miércoles, 12 de noviembre de 2014

Las virtudes y pasiones del alma, una brújula para recuperar nuestro equilibrio

Creo que cualquiera con un mínimo de consciencia entiende que los problemas del mundo actual no son un problema de tecnología. Tenemos tecnología suficiente para erradicar el hambre del mundo, poner a un tipo en Marte o parar el cambio climático y resolver prácticamente todos los problemas si quisiéramos. El problema son los intereses creados. Para proteger esos intereses se ha trastocado todo el ámbito cultural y espiritual del individuo, todo su mapa cognitivo a través del cual entiende e interpreta su realidad y eso ha hecho que el hombre actual esté totalmente perdido. El problema son los valores y la filosofía de vida, es decir es un problema cultural y espiritual.

El hombre actual es un gigante tecnológico pero un enano espiritual, un pobre que ya no sabe adonde ir, agarrándose a explicaciones y teorías absurdas o desfasadas en un continuo escape hacia adelante y buscando donde nunca va a encontrar las soluciones. Solamente sabe tener posesión de lo que no puede plenamente utilizar. Lo científico y lo tecnológico lo han obnubilado de tal manera que ha llegado a pensar que ya no es necesario nada más.

Creo que prácticamente todo el mundo está de acuerdo en que la crisis actual no es solo política o económica sino mucho más profunda, yo diría que existencial. Como dijo Arturo Perez Reverte en una entrevista; todo el problema de España es un problema de educación. La cuestión, por tanto, es como poder dar una receta para solucionar el entuerto de forma fácil y sencilla sin tener que mandar a la gente a un programa de "reeducación cultural" durante años.

Lo ideal sería poder dar una pautas claras y sencillas que actuaran como una brújula que diera al individuo unos parámetros mediante los cuales auto-evaluarse y corregir su rumbo. La buena noticia es que dicha brújula existe. No hay que inventar nada, ya está inventado. Ante la vorágine y la sobredosis de información y tecnología del mundo actual, los clásicos muestran la esencia eterna del alma humana, con sus virtudes y defectos, con sus miserias y grandezas, con sus pasiones, ofreciendo una visión clara, sencilla y práctica del problema. Prácticamente todas las tradiciones espirituales tienen su versión de las cuatro virtudes cardinales y de los pecados capitales o patologías del alma. Tan sencillo como eso.

Las cuatro virtudes cardinales no están solo en la tradición clásica occidental, también en la tradición sufí, tal y como muestra el eneagrama y en muchas otras tradiciones espirituales.
Lo que los clásicos consideraban un defecto el mundo actual tiende a considerarlo una virtud, y los que el mundo clásico consideraba una virtud tendemos a considerarlo un defecto. Así nos va. El marketing y la publicidad alimentan nuestras pasiones capitales para vendernos más o para manipularnos políticamente. Los políticos usan las mismas pasiones capitales para engañarnos una y otra vez. Por ejemplo en el mundo actual no valoramos el coraje como los antiguos griegos, sino la humildad o la amabilidad. Nos han impuesto una moral de esclavos.

Recordemos cuales son las cuatro virtudes cardinales. La aretḗ ('excelencia') política ('ciudadana') de los griegos consistía en el cultivo de tres virtudes específicas: andreia ('valentía'), sofrosine ('sensatez, moderación') y dikaiosyne ('justicia'): estas virtudes formaban un ciudadano relevante, útil y perfecto. En La República, Platón añadió una cuarta, la Prudencia. La palabra cardinal significa pivotal, es decir, fundamental, ya que el resto de virtudes se derivarían de estas. 

1 - Justicia  (Dikaiosyne): también llamada equidad. El sentido de justicia es la más extensa y la más importante de todas las virtudes. Es el triangulo central, la piedra angular. Platón la describe como la virtud fundante y preservante porque sólo cuando alguien comprenda la justicia puede conseguir las otras tres virtudes, y cuando alguien posee las cuatro virtudes es la justicia las que las mantiene unidas. 

