son “de aquí” solo por nacimiento, sin conexión con la memoria histórica. Se crean nuevas élites alineadas, ya que los recién llegados no tienen la carga de la historia colonial y se alinean fácilmente con el centro. Al tiempo que se presionan los salarios y la vivienda, con lo que la población local queda marginada en su propio territorio, lo que genera emigración y más dependencia.
Esto no es “globalización”: es ingeniería demográfica colonial mediante políticas de sustitución poblacional que diluyen la identidad local y leyes electorales que fragmentan el voto canario y favorecen élites asimiladas. Esto es colonialismo interno mediante élites locales que gestionan la dependencia a cambio de privilegios.
La violencia administrativa: igualdad de derechos en el papel, pero no en la práctica
La violencia política y administrativa se manifiesta en una ley electoral que ha rozado o ha sido claramente inconstitucional y sigue generando incentivos perversos por diseño y de forma estructural, acallando la mayoría, protegiendo a caciques y fragmentando el voto..
El canario piensa que no es una colonia porque no se siente “racializado” de forma abierta. Puede votar en las elecciones autonómicas, nacionales e incluso europeas y, sobre el papel, tiene los mismos derechos que cualquier otro ciudadano español. Pero eso también ocurre en Francia con Nueva Caledonia o la Polinesia Francesa y no por ello dejan de ser colonias listadas como TNA en la ONU.
La ley electoral canaria es distorsiva y la representación canaria en las Cortes españolas (aprox. 4,5% de escaños) está diluida estructuralmente, lo que hace que las mayorías peninsulares decidan de facto sobre asuntos cruciales para el archipiélago.
Esta dilución del voto que se usa en Canarias para, por ejemplo, sobreponderar el voto de islas como El Hierro o La Gomera por ser pequeñas y geográficamente aisladas, no se usa para sobreponderar el voto de Canarias en España cuando la lógica sería la misma.
El sistema electoral de Canarias ostentó hasta 2018 algunas de las barreras electorales más altas y desproporcionadas del mundo y las sigue ostentando. Un partido necesitaba conseguir el 30% de los votos válidos en su isla (circunscripción) para poder aspirar a repartirse escaños.
La ley electoral canaria como instrumento de fragmentación del voto y de sobre-representación de islas pequeñas, con barreras altas que dificultan la irrupción de fuerzas alternativas, ha sido criticada por académicos y puede leerse como una forma de ingeniería electoral que favorece élites intermediarias leales al centro.
La violencia administrativa: el caciquismo como arquitectura española
El otro aspecto de la violencia administrativa es el caciquismo. El caciquismo es una arquitectura de poder que no nació de la forma de ser del canario, sino que fue un sistema político nacido en la España colonial y luego mejorado y diseñado en Madrid por Antonio Cánovas del Castillo para todo el territorio español y que aún persiste en Canarias.
El aislamiento geográfico a menudo hace creer al isleño que sus problemas son únicos. La mejor forma de romper el mito es comparar. El caciquismo no es “una tara canaria”: es una arquitectura española de poder porque funcionaba de forma idéntica en Galicia, Andalucía, Extremadura o Castilla durante los siglos XIX y XX.
La prueba histórica está en figuras históricas míticas de las islas, como Fernando León y Castillo en Gran Canaria, que no operaban de forma aislada. Eran los intermediarios oficiales del gobierno central. El cacique existía en Canarias porque Madrid necesitaba un “gestor” local para asegurar los votos y mantener el orden en la periferia.
Hoy son CC y NC o Casimiro quienes cumplen esa función. El caciquismo prospera donde hay escasez, falta de conectividad y propiedad concentrada. El clientelismo contemporáneo en las islas (el “voto cautivo” a cambio de contratos temporales, licencias o favores burocráticos en ayuntamientos y cabildos) es la evolución directa de la estructura heredada bajo dominio español.
El archipiélago adoptó este sistema porque era la única manera legal de articular el acceso a los recursos del Estado y porque la ley electoral y el diseño institucional dependen del Estatuto de Autonomía que apruebe Madrid.
Las barreras electorales y la sobrerrepresentación de las islas periféricas es el pacto tácito colonial: es el sistema del pucherazo, pero institucionalizado en la propia ley. Con barreras del 30% solo hay espacio para los dos grandes partidos nacionales y el cacique local que cuida la finca y pacta con uno o con otro. Y si encima esas pequeñas circunscripciones electorales con el 15% de la población eligen el 50% de los diputados, el caciquismo no solo está institucionalizado, sino incrustado y protegido por la ley electoral y el Estatuto de Autonomía.
Pensar que el caciquismo se puede arreglar estando dentro de España es una ingenuidad y una pérdida de tiempo.
La violencia económica: cortar las alas y frenar el desarrollo para mantener el control
La violencia económica es patente en cualquier indicador económico social y es fruto del modelo de desarrollo impuesto. Un modelo que corta y limita el desarrollo como forma de control político y social. Un modelo de naturaleza extractiva que no repercute en beneficio del pueblo canario, sino en el del control e intereses de España en Canarias.
De igual forma que el discurso colonial achaca el subdesarrollo al clima, a la geografía o a los nativos —“ellos son así”, “es su naturaleza”, “son perezosos”—, en lugar de a la naturaleza de las políticas e instituciones que los gobiernan, en Canarias ese argumento toma la forma de “insularidad”, “ultraperiferia” y “son aplatanados”. Es el mismo discurso: en lugar de culpar al modelo de desarrollo, se culpa a lo que no se puede cambiar y a las características propias del colonizado, convirtiendo una simple categoría administrativa europea (ultraperiferia) en sinónimo de identidad e inevitabilidad del destino, que es el mismo objetivo que el discurso colonial.
