Existe un antiguo proverbio popular Amazigh que dice que "La verdad duerme, indiferente, pero la falsedad insiste en despertarla". Algo parecido ha pasado con lo ocurrido con Ceuta, Melilla y el discurso sobre Marruecos. Está destapando verdades incomodas. Y la más incomoda de todas es que los argumentos del discurso español y su Leyenda Rosa de la Hispanidad no son más que la adaptación a la historia de España del discurso colonial francés del siglo XIX.
Ese discurso colonial francés, en el que se basa la percepción española de su propia historia y que siguen repitiendo en Canarias, fue diseccionado y desmontado brutalmente por el sociólogo Albert Memmi en los años 60. En el discurso español actual podemos encontrar todas los mecanismos, argumentos, falsos mitos, falacias y argucias que usa el español/colonizador para autoengañarse y esconder la verdad ya identificados por Memmi y otros autores.
Para entender como se usa en Canarias, necesitamos primero analizar como surge ese discurso y que función cumple.
El discurso colonial francés; La mission civilisatrice y el Maurrerismo
El discurso colonial legitimador del imperialismo francés nace de la confluencia entre el universalismo de la Ilustración y el mesianismo revolucionario republicano. Tras la Revolución Francesa de 1789, Francia se proyectó como la encarnación de la libertad y la razón universal.
Durante la Tercera República (siglo XIX), esta visión derivó en la "misión civilizadora" (mission civilisatrice): el Estado francés consideraba un "deber moral" llevar el progreso, la educación y la secularización a los pueblos colonizados para "asimilarizarlos" en la cultura francesa.
En base a este pensamiento los franceses, en lugar de simplemente gobernar a los pueblos coloniales, tratarían de occidentalizarlos de acuerdo con una ideología colonial conocida como «asimilación». El objetivo oficial es hacerlos franceses. El objetivo real no declarado es "que renuncies a ser tu para parecerte a mi", es hacerlos franceses de segunda en una posición eternamente subordinada. Porque la copia nunca será igual al original.
Esta teoría se apoya en lo que se denomina darwinismo social, que se aplica a la civilización diciendo que solamente las naciones más fuertes tienen derecho a sobrevivir, y las perdedoras tienen que supeditarse a la más fuerte. La asimilación es una forma de fascismo pero el problema es que esta visión choca con la moral cristiana. Por lo tanto había que buscar una salida.
Y las salidas son dos, deshacerse de la moral cristiana o montarse una película. Charles Maurras, ideólogo de la Action Française, opta por la primera. Rechazaba el universalismo republicano e introdujo el "nacionalismo integral". Defendía una Francia monárquica, católica, corporativista y fuertemente xenófoba.
Pero Maurras es hostil a la política de asimilación jacobina y republicana, que busca imponer la cultura francesa a pueblos con cultura propia. Al igual que Lyautey, piensa que Francia debe hacer amar a Francia y no imponer la cultura francesa en nombre de un universalismo abstracto.
En lugar de pretender convertir a los colonizados en "ciudadanos franceses", sostuvo que el imperio debía organizarse mediante un protectorado paternalista donde el pueblo metropolitano gobernara a los demás en nombre de la tradición y la supremacía de la civilización clásica latina.
Maurras sustituyó la "misión asimiladora" republicana por una misión de dominio y orden jerárquico. Esta, al igual que la inglesa del "gobierno indirecto", era una postura menos hipócrita.
Maurras y el nacionalcatolicismo español.
En España, y en relación a la conquista de América, siempre se habló de raza. Antes de 1926 el marco dominante para pensar la comunidad hispanoamericana era explícitamente racial.
La sociedad española era fuertemente racista y organizada en castas raciales. La noción de "raza" lo impregna todo. La estratificación social es jerárquica en base a la raza - blancos peninsulares, blancos criollos, blancos de orilla y canarios, clases pardas (en la que muchas veces se incluía a los canarios), esclavos - se hacia en función del grado de melanina en la piel, un sistema de pureza racial y pureza de sangre inventado por los españoles durante la Reconquista.
El discurso español paso de "raza" a "hispanidad" a principios del siglo XX. El desplazamiento de "raza" a "hispanidad" (comunidad espiritual/católica, no biológica) ocurre en el mismo momento en que el racismo científico empieza a perder credibilidad internacional tras la Primera Guerra Mundial, y coincide con la necesidad de un lenguaje que sea exportable a las repúblicas americanas sin sonar a superioridad racial explícita — exactamente el mismo movimiento retórico que hace el colonialismo francés cuando pasa del darwinismo social decimonónico a la "mission civilisatrice" universalista de la Tercera República (misión de civilización, no de raza).
Ramiro Maeztu difunde el término desde la revista Acción Española (fundada 1931) y su libro Defensa de la Hispanidad (1934). Acción Española es, en su propio diseño programático, la réplica española de L'Action Française de Maurras.