El mundo actual tiende a hacernos ver la injusticia como algo natural e inevitable. Deshumanizando al prójimo tiende a hacernos ver la opresión como algo natural. También nos hace ver el crimen y el gansterismo como algo glamuroso, como en los vídeos musicales o las películas de Hollywood.

Intelectualmente se justifica el saqueo de las arcas públicas mediante el gasto público descontrolado como "estimulo económico". Ya lo dijo hace unos 200 años el economista frances Frederic Bastiat (1801 -1850), en su celebre frase "Cuando el saqueo se convierte en una forma de vida para un grupo de hombres que viven juntos en la sociedad, en el transcurso del tiempo crean un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica".

Para recuperar nuestro equilibrio tenemos que contraponer a la moral de la injusticia y el gansterismo el sentido de la justicia, la honestidad, la equidad y la generosidad.

2 - Prudencia o Sabiduría ( Phronesis): Es la virtud de actuar de forma adecuada y justa. La capacidad de juzgar y elegir las acciones apropiadas de entre las acciones posibles en un momento dado.  Es la capacidad de gobernarse y disciplinarse a uno mismo mediante el uso de la razón. La sabiduría no es el mero conocimiento, es entendimiento (que solo se consigue a través del "ser"). Es la capacidad de juzgar entre las acciones virtuosas y viciosas, no sólo en un sentido general, sino en lo que respecta a lo necesario en un momento y un lugar determinados. Sin prudencia el coraje se convierte en temeridad, la misericordia se hunde en la debilidad, y la templanza en el fanatismo.

En el mundo de charlatanes en el que vivimos actualmente la verdad se esconde tras una cortina de apariencias y de manipulación emocional. Es un mundo donde lo que prima es la satisfacción inmediata de deseos con el click del ratón al milisegundo, donde lo emocionalmente satisfactorio prima sobre lo razonable, donde el dogmatismo sustituye a la Filosofía y donde el conocimiento incompleto low cost sustituye al Ser con mayúsculas. En un mundo de mentiras decir la verdad es un acto revolucionario.

Ante este mundo de humo y espejos debemos contraponer el compromiso con la búsqueda de la verdad. Un compromiso del que hablan tanto Gandhi como San Agustin de Tagaste y donde el único lugar en el que podemos encontrar la verdad es dentro de nosotros mismos, .... y el único modo de acceder a ella es "siendo".

3- Coraje, Valentía, Fortaleza o Resistencia (Andreia).  Es la capacidad y la voluntad de enfrentar el miedo, la incertidumbre y la intimidación. La valentía física es coraje frente al dolor físico, el peligro, las dificultades, la muerte, o la amenaza de la muerte. Por otro lado, el valor moral es la capacidad de hacer lo correcto frente a la oposición popular, la vergüenza, el escándalo o el desaliento. La fortaleza es la virtud que da valor al alma para poder afrontar con vigor los riesgos. La fortaleza asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien llegando incluso a la capacidad de aceptar el eventual sacrificio de la propia vida por una causa justa. Es la fortaleza de espíritu. 

En el mundo actual el coraje no se tiene como una virtud sino como un defecto. Lo que se valora es la humildad, la amabilidad, la obediencia, lo políticamente correcto. Se ha generado una moral de esclavos que han sucumbido a la intimidación y cuya fortaleza de espíritu se ha quebrado. Por otro lado las sociedades actuales viven sumidas en el miedo, el miedo al terrorismo, el miedo a una catástrofe natural, el miedo al vecino, el miedo al prójimo, el miedo al cambio, a la incertidumbre, el miedo a todo. Para algunos el coraje nace del miedo, pero ese es un falso coraje contrafóbico. El verdadero coraje, el coraje sublime, nace del amor.

Ante una sociedad dominada por el miedo debemos anteponer el coraje que nace del amor y la justicia así como la valentía para afrontar los cambios que nace de la confianza en uno mismo. Ante la cobardía de cerrar los ojos ante la injusticia debemos anteponer el coraje de denunciarla. A la cobardía y la pereza del no hacer debemos contraponer la valentía de construir en positivo. 

