El desconcierto canario

EL DESCONCIERTO CANARIO
(Cómo ha sido, cómo es, y cómo podría ser la vida en Canarias)
Texto íntegro de la conferencia

Domingo Hernández Peña
Profesor, consultor, escritor y doctor Honoris Causa por la Universidad Anhembi-Morumbi de São Paulo

Foto: Canarias7

Era dieciséis de diciembre, temprano, cuando al llegar a mi despacho encontré sobre la mesa un ramo de flores y una tarjeta en la que alguien me felicitaba por mi aniversario y me deseaba una larga vida.

Como los años que cumplía eran muchos, comprendí enseguida que las flores y que la tarjeta no eran otra cosa que una muestra de buena voluntad – que una mentira piadosa. Las vidas no se alargan así, sin más.

Pero, al entrar en el retrete y mirarme en el espejo, no me encontré más viejo que de costumbre ni me pareció que el alma se me hubiese encogido. Y, de repente, sin aviso previo, volví a sentir la atracción fatal, el amor atormentado, que siempre vuelve a mí cuando me detengo en la trascendencia.

Volví a sentir lo que siento por Canarias cada vez que me acecha la duda del ser o no ser, del estar o no estar…

Y una vez más me pregunté: ¿por qué no me olvido de una vez y para siempre de aquellas islas? ¿Por qué las sigo queriendo si nunca me quisieron – si tanto mal me hicieron?

Llevo décadas haciéndome esa pregunta alrededor del mundo, sin encontrar la respuesta. Y solamente la he venido a encontrar ahora, tan tarde, al saber y al aceptar que llegué sin remedio a la vejez…

Quiero tanto a Canarias porque es aquí donde están los canarios. Y quiero tanto a los canarios porque fue con ellos - con ustedes - que compartí lo que pudo haber sido y no fue.

Y estoy aquí - hasta aquí he venido hoy, desde muy lejos - para confesarles en vivo y en directo, sinceramente, antes de que todo acabe, lo que ahora por fin tengo claro:

Tengo claro, ahora sí, que os quiero porque ustedes y yo compartimos, queriendo o sin querer, de una forma o de otra, la cultura de la insignificancia - la creencia de que lo pequeño era, o es, grande.

A nosotros siempre nos gustó decir lechita, sopita, casita, sombrita, abuelita. Seguimos tratando a los ancianos como si fueran niños de pecho: Panchito, Lolita, Merceditas, Conchita, Manolito… Las hijas de don Eligio, idénticas y solteras, fueron para los vecinos de Teguise “las niñas” de don Eligio hasta que se murieron arrugaditas y canosas. Las mujeres más bonitas eran aquellas que tenían la boca más pequeña y los pies más cortos. La mejor ducha (por aquello del consumo de agua, se supone…) era la que duraba menos. La fragilidad territorial la disimulamos mitificando la geografía, y para eso, por ejemplo, cantamos que el Roque Nublo es una piedra lírica y lunar. En Las Palmas tenemos el único monumento al Suicidio que hay en el mundo. Inventamos el timple, una contradicción sonora, que, desde su escasa dimensión, se deja oír como si fuera inmenso. En las fiestas patronales nos ponemos guapos con las ropas más humildes y campesinas, y nos divertimos practicando los usos y costumbres del subdesarrollo, y vamos a la iglesia con burros, vacas, cabras, gallinas… Servimos el vino en vasos de vidrio chiquitos, pero gruesos y pesados. Nuestros humoristas se hacen famosos contando chistes de dentaduras postizas, de sorderas, de miopías, de tetas, de culos, de pedos… Nuestro folclore se parece más a la religión que a la alegría. La impotencia de la pequeñez la escondemos con una palabra espantosa que colocamos por debajo de lo mínimo: chinijo. Decimos chinijo - ¡vean ustedes qué horror! - para sugerir que hay algo menor que lo menor.

Esa cultura de la insignificancia, que tiene mucho que ver con nuestro complejo de inferioridad, es una de las causas que nos mantienen donde estamos. Quien se conforma con ser pequeño, o celebra la pequeñez, o no confía en sí mismo, no consigue superar la adversidad. Y no lo consigue, aunque se comparta - como hemos compartido en paralelo a esa cultura pequeñita - la más contundente forma de aprender: haciendo el servicio militar lejos de nuestras familias, estudiando en otras tierras, emigrando…

Dicen algunos que todo aquello - que lo aprendido fuera - fue superado por las universidades de andar por casa que ahora tenemos, y por la invasión turística que nos sacude. Pero yo les digo que esa creencia es mentirosa. Y ustedes lo saben. 

