Cho Lucio y la filosofía de los bancales

Bancales en Guadá, isla de La Gomera

No existe una obra humana que explique mejor el alma y la historia de Canarias que un bancal. Desde la costa hasta las cumbres miles de kilómetros de muros de piedra seca recorren nuestras islas. 

Muros que no fueron construidos en unos pocos años sino durante siglos, piedra a piedra, generación tras generación. Detrás de cada uno de ellos hay paciencia, esfuerzo, inteligencia y una forma de entender la vida que hoy estamos olvidando.

Estaba junto a cho Lucio contemplando los bancales de La Gomera. Una isla cubierta por bancales, aterrazamientos, cadenas, paredones o andenes, como así se le conoce al paisaje que construyeron nuestros abuelos. Una imagen que podía pertenecer a cualquiera de nuestras islas... o incluso a un pueblo amazigh de las montañas del Atlas. 

Los bancales no fueron simples infraestructuras agrícolas. Constituyeron una forma de organizar el territorio, transmitir conocimiento entre generaciones y asegurar la supervivencia colectiva en un medio extremadamente difícil

Recordé las historias que me contaron en Barranco Hondo y Juncalillo, por encima de Agaete. De como la gente cuando se encontraba una piedra en el camino la cogía, la cargaba y la llevaba para su casa. Eran piedras para hacer un muro en la casa cueva o para el bancal que estaban construyendo, poco a poco, con paciencia, día tras día. Una labor que, a veces, duraba años. Lo mismo que hacerse la cueva para casarse. Se empezaba a excavar con 14 años para tenerla terminada con 18, ir al cuartel y al licenciarse poder formar una familia.

Recordé paisajes y conversaciones en Tacorón en la isla del Hierro. Recordé las palabras de mi abuelo, que era de Guia de Isora en Tenerife, contándome los nombres de las fincas de su padre; Los Nateros, Vista de Imoche,... los terrenos hacia el monte eran terrenos de subsistencia, para plantar papas, almendros, tuneras e higueras para la casa. Los de costa eran para los tomates que se exportaban a Inglaterra y que se regaban con horas de agua de la galería de Tángara. 

Y recordé los pueblitos del Atlas. Allá, en el continente, los pueblos bereberes colgados a media montaña están rodeados de bancales, subiendo y bajando hasta el fondo del valle como los nuestros. 

Pero en Canarias la escasez de suelo y los profundos barrancos hacen que los aterrazamientos escalen ladera arriba.

Hoy muchos de los bancales están abandonados. Otros en mal estado por la falta de mantenimiento. Alguno a punto de "parir" como dice la gente del campo, porque cuando el muro empieza a formar una barriga - antes de colapsar por falta de drenaje - está "preñao".

Bancales en un pueblo amazigh de las montañas del Atlas. La forma en la que se construían por los pueblos amazigh - y los antiguos canarios - puede verse en la película argelina La Montagne De Baya / Adrar n Baya.

Pero la verdadera herencia no son los muros sino la paciencia, el esfuerzo y la sabiduría transmitida de generación en generación. 

Porque no son las grandes hazañas las que transforman el mundo, sino los actos impecables repetidos cada día, piedra a piedra, decisión a decisión…. Así se deja un tarha en la tierra que no se puede borrar y que inspira a los que vienen detrás.

Los aterrazamientos habían empezado en la época indígena, según la tradición, al menos en Gran Canaria, y poco a poco, generación tras generación, piedra a piedra, los antiguos habían construido esos muros para hacer fértil la montaña. Luego, piedra a piedra, cantero a cantero, habían ido subiendo por las laderas hasta nuestros días. 

Primero fueron manos indígenas y luego las manos de sus descendientes durante el periodo colonial. Las manos fueron moldeando la abrupta orografía y sus interminables barrancos, para tener un terreno llano en donde cultivar cebada, papas, millo, habas, arvejas y frutales.

Y así, a lo largo de los siglos se construyeron cadenas en lo alto y en lo bajo, para tener cebada en diferentes momentos del año. La de costa se recoge primero y la de los altos más tarde. Y así, se fueron formando cadenas que se extienden desde las cotas más altas en donde se cultivaba el grano en secano, hasta las zonas costeras en donde hoy se utilizan para el cultivo en regadío de plátanos, papayos, mangos, piñas y otros productos tropicales.

Primero había que recolectar las piedras y luego hacer el muro de forma que las lluvias no lo derribase. Luego rellenar el fondo de piedra para que desagüe y de tierra para plantar. Si mirásemos la inversión desde un punto de vista estrictamente económico es una locura. 

La rentabilidad no compensaba el gasto ni el esfuerzo. Pero cada generación se sacrificó trabajando y construyendo bancales para que sus descendientes pudieran plantar y vivir mejor. Para que el clan y la tribu pudieran expandirse y prosperar.


Esos muros fueron construidos sin cemento, poniendo cada piedra en su lugar, porque toda piedra sirve para hacer muro, solo que cada una lleva su lugar. Unas forman la base solida del muro, otras sus paredes exteriores, otras sirven para calzar a piedras mayores, otras de relleno. La clave es que cada piedra encuentre su sitio. 

Igual ocurre con las personas. Ninguna sobra. Ninguna sirve para todo, pero todas encuentran su lugar cuando el pueblo sabe construir juntos.

Piedras perfectamente colocadas formando una pared para poner en cultivo terrenos que de otro modo no hubiera sido posible trabajar. Y lo mismo ocurre con las personas, Porque las piedras desorganizadas - y cada una por su lado - no aportan ningún valor y estorban el caminar y el arar del campo, pero juntas y organizadas construyen muro, futuro y sustento. 

Y así cada piedra se fue colocando y formando una geometría que no solo se ve en la tierra sino desde el cielo. Un paisaje que habla de determinación, de arraigo, de identidad, de resistencia y de virtud. Construcciones que esconden tras de sí una historia de supervivencia y subsistencia, que reflejan necesidades y sacrificios. 

Muros que se funden con los riscos y barrancos de unas islas en donde el esfuerzo de una generación dejaba un legado para la siguiente, i wara n wara - de generación en generación- porque el pueblo no son solo los vivos, son también los ancestros y los aún no nacidos.

Pero las piedras no solo sirven para construir muros, también sirven para tapar, para enterrar, donde una piedra entierra a la otra, y a la otra, y a la otra, hasta que te asfixia y te mata, hasta que te deja estancado e inmóvil. Puedes poner la piedra para hacer muro o ponerla para sellar una tumba en vida, el esfuerzo de moverla es el mismo, pero una siembra vida y la otra la quita.

Quizás algún día los canarios empecemos a desenterrar esas piedras que nos ahogan, a quitárnoslas de encima y a usarlas para construir los muros que permitirán tener futuro y esperanza. Porque quizás el problema nunca fueron las piedras. Siempre estuvieron ahí. El problema fue olvidar cómo colocarlas. Nuestros antepasados levantaron Canarias piedra a piedra. Quizá haya llegado el momento de volver a hacer lo mismo.


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Comentarios

  1. Qué paisaje tan valioso, lleno de sabiduría y esfuerzo de vidas con un propósito de autosuficiencia, hoy olvidado por generaciones que ni se lo ganaron, ni lo mantienen para honra de sus mayores!

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  2. Es una belleza el artículo, lleno de esencia y tradicion

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  3. Estás crónicas rescatan el acervo del pueblo, su orgullo y respeto. Gracias por compartir

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