4- Templanza, moderación (Sophrosyne). La templanza es el autocontrol, el control de las emociones y las pasiones. Ninguna virtud podría mantenerse si no somos capaces de controlarnos a nosotros mismos cuando a la virtud se le opone algún deseo.  La templanza modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de las cosas. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad.

La templanza es el control sobre el exceso, es decir, la abstinencia, la modestia, la humildad, la prudencia, la autorregulación, el perdón y la misericordia; cada uno de ellos implica restringir algún impulso, tales como el de la lujuria, la vanidad, la envidia, la pereza, el orgullo, la avaricia, la cobardía, la gula autoindulgente o la ira, es decir los pecados capitales.

Por el contrario, el mundo actual del marketing y la publicidad apela a esos deseos y pasiones para fomentar el consumismo. El sexo y la lujuria vende, la envidia se enseña en los programas de TV que muestran las casas de los famosos, la industria de la moda está basada en la vanidad al igual que la del automovil en el orgullo, el diseño y la tecnología ha llegado a limites insospechados en la búsqueda del confort de forma que la fina linea que separa el confort de la pereza se ha traspasado.

La industria del marketing y la publicidad ha generado una nueva moral transformando lo que para los antiguos eran defectos, patologías del alma y la personalidad haciéndolas parecer algo positivo. Es decir, alimentando el ego de la infelicidad. La enorme cantidad de desequilibrios emocionales, enfermedades físicas y psicológicas de la población actual - sedada con ansiolíticos para mayor gloria y beneficio de las farmacéuticas - no es casualidad.

La Templanza por tanto es lo que sirve para el control del ego cuya manifestación son los siete pecados capitales, o, en la tradición sufí, las nueve patologías del alma o los nueve falsos egos del eneagrama. En el mundo actual, al igual que el narcotráficante potencia la adicción del heroinomano para seguir aprovechándose de el y robándole la vida, el poder potencia estas nueve patologías, pasiones o pecados capitales para seguir explotando económicamente al individuo y mantenerlo manipulable y engañado.



Por ejemplo se llama vagos o perezosos a las personas que evitan realizar cualquier actividad de las cuales el beneficio no sea al instante. Las causas para tener dicha tendencia pueden ser variadas, desde mala alimentación o enfermedades o simplemente que las actividades que realizan no les resultan beneficiosas, como en el caso de los nativos en las sociedades coloniales. Al fomentar la inmediatez de la recompensa, es decir, todo inmediato, todo con un click, se crea una cultura hedonista y autoindulgente (gula) del no esfuerzo (pereza).  Se focaliza la pequeña recompensa del corto plazo olvidando el sacrificio en el corto plazo que genera una ganancia mayor (política, económica o espiritual) en el largo plazo.

Ante la cobardía de la envidia y la difamación debemos anteponer el coraje de la generosidad. Ante la injusticia de la corrupción que nos rodea, surgida de la autoindulgencia, tenemos que anteponer la responsabilidad como ciudadanos. Ante la vanidad y el orgullo, la humildad del compromiso con la verdad. Ante el miedo al cambio el entusiasmo del optimismo. Ante la pereza del desaliento, la disciplina de la esperanza.


Cada patología se corresponde con uno de los nueve tipos de personalidad. Cada uno de nosotros tenemos una personalidad dominante de entre esas nueve, pero también en mayor o menor medida de las otras ocho. A esto es a lo que los sufies llaman los múltiples YO. Es decir tenemos un Yo avaro, un Yo envidioso, un Yo vanidoso, ... unos mas fuertes que otros,. y esos nueve YO son los nueve egos falsos de la personalidad que hemos creado en contraposición con nuestra esencia, en contraposición con lo que realmente somos.


1- La Pereza; es la negligencia, tedio o descuido en realizar las cosas. Antiguamente se la denominaba acidia, concepto más amplio que tenía que ver con la tristeza y la depresión. La pereza de la conciencia puede expresarse tanto como pereza espiritual o, más ampliamente, como una pereza psicológica: un no querer saber lo que pasa, no querer enterarse. Se expresa como una distracción crónica de sí mismo, acompañada a su vez por una atención exagerada al mundo exterior. Una posición acidiosa ante la vida es pesada o excesivamente inerte, sobre-estable; su pérdida de sutileza y espontaneidad culmina en la robotización. En el plano de la conducta resulta esa falta de interioridad en una excesiva inercia, flema o pasividad; en lo más íntimo, junto con el olvido de sí, una pérdida de vida.

