Por Abalone Delveaux
Llega un momento en el que ya no se denuncia: se repite. Y repetir no es insistir, es desgastarse.
Tenerife ya no me indigna, me fatiga. Sus carreteras colapsadas, sus montañas convertidas en aparcamientos emocionales para turistas con prisa, sus discursos oficiales reciclados como eslóganes de una campaña ya perdida. Todo eso ya no provoca ira, sino un cansancio seco, casi elegante, el que llega cuando una sabe que tiene razón y que eso ya no sirve de nada.
Lo llamaban progreso. Lo llaman desarrollo. Yo veo células que proliferan sin conciencia, una isla que engorda donde debería respirar. Anaga, Masca, el Sur, el Norte: mismas metástasis, misma retórica, mismas promesas aplazadas a un futuro que nunca llega.
¿Escribir otra vez? Sí. ¿Pero escribir qué, cuando el escándalo se ha vuelto paisaje?
Ya no busco la palabra justa para convencer. La busco para no traicionar mi amor por esta tierra. Porque amar Tenerife hoy ya no es defenderla con vehemencia; es verla degradarse sin caer en el cinismo, sin convertirse en cómplice por cansancio.
La verdadera obscenidad no es el turismo de masas. Es la costumbre. Esa admirable capacidad de las instituciones para habituarse a lo irreparable, para gestionar la enfermedad como se gestiona una agenda: moviendo citas, nunca el diagnóstico.
Así escribo, como quien anota una fiebre persistente. Sin gritos. Sin ilusiones. Con ese cansancio que no es una renuncia, sino una forma última de lucidez.

Conmovedor
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