La memoria de los desafíos en Canarias; un sistema de justicia guanche basado en el honor


Antes de los tribunales modernos, códigos civiles o estructuras judiciales complejas, las sociedades humanas desarrollaron sus propios mecanismos para resolver conflictos. Algunos se basaban en la mediación, otros en la autoridad, y otros en algo mucho más profundo: el honor.

En Canarias, uno de los más complejos y desconocidos fue el sistema de desafíos. Una forma reglada de dirimir disputas basada en el honor, el autocontrol y la responsabilidad individual. 

Tanto la tradición oral como las crónicas y la etnografía recogen la existencia de estos desafíos. En Tenerife, la tradición señala que fueron reglados por el Gran Tinerfe. En Gran Canaria, cronistas como Abreu Galindo o Torriani describen con cierto detalle sus formas y funcionamiento.

Algunos desafíos se hicieron legendarios y pasaron a formar parte de la memoria colectiva: enfrentamientos entre figuras destacadas —los gayres— como los de Guanhaben (wa-n-haben, Luchador, que agarra y le­vanta rápidamente) y Caitafa, o Maninidra y Nenedán, Doramas y Bentaguayre o los de Gariragua y Adargoma.

No eran simples combates ni violencia descontrolada sino actos cargados de significado social con normas, tiempos y límites. Es decir una una institución cultural, que cumplía la doble función de ganar o restaurar el honor y resolver disputas cuando la mediación fallaba.

Lejos de desaparecer con la conquista, estas prácticas se adaptaron y sobrevivieron bajo nuevas formas. En los ámbitos rurales Gran Canaria y Tenerife - y seguramente también en otras islas - existió durante siglos un sistema reglado de desafíos que no solo servía para dirimir disputas, sino también para mantener el equilibrio social. Un sistema heredado de los antiguos canarios.

Algunas de estas prácticas se realizaban de forma abierta y otras de forma clandestina. La más conocida es en la lucha canaria, donde los puntales de distintos pueblos, o luchadores destacados, se desafiaban públicamente para ver quien era mejor luchador. En torno a estos puntales se organizaba un equipo, por ejemplo norte contra sur. En el desafío se señalaba las reglas y la modalidad de lucha (mano metida, mano a la espalda, mano abajo, agarre usted como quiera, etc... o si era  lucha era corrida o al mejor de tres). Este tipo de desafíos salía hasta en los periódicos de la época y eran arbitrados por un "hombre bueno".

Pero habían otro tipo de desafíos relacionados más con las ofensas y las disputas. En el sureste de Gran Canaria existían los llamados “juicios de pastores”: desafíos públicos o semipúblicos para resolver conflictos. Los contendientes acudían acompañados por sus familias o testigos, y el enfrentamiento —frecuentemente con garrotes— se realizaba bajo la supervisión de una figura respetada, generalmente un patriarca familiar o el jefe de pastores. Figura que en la sociedad rural muchas veces actuaba de mediador o impartía justicia al margen de los canales oficiales. 

En otros casos, los desafíos eran más discretos o incluso clandestinos, especialmente cuando ciertas prácticas (garrote) estaban prohibidas. La tradición recoge encuentros privados, donde dos individuos se citaban a una hora determinada "a la orilla de un camino" o en lugares apartados para resolver sus diferencias sin testigos según cuenta la tradición.

Algo parecido ocurría en Tenerife. Entre los antiguos las diferencias podían dirimirse a través de desafíos públicos o privados. Esto se mantuvo vivo entre los pastores prácticamente hasta nuestros días, aunque algunas de las practicas - como el "chipenque" reservado a ofensas de honor muy graves - se abandonaron en los años 60 por su peligrosidad y gran numero de muertes que producía.

Lejos de la imagen de violencia caótica, estos enfrentamientos seguían unas reglas, una estructura clara y rigurosa. En líneas generales, la estructura de un desafío público es la siguiente; 

En el momento de lanzar el desafío:

- El desafiante debía explicar la causa del conflicto u ofensa Debía definir el tipo de enfrentamiento (arma o modalidad; tolete, palo, garrote)
- Establecer lugar, fecha y hora para el encuentro. Nunca se luchaba en el mismo día.
Cada parte tiene derecho a llevar testigos y cualquiera puede acudir a verlo al ser público

El desafiado tiene varias opciones; 

- Puede elegir no presentarse y quedar como un cobarde al que todos le vuelven la espalda. Lo más bajo de lo más bajo.
- Puede presentarse en el lugar, en fecha y hora señalada y disculparse. Siendo potestad del desafiante aceptar o no aceptar las disculpas.
- Puede presentarse, aceptar el combate y enfrentar el desafío.