La pereza de no querer ver, no querer oir, no querer hablar

Cuando la vida exige acción, la falta de anclaje en la vivencia del propio ser nos hace excesivamente vulnerables. La acidia es una vivencia del ser que se olvida a sí mismo, que no está en búsqueda de nada sino que en una actitud resignada, apática y complaciente, que le lleva a no ser.

2-La Ira; puede ser descrita como un sentimiento de odio y enfado no ordenado, ni controlado. Dante Alighieri describe a la ira como «amor por la justicia pervertido en venganza y resentimiento». Se puede manifestar como una negación vehemente de la verdad, tanto hacia los demás como hacia uno mismo, impaciencia con los procedimientos de la ley, fanatismo en creencias políticas y religiosas, generalmente deseando hacer mal a otros. Una definición moderna también incluiría odio e intolerancia. La ira es el único pecado que no necesariamente se relaciona con el egoísmo y el interés personal. 

En el campo del marketing político podemos ver la utilización de la ira hacia determinados grupos o contra "el sistema" por parte de partidos extremistas. Por ejemplo la lucha de clases también usa el odio y la ira. 

La violencia a la que se incurre a través de la patología de la ira no es propiamente lo que llamamos "violencia", no es una violencia en el exterior sino mas bien interior, es un violencia negada o controlada que se expresa más bien en una actitud crítica, en el interés en el poder, en la exigencia, en la intransigencia, el dogmatismo y en el dominio. 

El Inquisidor como prototipo de la ira
La persona en quien la ira constituye una pasión dominante, al igual que en el inquisidor, no es visiblemente iracunda ni violenta. La violencia externa y manifiesta es, por el contrario, una característica de la lujuria. Pero así como la ira es una mano rígida que controla, la lujuria entraña una negativa desafiante al control represor.

3- La Lujuria; Aunque convencionalmente se identifica la lujuria con la pasión sexual, la entenderemos en un sentido interior y mas amplio, como un excesivo deseo de más: una pasión de intensidad. No solo es intensidad en el sexo, una persona lujuriosa derrocha su energía y busca intensidad en todo, tanto en el mundo de los estímulos sensoriales como en el de la acción. 

Parecería que la lujuria es un gesto completamente opuesto al de la pereza. En tanto que la pereza se expresa en la tendencia a la inmutabilidad y falta de pasión, la lujuria parecería entrañar un exceso de pasión. El lujurioso que considere introspectivamente su lujuria, sin embargo, podrá descubrir que precisamente porque no se siente, necesita tanto sentirse, y porque busca tanto sentirse necesita la intensidad.

Lo que caracteriza a los conquistadores españoles es la búsqueda del poder y el placer de dominar

La mayor lujuria no es la sexual ni el afán por el oro, sino el poder, y el poder más intenso el poder absoluto. La lujuria es también búsqueda del poder y el placer de dominar. La arrogancia, el autoritarismo, la dificultad de recibir y una cierta actitud de venganza inmediata caracterizan al lujurioso. 

La autocracia y el autoritarismo,  esa actitud permanente de dominación y poder puede ser explicita - como en el caso de los conquistadores españoles o como en el caso del colono que defiende su posición de poder y privilegios ilegítimos a costa de los demás y por encima de todos  porque concibe el poder como dominación y privilegio en lugar de como consentimiento y servicio - o implícita. Esta última es la violencia en la que la explotación tiene lugar bajo el disfraz de lo social, en el seno de las instituciones, sustentando un poder secreta o explícitamente mafioso o explotador.


4- La Gula; Naturalmente no se trata aquí de gula de alimentos solamente. La gula es el deseo desordenado y hedonista por el placer. El goloso que se examina profundamente llega a comprender que tanto su búsqueda de placer tanto como de evitación del dolor son una reacción de escape ante la angustia, y una forma de huida de sí mismo. 