Nadie puede ser universal sin atravesar el mar. Y del contagio turístico ya les hablaré más adelante.

Nosotros compartimos también una forma de hablar cansada y melodiosa. No sabemos pronunciar la ce, y quienes la pronuncian bien nos parecen más capaces. Nosotros entramos en el bar y preguntamos: ¿me pone un café? Y ellos entran y ordenan: ¡póngame un café!

Los sufrimientos y las humillaciones que hemos padecido y padecemos por expresarnos de esa forma no cabrían en el escaso tiempo que tenemos para estar juntos, aquí, hoy, ahora. Y por eso recurro a un único ejemplo:

De niño, en Lanzarote, los que me educaron estaban convencidos de que yo había nacido para ser actor – tal vez escritor. Y a mí me gustaba la idea porque, desde que tuve uso de razón, me atormentaba la idea de que la vida sólo era soportable si se vivía mintiendo – haciendo arte. No había belleza que no fuera mentira, fingimiento, recreación. En el teatro, en el cine, en la literatura, en la pintura, había belleza porque no eran otra cosa que mentiras refinadas…

Y entonces, después de años y más años de preparación, me mandaron a Madrid con una carta de recomendación para don Claudio de la Torre, el canario que en toda España tenía más influencia en el teatro y en el cine.

Claudio vivía en un bonito chalet en el número 5 de la calle del Oria, en El Viso. Llamé. Y él mismo abrió la puerta, metido en una bata de seda azul con garabatos dorados. Leyó la carta sin dejarme atravesar el jardín, se estremeció cuando dije alguna cosa a modo de presentación, me miró sin disimular una mezcla de compasión y de desprecio, y me dijo: Muchacho, aprenda primero a pronunciar el español como Dios manda; y cuando sepa pronunciarlo, si es que alguna vez lo consigue, vuelva a verme, y entonces hablaremos…

Cerró la puerta sin misericordia, y yo, herido, abandoné el suelo español sin saber si sería para siempre. Tardé veinte años en volver a pisarlo – en volver a pronunciar la palabra España, o cualquier otra del idioma de Cervantes.

También compartimos, ustedes y yo, la experiencia de la insularidad – de aquello tan irritante, de una hora menos, y del mapa con las islas acurrucadas en una esquina del Mar de Alborán.

Irritados con el despropósito del mapa oficial que decoraba nuestra antesala, mi padre y yo decidimos eliminar con tinta azul las islas mal colocadas, recomponiendo el Mediterráneo y el norte de Marruecos de acuerdo con nuestra lógica particular. Y después de tanto esfuerzo gráfico no caímos en la cuenta de que nos habíamos quedado sin Archipiélago hasta que percibimos que ya no teníamos tierra firme bajo nuestros pies, y que flotábamos sin rumbo sobre las aguas interminables de un océano infinito…

El detalle tiene cierta importancia, porque mi primer viaje a la Península no fue aquel que me llevó al desencuentro con Claudio de la Torre y con España. A la Península fui por primera vez cuando me mandaron a estudiar en Valencia y mi padre se despidió de mí dándome un beso apresurado y regalándome el único reloj que he tenido en toda mi vida (éste). Me lo regaló para que fuera puntual. Pues él creía que en el ámbito de la puntualidad era donde los canarios teníamos alguna esperanza de ser competitivos. Pero no me advirtió, ni yo sabía, que con un reloj que marcaba las horas canarias siempre llegaría atrasado. Y fue por eso por lo que perdí los tres primeros trenes que el destino había puesto a mi disposición, en Cádiz.

Mi padre fue de los pocos lanzaroteños que en su época no emigraron. No emigró, entre otras cosas, porque comparaba la dificultad de ir de una isla a otra con la de ir de un país a otro, o de un continente a otro. Si el viaje de Arrecife a Las Palmas era tan complicado y tan caro, ¡imaginen ustedes el de Las Palmas a Buenos Aires!