No solo hay transferencia estructural entre el discurso colonial francés y el de la Hispanidad española, hay una línea de filiación intelectual documentada y explícita, vía el nacionalismo integral maurrasiano, entre el aparato ideológico que legitima el imperio africano francés y el que construye el relato armonioso del imperio americano español. Toda la Leyenda Rosa de la Hispanidad es un plagio literal del discurso francés colonial pero adaptado a la historia y la realidad española.
Las ideas de Maurras tuvieron una gran influencia en la nacionalcatolicismo español pero con una salvedad. Mientras que para Maurras la Iglesia era valorada como herramienta de orden social e identidad, para el nacionalcatolicismo español el catolicismo era la esencia ontológica e irrenunciable de la patria.
Inspirados por Maurras, los pensadores conservadores españoles reescribieron la historia del Imperio Español. España y su discurso llevaran el dogmatismo religioso por bandera, lo mismo que hiciera el Imperio Español. Es decir el yihadismo fundamentalista ultracatólico en post de un universalismo católico y abstracto.
Y es que la legitimación de los crímenes cometidos por los españoles en Canarias el Caribe y América no se habían cometido solo en nombre de la Corona sino también de la cruz y bajo bula papal. Por eso el discurso tradicionalista transformó la conquista de América de un episodio militar en una gesta espiritual de evangelización ("el Imperio Católico"), adaptando el "nacionalismo integral" francés al caso español.
La Leyenda Rosa de la Hispanidad
La Leyenda Rosa de la Hispanidad puede analizarse como la forma española de un repertorio discursivo colonial europeo más amplio: el de la “misión civilizadora”, la benevolencia imperial, la asimilación como prueba de humanidad y la comparación selectiva con otros imperios para convertir la dominación propia en una forma excepcionalmente benigna de colonialismo.
La Leyenda Rosa importa un vocabulario contemporáneo (mestizaje armonioso, mission civilisatrice, hispanidad como comunidad espiritual) para neutralizar una acusación de siglos anteriores y justificar su presencia en Marruecos. Es la apropiación por España de la retórica autolegitimadora que Francia usaba sobre África para legitimar su propio imperialismo africano, aplicada retroactivamente a América y Canarias.
Memmi analiza la psicología del colonizador y sobre todo describe con precisión el mecanismo subyacente: la necesidad del colonizador de construir una autoimagen moral que le permita seguir extrayendo valor sin experimentarse como sujeto de una relación de expolio.
Por eso Memmi lo llama el "usurpador" que necesita convertirse en "legítimo", y para eso recurre a dos movimientos simultáneos. Primero negar o minimizar el daño causado, y segundo sustituirlo por un relato de beneficio civilizatorio (lengua, religión, instituciones, mestizaje).
Mientras que el colonialismo francés y británico del XIX podía apelar a un relato de superioridad racial-biológica todavía vigente (darwinismo social), España, que ya no tenía imperio que legitimar en el XIX-XX salvo restos africanos. Necesitaba legitimar no solo su presencia en África sino, retrospectivamente, algo que ya había terminado en América y que continuaba en Canarias. De ahí que el mecanismo de Memmi opere aquí no solo como la justificación de una extracción en curso sino como reparación identitaria de una nación que en 1898 pierde sus últimas colonias y necesita una narrativa que compense la humillación con una superioridad moral ("nosotros mezclamos, ellos segregaron; nosotros evangelizamos, ellos explotaron").
Es ideología de imperio para consumo interno — lo que algunos autores (Joshua Goode, Christopher Schmidt-Nowara) han llamado el "imperio espiritual" de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu, que es exactamente contemporáneo (1934) al apogeo del discurso civilizador francés en Argelia y Marruecos.
En 1934, cuando Maeztu publica Defensa de la Hispanidad, España no solo conserva colonias africanas activas, sino que el propio régimen que construye y explota ese discurso —el franquismo— nace orgánicamente del ejército colonial africano. Por tanto el discurso opera en doble sentido. El legitimar el pasado español mediante un discurso civilizador que opera en paralelo a una guerra colonial en curso.
Marruecos y el RIF
Los relatos sobre la conquista hispana que niegan aspectos de dominación bélica y la encumbran únicamente como "difusión de la civilización" o "misión evangelizadora" son herederos directos de la reelaboración tradicionalista de los años 30. Los españoles toman el discurso colonial francés y lo aplican retroactivamente a su propia historia colonial como forma de justificación. Pero había un problema, digo dos. Marruecos y Canarias. Y es que la Hispanidad como relato solo puede ser fraternal y armoniosa allí donde España ya no gobierna.
El franquismo no aplica un solo discurso colonial, sino dos registros distintos y funcionalmente complementarios, dirigidos a públicos distintos:
Para América y Canarias aplica el discurso de la Hispanidad, fraternal, espiritual, mestizaje armonioso, "no fuimos como los otros". Un imperio ya cerrado, seguro de mitificar porque no exige ya violencia activa ni genera resistencia contemporánea visible.