La gula no sólo entraña hedonismo en un sentido sensual, sino en un más amplio sentido que incluye el no querer incomodarse y el placer particular de la no frustración —es decir la autoindulgencia. El placer personal es el fin último y único de una persona, o mejor dicho, la huida y evitación del dolor, de la incomodidad, del sufrimiento. El goloso trata de escapar de todo lo que le haga sufrir o le exija esfuerzo o compromiso a largo plazo.

Ninguna situación le parece excesivamente grave, puede explicarlo todo: racionalizará, explicará, pondrá una etiqueta o elaborará una generalización brillante con tal de no entrar en una emoción profunda, con tal de no sufrir. La pasión de más y mejor que es la gula se manifiesta de forma generalizada en las relaciones interpersonales como un afán de gustar, de ser popular, de recibir admiración.


Es un individualista al que no le importa nada de nada, un carácter alegre, que lo pasa bien, que no cree en nada. Es el hombre light. Lo justificara todo, especialmente la corrupción. Será tolerante con ella. Si uno no cree en nada, si uno implícitamente piensa que la autoridad no sirve, que el sistema está corrompido y que no hay nada que hacer entonces uno debe hacer lo que a uno más le conviene, es decir aprovecharse hedonísticamente de ella. Con ello únicamente está huyendo; huye de la incomodidad de tener que hacer algo, huye de la incomodidad de tener que asumir su parte de responsabilidad. Esta actitud permisiva es el combustible que mantiene viva la corrupción. Con mucha gente así es imposible que la colectividad funcione. 


Las personas predominantemente golosas se parecen a las lujuriosas tanto en su hedonismo como en su rebeldía. Pero mientras que la lujuria busca intensidad, la gula busca placer (y tal vez más decisivamente aún, evitar el dolor). También se parece a la pereza, en el sentido que no quiere saber, no quiere comprometerse, pero mientras que la pereza se refugia en la inacción, la autoindulgencia lo hace en la búsqueda del placer.

5- La envidia; La envidia es aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que el otro posee, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas. Se puede describir la envidia como un intenso deseo de incorporar algo a partir de un vivo sentimiento de carencia.

Envidiar es una emoción que no sólo implica anhelar lo que la otra persona tiene, querer estar pasando por la misma circunstancia que el otro; el acto de envidiar implica mucho más: te coloca en un plano de continua insatisfacción y de queja permanente. La envidia daña la capacidad de gozar, es el factor más importante del socavamiento de los sentimientos de amor, ternura o gratitud.

La envidia nos transforma en seres intolerantes respecto del éxito de los demás. Se sufre por tener menos dinero, menos felicidad que el otro. el objetivo es siempre tener «mayor cantidad» que la que el otro tiene, aun a costa del dolor y la infelicidad. Quien vive bajo estos conceptos sólo podrá ocupar el lugar de víctima, malgastando su tiempo, en vez de vivir bien y permitir que el otro viva como mejor le parezca. 

La envidia está a medio camino entre la avaricia y la vanidad. La envidia es masoquismo auto boicoteador que nace de un profundo sentimiento de carencia. Se puede comprender al considerar que constituye algo así como una vanidad frustrada; se trata de una persona que tiende a culpabilizarse e inferiorizarse.

Al poner ideales inalcanzables se crea, por comparación, una baja autoestima en la persona que es el caldo de cultivo de la envidia. Es más, al poner ideales enfermizos se lleva a la gente al desequilibrio físico y emocional.

La envidia es un sentimiento negativo contra otra persona que posee o goza de algo, y a  quien tiene el impulso de quitárselo o dañarlo. Dante Alighieri define la envidia como «amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos». En el purgatorio de Dante, el castigo para los envidiosos era el de cerrar sus ojos y coserlos porque habían recibido placer al ver a otros caer. Hay una fina linea entre tristeza o pesar del bien ajeno y la alegría por el mal ajeno. Muchas personas se enfrentan a diario a una envidia enfermiza que sólo genera una continua desazón, infelicidad, frustración y dolor, de forma que las inhabilita para ocuparse de lo que realmente merece su atención: ellas mismas y sus acciones. Muchas veces se llega al extremo de que la persona no se permite la alegría o el éxito, en un implícito apego a su condición de necesidad y frustración. La envidia afecta negativamente nuestra autoestima y emociones y, en consecuencia, nuestros resultados. 