Sin embargo, y por motivos familiares, en un momento dado fue a La Palma, sometiéndose a tres travesías, de Lanzarote a Gran Canaria, de Gran Canaria a Tenerife, y de Tenerife a la Isla Bonita, para trabajar en Tazacorte, en aquel artilugio mecánico que servía para transportar las piñas de plátanos desde las alturas del risco hasta las bodegas de los barcos que las llevarían a Londres. Y allí, en Tazacorte, mi padre escribió lo mejor que yo he leído sobre la insularidad canaria, y que nadie, nunca, ha querido publicar. Síntesis: si al oeste de Tazacorte ya no hay más Canarias ni hay más España, ¿qué hay? Las luces que en las madrugadas brillan en el mar por el poniente ¿son las luces de alguna esperanza, de algún barco perdido, o son las luces del lejano e inalcanzable Nueva York, del otro lado del océano, en América?

También he compartido yo con ustedes, o con muchos de ustedes, la pobreza. Y cuando hablo de pobreza me estoy refiriendo a la pobreza canaria de otros tiempos – a la más espantosa que podríamos recordar.

De aquella pobreza nació el resentimiento que nos caracteriza. Si la miseria estaba en todas partes, la desafección contra todo y contra todos tenía mucha lógica

Pero la pobreza puede ser mucho más que la pura falta de recursos. También puede ser la escasez de dignidad – de respeto, de justicia y de oportunidades.

Y observo con amargura que alguna cosa terrible debe de estar sucediendo en Canarias. Pues, en estos tiempos de más libertad, más conocimiento y más abundancia, encuentro a más canarios que nunca abandonados, desempleados, desahuciados, enfermos, mendicantes, descamisados, en las calles, plazas y playas.

No ignoro que las causas de ese inmenso fracaso son muchas y complejas. Pero me atrevo a decir que la principal es la falta de iniciativa: de vida propia – de proyecto propio. ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿Para dónde vamos?

España perdió las colonias americanas cuando en los territorios del Nuevo Mundo creció la capacidad de iniciativa local - cuando el bien y el mal dejaron de ser monopolio de la metrópolis.

Las Islas Canarias se quedaron como huérfanas, como sin hermanos ni hermanas, en medio de la lejanía recompuesta. Y en la Península fue creciendo poco a poco una preocupación lógica: el Archipiélago no podía compararse, en nada, con los territorios perdidos, pero sus habitantes, los canarios, eran gentes a tener en cuenta, por si las moscas… Además de sentirse más americanos que europeos, los canarios tenían una acusada capacidad de iniciativa que les permitía - literalmente - vivir de la nada… Y fue con esa capacidad de iniciativa que emigraron, que progresaron en América, y que influyeron bastante en los muchos y variados procesos de independencia

Como consecuencia de aquella preocupación creciente, en un momento dado, y para que las Islas Canarias no siguieran el mismo camino que las colonias americanas, alguien tuvo la ocurrencia de implantar aquí un régimen fiscal especial que durante décadas nos permitió sobrevivir, pero no progresar

La capacidad de iniciativa fue suplantada por una especie de conformismo subtropical – de “aplatanamiento” sustentado por la evidencia de que alguien, en algún lugar del cielo o de la tierra, cuidaba de que tuviésemos coches baratos, y whisky de todas las marcas, manteniendo al mismo tiempo el consumo de gofio y pejines…

El mal que nos inocularon, y que fue defendido furiosamente por los llamados proteccionistas - ahora demócratas de toda la vida - continúa circulando por nuestro sistema nervioso. Y por eso, todavía, hasta los creyentes que se dicen independentistas, o nacionalistas, o insularistas, o lo que sea, siguen mendigando el pan y la sal a Madrid y a Bruselas. Quieren ser dueños de algo, pero no asumen la responsabilidad de serlo

Con aquel viejo régimen fiscal se podía salir de Canarias, libremente, con maletas llenas de dinero. Pero no, sin algún gravamen, con las mercancías que importábamos para revenderlas a buen precio.