Durante el combate:
 
Se luchaba hasta la rendición de una de las partes o hasta que el "hombre bueno" parase el combate, generalmente cuando el resultado ya estaba claro, para evitar muertes.
Si el arma se rompía, el combate terminaba inmediatamente. Se considera que la Divinidad ha parado el combate y que cada una de las partes tiene su parte de razón.

Después del combate:
 
- El vencedor debía dar por cerrada la disputa, dándose por satisfecho, muriendo allí la ofensa.
- El perdedor debía aceptar el resultado sin rencor. No hacerlo suponía una falta grave de honor, incluso mayor que no presentarse.

Las crónicas relatan que tras el combate, muchas veces salían de allí "como amigos". Y es que en la concepción canaria del honor y en palabras del poeta Tarajano; "el cae en limpia brega, la lucha le sabe a buena".

Se suele decir que cuanto menor el IQ y el nivel de conciencia de una persona o círculo social más tienes que mostrar violencia y agresividad para ser respetado. Y que cuanto mayor el IQ y el nivel de conciencia lo que tienes que mostrar es autocontrol.

Desde una perspectiva moderna, puede resultar paradójico, pero este sistema no fomentaba la violencia, sino el autocontrolLa tradición del desafío canario exige autocontrol. Nunca se produce el combate inmediatamente ante una ofensa, sino que se suele dejar pasar una semana y a veces una luna. Se exige que la ofensa se exprese de forma clara, se le da al individuo la posibilidad de disculparse, y se exige honor y autocontrol tanto en la pelea como en la aceptación del resultado.

El combate no era inmediato. Se establecía un tiempo entre la ofensa y el desafío en días, semanas o incluso partes de un ciclo lunar o un ciclo lunar entero. Esto obligaba a reflexionar, a enfriar la emoción y dada espacio para permitir la reconciliación. Además, el hecho de tener que exponer públicamente la causa del conflicto y aceptar reglas claras limitaba el impulso irracional mientras que el propio combate permitía la liberación emocional en lugar de mantener esas emociones estancadas y reprimidas.

No era un sistema impulsivo. Era un sistema ritualizado y contenido que imponía costes a la ofensa y al comportamiento no honorable, cuando el resto fallaba.

A menudo se asocia la violencia con sociedades “menos desarrolladas”. Sin embargo, este tipo de sistemas muestra algo distinto. Las sociedades basadas en el honor no funcionan como las sociedades modernas basadas en la ley o la culpa, ni como las sociedades autoritarias basada en el poder y el miedo. Funcionan en otro eje, funcionan en base a la responsabilidad individual y el reconocimiento social.

La violencia no es gratuita, era el medio de control de aquellos que no tienen ni el honor ni la conciencia para comportarse. Por eso los antiguos practicaban una justicia estricta. También es "la contra" frente a los emplean comportamientos manipuladores o pasivo-agresivos.

En este contexto el honor sustituye a la ley, la reputación sustituye al castigo y la responsabilidad sustituye al control externo. Esto exige, tanto en hombres como en mujeres, un nivel elevado de coherencia personal. Sin autocontrol y dominio sobre uno mismo, el sistema colapsa. 

Tradicionalmente estos juicios funcionaban como una especie de ordalía o “juicio de Dios”. El resultado del combate no solo resolvía la disputa, sino que era interpretado como una manifestación de justicia superior.

La desaparición de estos mecanismos no solo implica la pérdida de una práctica cultural. Implica la desaparición de un modo de entender el conflicto, la responsabilidad y la justicia. Frente a los sistemas modernos, el sistema antiguo mantiene algo esencial, la conexión entre acción, consecuencia y dignidad personal.

Ahora podemos comprender mejor que el desafío no era violencia una forma de poner en juego algo mucho más importante: el valor del individuo dentro de una comunidad donde la palabra tenía peso, la acción tenía consecuencias y el honor era el eje de todo

La tradición oral conserva fragmentos de este pasado, pero muchas de estas prácticas han desaparecido o sobreviven de forma residual.

¿Tienes constancia de desafíos similares en tu isla o municipio?
¿Se han conservado relatos, normas o variantes de estas prácticas?

Quizás, como tantas otras cosas, la clave para entender quiénes fuimos - y quiénes podemos volver a ser - siga escondida en la memoria que aún no hemos sabido escuchar.


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