Bermúdez, la cruz de la conquista y el silencio del Papa

La Cruz y la Conquista de Canarias

- La visita de León XIV a Tenerife volvió a centrarse en la inmigración mientras la memoria histórica y los problemas sociales del archipiélago quedaron fuera de sus discursos.

- José Manuel Bermúdez entregó al Papa León XIV la Cruz Fundacional de Santa Cruz. Un gesto cargado de simbolismo sobre la conquista e historia de Canarias que el pontífice obvio.

- Si en Gran Canaria el Papa León XIV centró buena parte de su visita en el puerto de Arguineguín y en la situación de los inmigrantes que llegan a las costas canarias, en Tenerife el guion apenas cambió. La última jornada de su viaje a España fue una prolongación del mensaje del día anterior: el fenómeno migratorio ocupó el centro de la agenda, mientras los problemas específicos de la sociedad canaria y la memoria histórica del archipiélago quedaron completamente fuera del discurso.


Si el día anterior en Gran Canaria el Papa León XIV centró su visita en el puerto de Arguineguín y en la defensa de los inmigrantes que llegan por mar, en Tenerife no cambió ni una coma del guion. La última jornada de su viaje a España fue una continuación perfecta del mismo mensaje. El Pontífice vino a Canarias a encontrarse con los inmigrantes y no a dialogar con los canarios sobre sus problemas estructurales ni a hacer memoria de una conquista a sangre y fuego, en nombre de la cruz y bajo bula papal, con todo lo que ello trajo consigo durante siglos.

El Papa se cogió un avión de Iberia para volar entre Gran Canaria y Tenerife, que el Binter es para los nativos. Según aterrizó en la isla su primera parada significativa fue el Centro Las Raíces, uno de los mayores recursos de acogida de migrantes de todo el archipiélago. Allí se reunió directamente con personas que acaban de llegar. Después, en la Plaza del Cristo de La Laguna, participó en un acto dedicado a las “realidades de integración”. Todo apuntaba en la misma dirección que el día anterior: los migrantes eran el centro de la visita y a los canarios que les den.

El acto culminante llegó a mediodía en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife. Ante decenas de miles de personas, León XIV celebró la misa que cerraba su viaje a España. La homilía giró en torno a una idea repetida: “Ningún ser humano es una isla”. Aprovechó el simbolismo de la condición insular, para hablar del encuentro entre los pueblos y de la necesidad de derribar obstáculos que impidan la fraternidad entre las personas y que ningún obstáculo debe impedir el viaje. Su llamamiento final fue igualmente significativo: "¡Abran a todos este mar de amor!".

El Papa mencionó que “hemos nacido para el encuentro” pero mantuvo un silencio absoluto sobre el primero de esos encuentros entre las sociedades nativas canarias y los europeos que vinieron en nombre de la cruz y de Cristo.

Desde un puerto que lleva el nombre de la Santa Cruz y que históricamente ha sido puerta de entrada y salida, el Papa extendió su mirada “al mundo y sus heridas”. Pidió unidad y agradeció el afecto recibido en España. Pero, una vez más y al igual que había ocurrido el día anterior, no hizo referencia a algunos de los problemas que preocupan a buena parte de la sociedad canaria: la crisis de la vivienda, el elevado paro estructural, la exclusión social, la dependencia de ayudas que genera la falta de oportunidades reales o las dificultades que encuentran muchos jóvenes para desarrollar un proyecto de vida en las islas., No pronunció ni una sola palabra sobre los problemas que viven hoy muchos canarios.

Tampoco hubo espacio para la memoria histórica del archipiélago. Durante sus dos jornadas en Canarias, León XIV no realizó ninguna referencia a la conquista de las islas ni a sus consecuencias para la población indígena, a pesar de que en otros contextos históricos la Iglesia ha reconocido errores y excesos cometidos durante procesos de expansión y colonización. El Papa no mencionó la historia de sangre y fuego que late bajo esos mismos puertos y bajo el ADN de una parte importante de la población isleña. El mundo y sus heridas preocupaban al Papa pero el canario y sus problemas seguían siendo ninguneados por el pontífice, como si no existieran, los problemas de los canarios no deben importarle mucho al Papa.

Y mientras el pontífice pedía abrir “este mar de amor” a quienes llegan ahora, el alcalde de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Bermúdez, le regaló una réplica de la Cruz Fundacional de la ciudad. Un símbolo histórico directamente ligado a la fundación de Santa Cruz en el contexto de la conquista y colonización de las islas. El gesto posee una evidente carga simbólica. Para algunos representa el origen histórico de la ciudad y la tradición cristiana del archipiélago. Para otros, recuerda también el contexto de conquista y transformación política y cultural que experimentaron las islas a finales del siglo XV. Resulta llamativo que, en una visita donde se insistió repetidamente en la memoria, la solidaridad y la acogida, no existiera ninguna referencia a ese capítulo de la historia canaria.

Que un político que se presenta como nacionalista y canarista entregue al Papa un emblema de la dominación castellana y de aquella época en la que la población guanche fue desplazada, sometida o eliminada resulta, para muchos, cuando menos llamativo.

La paradoja es aún mayor si se tiene en cuenta que numerosos estudios genéticos han mostrado la importante continuidad biológica entre la población prehispánica y los canarios actuales. Cientos de miles de habitantes del archipiélago conservan una parte significativa de aquella herencia, especialmente a través de los linajes maternos. Sin embargo, esa realidad histórica y humana tampoco apareció en ninguno de los discursos pronunciados durante la visita papal.

Y es que aquella vez que abrimos ese "mar de amor" a los de fuera, vinieron a saquear, violar, matar, torturar y a robarnos las cabras y las tierras. Pero el Papa eso no lo menciona, y ese silencio habla a gritos. Cientos de miles de personas que viven hoy en las islas son, en parte, descendientes directos de aquellos que habitaban este territorio antes de la llegada europea. Sin embargo, durante los dos días de visita papal en Canarias, esa realidad histórica y genética no fue mencionada ni una sola vez. Ni en Gran Canaria ni en Tenerife. El Papa habló de los sufrimientos que “esta tierra” presencia, pero siempre en presente y siempre vinculados a la migración actual, nunca a lo que está sufriendo el canario.

León XIV habló de las heridas del mundo y de los dramas que Canarias contempla en el presente desde sus costas. Invitó a abrir las puertas a quienes llegan buscando una vida mejor y apeló a la solidaridad de la sociedad isleña. Pero para muchos canarios quedó una cuestión sin respuesta: si esta tierra ha sido históricamente un lugar de encuentros, conflictos y profundas transformaciones, ¿por qué no hubo también unas palabras para su propia historia, para su memoria colectiva o para los problemas sociales que afectan hoy a quienes viven en el archipiélago?

Y es que el silencio del Papa, para una gran parte de la sociedad canaria, habló a gritos.


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