Para África el registro es distinto, más antiguo y más explícitamente bélico-religioso. La "reconquista" y la cruzada. El Rif se presenta en la propaganda africanista no como hermanos que civilizar sino como el moro histórico, el enemigo de 1492 que hay que someter de nuevo.
España buscaba la restauración de su prestigio imperial sobre el mapa colonial en la tradición de las antiguas gestas imperiales españolas. Busca la redención militar y la identidad nacional para sentirse superior a otro mediante la pacificación violenta combinada con paternalismo - junto al robo y la corrupción siguiendo la tradición española - para de esta forma cohesionar el orgullo del Ejército con medallas, ascensos y saqueo a las arcas públicas.
Los tres pilares del discurso español en Marruecos
El dominio de España en Marruecos no buscaba únicamente ganancias económicas, sino reconciliar a España con su pasado imperial y restituir el prestigio militar de la metrópoli en el escenario europeo. Por todo esto el discurso oficial español sobre el Rif se estructuró sobre tres pilares.
El primer pilar es el mito de la "continuidad histórica" y la Reconquista. El imperialismo español reinterpretó la Reconquista y el legado islámico en la Península. Se argumentaba que el Rif era una proyección natural de la geografía y la historia española. Se decía que la presencia en Marruecos "cerraba" la tarea iniciada por los Reyes Católicos, pasando de ser un conflicto de religión a una "misión de tutela fraternal" sobre las tribus rifeñas.
Es segundo pilar es el modelo paternalista francés. El ejército colonial desarrolló la narrativa del guerrero-protector. Dado que el Rif era una región tradicionalmente rebelde al poder central del Sultán de Fez (Bled es-Siba o "tierra de la disidencia"), España no justificaba su presencia como un mero dominio colonial, sino como una misión para pacificar, disciplinar y modernizar a las cabilas rifeñas.
Las prácticas de violencia colonial desarrolladas en Marruecos —represalias colectivas, bombardeos con gas mostaza sobre población civil rifeña, ejecuciones sumarias, deshumanización racializada del enemigo— se trasladan directamente a la represión de la Guerra Civil y la posguerra.
Franco mismo cultiva la imagen del "moro converso" (Regulares y mercenarios marroquíes luchando por él en la Guerra Civil, la propia Legión con su iconografía) mientras simultáneamente sostiene una guerra colonial clásica de sometimiento territorial.
El tercer pilar vendría luego, especialmente tras derrotar al enemigo y bombardear con gas mostaza y armas químicas prohibidas a la población civil. Ahora tocaba suavizar el discurso y usar la hipocresía. Mientras Francia justificaba su presencia en el norte de África mediante la "misión civilizadora" técnica, el discurso español pasó a definir la intervención en el Rif y el Yebala no como una invasión, sino como el reencuentro paternalista con un "pueblo hermano" (el mito de la "hermandad hispano-marroquí") que requería la tutela y disciplina militar española frente al atraso.
Mientras Francia utilizaba un lenguaje universalista republicano (sustituido más tarde por el desarrollismo tecnocrático de Lyautey). España, con muchísima menos capacidad técnica que Francia, empleó un tono romántico, mítico y medievalizante.
A diferencia de la idea de llevar la "civilización" europea a pueblos distantes, la diplomacia y los intelectuales africanistas españoles (como Joaquín Costa o los militares africanistas como Franco o Millán-Astray) plantearon que España y Marruecos no eran dos mundos extraños, sino dos pueblos hermanos unidos por la historia, el Mediterráneo y la herencia andalusí.
Y es que el discurso español no puede ser totalmente maurrisiano porque España carece de la formación, de los medios, de la cultura, de todo y las contradicciones serian demasiado evidentes... mientras que la épica de cruzada "espiritual" permitía justificar el robo, el saqueo, el asesinato y eliminar la culpa cristiana mediante la ficción de que se hace en servicio a "Dios".
Esta dualidad en el discurso muestra que la retórica de la Hispanidad no es una convicción antropológica sino una herramienta discursiva desplegada selectivamente allí donde resulta útil. En América, sin coste y con la diáspora favorable se desarrolla el discurso de la fraternidad, el mestizaje y la superioridad moral. Un mestizaje que es, al mismo tiempo, la garantía de la superioridad racial española ya que es el ideal asimilatorio al que aspirar. Es decir, la trampa de la asimilación siempre incompleta de la que habló Memmi para asegurar la superioridad del colonizador y validarlo.
En Africa esta retórica fue sustituida por otra completamente distinta - crudamente colonial, racializada, y militar - allí donde España seguía ejerciendo dominación efectiva y necesitaba justificar la represión en curso.
Eso es exactamente el tipo de flexibilidad instrumental que describe Memmi en el colonizador. La narrativa se adapta a la función y no al revés.

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