Más o menos como ahora, cuando seguimos presumiendo de lo mucho que exportamos a África, sin reconocer que en realidad no hacemos otra cosa que reexportar – que abrir mercados, crear demanda, para los bienes y servicios ajenos…

En la práctica, y a todos los efectos, en esta tierra todo sigue igual. Los canarios abandonados en las calles y en las plazas se mueren a la intemperie porque aquí seguimos esperando por una Providencia que no tiene teléfono ni se pone al teléfono

Nuestra sorprendente vocación musical no es una casualidad. La música es el arte que más se parece al alma, porque, como el alma, pertenece al universo de lo que menos se ve y más se siente. Y los canarios nos movemos entre el mucho sentir y el poco hacer…

Se trata de una verdad como un templo. Presten atención y podrán comprobar que la música no cunde en el alma de los pueblos más avanzados, ocupados en realizar cosas más tangibles. Cunde más, siempre, en las almas grandes, pero desocupadas o poco aprovechadas, de los pueblos desconcertados

En el turismo podemos encontrar el mayor y mejor ejemplo de lo que estoy queriendo decir. Y pido permiso para decirlo, sin la pretensión de ser pedante, como alumno que fui de Kurt Krapf (el padre del turismo moderno) y como creador que he sido de la primera Facultad de Turismo del mundo (la del Morumbí):

En Canarias, el turismo es una actividad equivocada, o, cuando poco, desactualizada o anticuada. Los principales equívocos son dos: la idea de que con más turistas hay más progreso, y la estrategia de la intermediación, que es un verdadero peligro, sobre todo cuando quien intermedia es quien transporta.

No puede haber más progreso con más turistas (o solamente habrá pequeños avances) si lo que se intensifica es nada más que el negocio del transporte, por un lado, y el de la hotelería, por otro, y no el consumo general (el mismo consumo de los residentes) con la participación plena de todo el comercio, de toda la industria y de todos los servicios de toda la economía del Archipiélago.

No tendremos más progreso, nunca, mientras sigamos regalando sol y playas y no empecemos de una vez por todas a vender alguna cosa – a diversificar la oferta

No es técnicamente turismo, ni es interesante como tal, en lo social, en lo cultural y en lo económico, aquello que no sea, ante todo y por encima de todo, el incremento de la población flotante, para que se incremente el consumo general, para que, con una misma oferta de bienes y servicios, se puedan incrementar la riqueza y el bienestar.

Pero no es eso, exactamente, lo que ocurre con el llamado turismo canario. En Canarias, la prioridad de esa actividad no es ni puede ser el consumo libre, espontaneo, diversificado y creciente, porque apenas hay contacto entre la población flotante y la población residente. Los operadores no permiten ese contacto, o al menos no lo ven con buenos ojos, porque su negocio es otro. Y por eso siguen manipulando a sus clientes en grupos, en manadas, como si fueran masa sin criterio, del mismo modo que los manipulaban cuando la libertad individual y el conocimiento no eran lo que ahora sí son. Y por eso no hay participación de la mayoría de los residentes, ni de todos los sectores productivos del Archipiélago

No puede haber más progreso, ni habrá más progreso real y sostenido, mientras la demanda turística esté controlada y manipulada por los viejos intermediarios de una época trasnochada, en la que ni siquiera existía Internet.

Habiendo Internet, y al haberse incrementado el nivel cultural medio de los turistas, los intermediarios son sencillamente innecesarios, además de perniciosos…

El turismo, tal y como funciona en Canarias, donde los empresarios del sector mandan más que los alcaldes, seguirá siendo cada vez más destructivo que constructivo. Para remediar semejante amenaza serian necesarias dos cosas: que la idea de consumir - repito - sustituya a la idea de viajar y de dormir, y que la comunicación sustituya a la intermediación.

Las dos cosas son difíciles, porque los panaderos canarios, por ejemplo, no tienen la sensibilidad turística que sí tienen los panaderos baleares, y porque la Prensa del Archipiélago sigue sin enterarse de lo que pasa a su alrededor… O, al revés, sólo sabe de lo que pasa a su alrededor…

Cuesta creer que ningún medio de comunicación canario publique una columna - una simple columna especializada - capaz de acompañar, analizar e interpretar las luces y sombras del único sector que bien o mal, y a su manera, nos está permitiendo sobrevivir…

