León XIV en Canarias: mucha empatía con los inmigrantes y ninguna con los canarios.

La visita del Papa a Canarias y al muelle de Arguineguín
León XIV en Canarias, el canario quedó fuera de su mensaje

La visita del Papa León XIV a Canarias ha sido presentada como un acontecimiento histórico y un gesto de cercanía hacia el archipiélago. Sin embargo, el contenido de su agenda y de sus mensajes deja una impresión muy distinta. El Pontífice centró su atención en el fenómeno migratorio y en la necesidad de acoger a quienes llegan por mar, pero apenas dedicó espacio a los problemas sociales, económicos e históricos que afectan a la población canaria. Para muchos isleños, esa ausencia constituye el verdadero mensaje político y simbólico de su visita.


La reciente estancia de León XIV en las Islas Canarias ha sido presentada por muchos medios y autoridades eclesiásticas como un gesto histórico de cercanía. Sin embargo, un análisis más detenido de su agenda, sus palabras y lo que decidió no decir revela un enfoque muy distinto. El Papa no vino principalmente a encontrarse con los canarios ni a abordar sus problemas estructurales. Vino a ver de cerca la llegada de inmigrantes, a defender su dignidad y a pedir a la sociedad isleña que los acoja de forma activa. Y lo hizo sin hacer la más mínima referencia a los graves problemas que sufre la sociedad isleña.

El Papa vino a Canarias por los inmigrantes, no por los canarios. Durante su jornada en Gran Canaria, el acto central no fue un encuentro con representantes de la sociedad civil canaria, ni una visita a barrios afectados por el paro o la exclusión social, ni una misa centrada en las dificultades cotidianas de los isleños. Fue el encuentro en el puerto de Arguineguín con migrantes recién llegados, voluntarios y rescatistas. Allí, León XIV pronunció uno de sus mensajes más claros: la dignidad humana “no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”. Insistió en que no se puede “acostumbrarse a contar muertos”, pidió vías legales, integración real y un “examen de conciencia” para Europa.

En la homilía del Estadio de Gran Canaria - entre banderas venezolanas, colombianas, ecuatorianas, peruanas y españolas -volvió sobre el mismo tema: hay que acoger a los más necesitados “precisamente como ocurre en esta isla”, pero aclarando que la caridad verdadera no debe quedarse en mero asistencialismo, sino ayudar a las personas a “levantarse y volver a ponerse en marcha” con oportunidades reales.

El mensaje es coherente con la línea que el Papa ha mantenido en otros lugares: la defensa de los migrantes como prioridad pastoral. Pero lo que resulta llamativo es lo que quedó fuera. el Papa hablo de la solidaridad de los canarios pero dejo fuera la Canarias del paro, de la exclusión social, de la dependencia económica, del saqueo turístico, del problema de la vivienda, de la falta de oportunidades, de la emigración forzada de su propia gente. 

Lo más paradójico llega cuando se lee el mensaje de fondo que León XIV dejó a los isleños: acojan a los recién llegados, pero no desde la lógica del asistencialismo, sino ofreciéndoles oportunidades reales para integrarse y desarrollarse. Es una exigencia legítima desde el punto de vista evangélico. El problema es que esa misma sociedad canaria a la que se le pide que genere oportunidades para otros lleva años sufriendo una falta estructural de ellas. Alto paro juvenil, salarios bajos y precarios, crisis de vivienda provocada por la especulación y el turismo masivo, exclusión social y un nivel de dependencia de ayudas públicas que muchos canarios viven como única vía de supervivencia. Cuando el Papa pide que la acogida no sea “mero asistencialismo”, parece olvidar —o al menos no mencionar— que una parte importante de la propia población canaria ya está atrapada en esa misma dinámica por falta de alternativas reales.

Tampoco hizo la más mínima referencia a la conquista de las islas, a pesar de que los canarios de hoy llevan en su ADN una herencia directa de aquellos que fueron desplazados, asesinados o sometidos. A diferencia de lo que ha expresado en otros contextos sobre la conquista de América —donde ha reconocido que “la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura”—, en Canarias no hubo ni una palabra sobre la conquista de las islas, sobre el destino de la población guanche, sobre la violencia, la esclavitud o las bulas papales que legitimaron la expansión cristiana en el Atlántico. Silencio absoluto sobre una página histórica que marcó para siempre la identidad del archipiélago.

Ese silencio choca con la realidad genética. Estudios de ADN mitocondrial han demostrado que un porcentaje muy significativo de la población canaria actual conserva linajes de origen guanche. En algunas islas y según diferentes marcadores, ese componente puede alcanzar o superar el 50-60 %. Es decir, cientos de miles de canarios de hoy descienden, por vía materna, de los antiguos pobladores que habitaban las islas antes de la llegada de los europeos. 

Esa herencia genética es un hecho científico indiscutible. Sin embargo, el Papa no la mencionó, ni la utilizó como puente para hablar de memoria histórica, ni para contextualizar el drama migratorio actual con el que vivieron los propios antepasados de muchos canarios.

La visita se percibe para muchos isleños como un gesto dirigido más hacia la narrativa migratoria global que hacia las heridas abiertas de Canarias, su memoria histórica y sus problemas presentes. Se pidió empatía y oportunidades para quienes llegan hoy por mar. Pero no se pidió —ni se dio— el mismo ejercicio de memoria y justicia histórica que el propio Papa ha reclamado en otros escenarios. Y se obvió que los canarios, con su alto componente genético guanche, también son herederos de una historia de llegada, resistencia y, en muchos casos, de pérdida de oportunidades.

Para una parte de la sociedad canaria, la visita reforzó una sensación ya conocida. Canarias es contemplada con frecuencia como un espacio donde proyectar intereses ajenos, mientras sus propios problemas quedan relegados a un segundo plano o directamente ninguneados. El Papa vino a Canarias a lo que vienen todos, a usarla para sus propios fines. Vino a ningunearnos. Una falta de respeto a la sociedad que lo recibe que no creo se haya dado en ninguna de las visitas papales a lo largo y ancho del mundo. 

Nos dijo a los canarios - como todos los demás que vienen persiguiendo sus propios fines - que seamos obedientes y sumisos y que sigamos poniendo el culo recibiendo con los brazos abiertos a quienes vienen a desplazarnos desde Europa o a comer de nuestro plato. Si en el siglo XIV las bulas papales legitimaron el genocidio y la conquista de Canarias, la visita de León XIV parece querer legitimar la nueva invasión de las islas. Los canarios no importamos, no existimos.

La visita de León XIV dejó un mensaje claro sobre la necesidad de proteger la dignidad de quienes llegan a Canarias buscando una vida mejor. Pocos discutirán ese principio. Sin embargo, para muchos isleños quedó una pregunta abierta: ¿es posible pedir solidaridad a una sociedad sin reconocer antes sus propias dificultades y su propia historia? 

En definitiva, León XIV vino a Canarias a mirar hacia el mar y hacia quienes lo cruzan hoy. Miró hacia el futuro de la acogida. Pero evitó mirar — y dejó sin nombrar— el pasado que aún late en el ADN de los canarios y la realidad cotidiana de precariedad que muchos canarios siguen viviendo día tras día. Empatía con el emigrante toda, con el canario ninguna. Y esa omisión es, para una parte de la sociedad isleña, el mensaje más significativo de toda la visita.





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