El fin último de las políticas en Canarias no es el desarrollo del pueblo canario, sino asegurar la soberanía española en Canarias. Para esto es necesario fomentar la dependencia, la extracción de rentas (REF, corrupción para comprar lealtades de élite intermediaria) y mantener la economía subdesarrollada y poco diversificada como forma de extraer el máximo del valor añadido del mercado cautivo colonial.
España necesita presentar la dominación como beneficio (“te civilizo”, “te doy progreso”, “te mantengo a través de subvenciones”) y para eso necesita trampear y falsificar las cuentas y la forma de cálculo del sistema de financiación autonómica y las balanzas fiscales.
Pero sobre todo necesita crear una amenaza externa para que el canario, cuando reconozca que no está bien, piense que la alternativa es peor. Es ahí donde entra “te protejo de la invasión de Marruecos”.
La violencia psicológica: el gaslighting colonial
La violencia psicológica en el discurso colonial vigente incluye fomentar el miedo a Marruecos, al morirse de hambre, al cacique, etc. Todo operaciones psicológicas de control social como estamos comprobando. Es el “sin nosotros hambre, caos e invasión” del discurso colonial clásico. El colonialismo mental no solo sigue vigente, sino que se sigue fomentando y practicando.
España necesita crear un colonizado dependiente que internalice su inferioridad y aspire a ser como el colonizador, para que pague el tributo de la asimilación, que renuncie a ser él para tratar de parecerse al colonizador y con ello renuncie a su propia cultura, y de esta forma justificar y asegurar la españolidad de Canarias.
La verdad no solo sería inaceptable para la población, sino que sería devastadora para la imagen internacional de España. Por eso, para hacer la situación aceptable a la población, es necesario el gaslighting: un patrón de manipulación emocional en el que el abusador presenta una realidad distorsionada, negando sistemáticamente las experiencias, sentimientos y percepciones de su víctima.
Esta táctica siembra dudas en la mente de la persona afectada, haciéndola cuestionar su propia cordura y depender cada vez más del perpetrador para definir “la verdad”. Es un arma psicológica tóxica, perjudicial y devastadora que emplean los narcisistas para manipular a otros y puede tener efectos extremadamente negativos en las vidas de quienes lo padecen.
Podemos afirmar que todos y cada uno de los elementos y subterfugios que usa el discurso colonial para justificar y esconder sus fechorías —mito del colonizador civilizador/evangelizador, complejo de Nerón, recurso a la amenaza violenta, miedo, deshumanización del colonizado, etc.— están presentes en el discurso español sobre Canarias. Un discurso colonial que no es más que una forma de gaslighting para esconder la mala fe y las verdaderas intenciones.
Conclusión: la soberanía española es hostilidad al pueblo canario por necesidad estructural
El colonialismo no funciona mediante una única institución. Funciona como un sistema compuesto por varias formas de poder que se refuerzan entre sí: definir quién eres, controlar lo que sabes, limitar lo que puedes decidir, condicionar tus recursos y finalmente conseguir que tengas miedo de abandonar el sistema.
La soberanía española sobre Canarias no es un hecho natural. Es una construcción colonial que requiere activamente negar las raíces diferenciadas del pueblo canario. Esa soberanía no se sostiene únicamente mediante instituciones políticas: necesita producir una sociedad que deje de percibirse como un pueblo distinto, dependa económicamente del centro, tenga una capacidad política limitada y perciba cualquier alternativa como una amenaza.
El problema para España es que la soberanía colonial es, por definición, ilegítima en el mundo contemporáneo. Después de 1945, con la Carta de la ONU y la Resolución 1514 (XV), el colonialismo ya no es aceptable.
Por eso España no puede reconocer al pueblo canario. Por eso el canario no es ni siquiera lengua o dilecto sino "habla" que seguir erradicando. Por eso necesita seguir negándolo y destruyéndolo. La soberanía española es, en esencia, hostilidad al pueblo canario, porque solo mediante la asimilación forzada impuesta generación pueden borrar la culpa y la ilegitimidad de la usurpación y asegurar la soberanía.
El colonialismo no sobrevive solamente porque el colonizador controle el territorio. Sobrevive cuando consigue controlar también la manera en que el colonizado interpreta su propia historia, sus posibilidades y sus alternativas.
El canario puede sentir la distancia (lingüística, económica, administrativa, cultural) respecto a la Península, pero el aparato discursivo de la Hispanidad le retira las categorías para nombrar esa distancia como lo que es.
Se le ofrecen numerosos sustitutos: "insularidad", "lejanía", "posición geográfica", "particularismo", "ultraperiferia", "tricontinentalidad", "islas españolas en el Atlántico" — categorías despolitizadas que explican el malestar sin permitir el "tabú" de la palabra "colonia".
La españolidad de Canarias no es la defensa de Canarias frente a Marruecos sino su destrucción social y cultural por necesidad legal y geopolítica.
Pero el sistema necesita que el propio canario acepte su propia destrucción y participe psicológicamente en su subordinación. Y sí, para eso necesita asustarte con Marruecos porque sin ese miedo, el edificio se derrumba y la legitimidad se cuestionaría.

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