Resulta chocante que esos medios de comunicación utilicen Internet (¡el ciberespacio!) para decirle a Tamaraceite lo que pasa en Guanarteme, o al revés, y no para informar al mundo de lo bueno, bonito y barato que millones de turistas podrían encontrar en Telde o en Garachico…

Pero ése es otro mal que también hemos compartido ustedes y yo. En Canarias nunca entendimos que sólo existe lo que se comunica. Y a no comunicar nos hemos dedicado durante siglos. Lo nuestro, si exageramos un poco, sería más bien la incomunicación – la deformación o la ocultación de los hechos, cuando no el silencio puro y simple, facilitando con ello la sutil colonización que aquí siguen practicando los más diversos intereses ajenos, o espurios

Sin embargo, y pese a lo que he dicho y he querido decir, debo aclarar, antes de que el micrófono se apague, que ahora mismo, según mis cálculos, la madre de todos los problemas de Canarias, de España, de nosotros, es la democracia.

Y no se preocupen. Pues no voy a defender nada que se parezca a un régimen totalitario…

Pero si voy a decir y digo que la democracia no es la panacea. Y lo digo con conocimiento de causa, aunque nunca haya votado.

No he votado, ni votaré jamás. Primero, porque me niego a creer que la razón sea lo mismo que el parecer de la mayoría. Segundo, porque, como profesional, me he dedicado muchas veces al marketing político, promoviendo candidatos ganadores y retorciendo la voluntad popular donde había y donde no había libertad. Sé cómo eso se hace, y puedo asegurarles que es algo posible y repugnante, aunque se haga dentro de la ley. Y si se hace fuera de la ley, peor todavía. Sé muy bien que es peor - lo sé desde muy joven - porque mi primer contacto con las urnas fue en 1947, actuando como delegado del Poder establecido, para falsificar en La Graciosa el resultado del referéndum de Franco.

No obstante, no me cuesta reconocer que no hay nada mejor que la democracia para reconducir la convivencia de los humanos, después de cualquier guerra, dictadura o desgracia parecida, y mientras dure el pánico correspondiente.

Pero, pasado el pánico, superada la oscuridad, las masas, siempre mayoritarias, no paran de apoyar el progresivo ascenso de los menos respetables (cada vez menos respetables), ni resisten las tentaciones (cada vez mayores) del poder y del dinero caídos del cielo…

Por eso, la moral democrática es cíclica: todo va de maravillas mientras los peores no acumulan votos para llegar a lo más alto; y, cuando llegan, implantan lo que mejor conocen: la corrupción y el desastre; y entonces no adelanta nada seguir votando; y ahí vuelven a surgir las tres opciones de siempre: romper la baraja, mirar para otro lado, o volver a empezar.

Y es ahí donde estamos ahora mismo, en Canarias y en España. Los peores llegaron al poder con cierta facilidad, en menos de treinta años, utilizando sus propios votos – su propia, evidente, y sobrada mayoría. Y, ahora, todas las soluciones razonables están bloqueadas, porque toda nueva mayoría acabaría reforzando la mediocridad de la mayoría que ya nos gobierna…

Triste. Ni en Canarias ni en España volveremos a encontrar la senda del bien común mientras los votos sigan valiendo más que las personas – mientras no volvamos a correr, de verdad, el riesgo de retroceder.

Quien lo dude puede ilustrarse con ejemplos asustadores, prestando atención a los muchos energúmenos que con credenciales democráticas lideran la desgracia de infinidad de lugares y de territorios.

O puede colocar en la pared, por orden cronológico, una colección de fotografías del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, que muestren el cambio de diputados, en cada legislatura, desde la Transición. Y verá entonces con horror, y con absoluta claridad, lo que realmente ha sucedido... ¡Ha sucedido el desalojo puro y simple, progresivo, disparatado, de los mejores españoles de una época!

Lo que necesitamos ahora mismo no son partidos y más partidos, siglas, votos, mítines, promesas, populismos corruptos y miserables. Tampoco necesitamos un dictador. Para volver a empezar, lo que de verdad necesitamos es una persona - una sola persona que nos sirva de ejemplo y de inspiración - con la cabeza bien puesta, con capacidad reconstructora, y con el alma limpia: alguien que no suba a la tribuna para subastarse como se subasta el pescado.

¿Cómo se llama esa persona?

¿Dónde está?

¿Ustedes la conocen?


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