La envidia siempre enferma, y no sólo enferma el cuerpo físico sino que también amarga el espíritu. El envidioso que difama y te descalifica siempre tratará de buscar aliados: hablará con otros para envenenarlos, porque el envidioso no quiere que otro triunfe, tratará por todos los medios de que no alcances tus sueños, y se encargará de boicotear cada uno de tus proyectos. Su lema es: «Si yo no puedo, él tampoco.»

Como la avaricia, la envidia se caracteriza por un deseo insaciable, sin embargo, difieren por dos grandes razones: Primero, la avaricia está más asociada con bienes materiales, mientras que la envidia puede ser más general; segundo, aquellos que cometen el pecado de la envidia desean algo que alguien más tiene, y que perciben que a ellos les hace falta, y por consiguiente desean el mal al prójimo, y se sienten bien con el mal ajeno.


6- La Vanidad; La vanidad se define como la creencia excesiva en las habilidades propias o la atracción causada hacia los demás. Es un tipo de arrogancia, engreimiento, una expresión exagerada de la soberbia. La más sutil de las vanidades es conseguir que ésta no se vea. Llamar la atención sin que se note demasiado. El velo más común es una apariencia de naturalidad, optimismo y eficacia: como el camaleón.

El vanidoso ha conseguido imponer su pasión - aparentar para conseguir- como valor dominante en la actual cultura occidental. La sociedad de la imagen, el paraíso de la publicidad, en donde cuenta más el envoltorio que el contenido, el personaje más que el político, el eslogan antes que el programa y, en definitiva, el gesto mediático más que la verdadera intención.


El vanidoso pretende ser pero en realidad no sabe quien es, esa es su tragedia. Ante la falta de verdadera identidad, se aferran a la seguridad que se dan a sí mismos y que generan a su alrededor. Unos la pondrán en la riqueza material (como hombres de negocio), otros en el triunfo social y profesional (como políticos y actores) y algunos en el atractivo sexual. Toda su vida es un esfuerzo por gustar, estar a la moda y ser alguien para los demás intentando llenar el vacío de no saber quién se es en realidad.

«Uno debe estar de moda en el mercado de personalidades, y para estar de moda debe saber qué clase de personalidad se cotiza mejor. Este conocimiento se transmite en forma general a través del proceso entero de la educación, desde el kindergarten a la universidad, y es implementado por la familia. El conocimiento adquirido a una edad temprana no es, sin embargo, suficiente: enfatiza sólo ciertas cualidades generales como la adaptabilidad, la ambición y una sensibilidad en relación a las expectativas cambiantes de los demás. La imagen más específica de los modelos de éxito se obtienen a través de otras fuentes. Las revistas ilustradas, los periódicos y los noticiarios filmados muestran las
imágenes e historias de vida de la gente exitosa en sus muchas variedades.»


7- La avaricia; La avaricia y la codicia es el afán o deseo desordenado y excesivo de poseer riquezas. Aparte de la resistencia a dar, es propio del avaro el no darse, que se manifiesta en estar sólo a medias en lo que se está, o en participar en las cosas preguntándose si no estaría mejor reservarse para otras. Como resultado, el avaro es un simple observador de la vida, sin apenas vivida y desperdiciando tanto oportunidades como talentos. Parece haber concluido que el mundo no le dará el amor que anhela y decide arreglárselas solo, minimizando sus deseos. 


El avaro es primero y ante todo avaro consigo mismo. Se economiza, no se permite ser. No hay nadie peor que el avaro consigo mismo, y ese es el justo pago a su miseria y pobreza interior.

Pero detrás de la avaricia está el miedo. Es carencia por miedo a la carencia. Es como una defensa ante una imaginada privación. Un miedo a quedarse vacío, a no tener, a no poder. La avaricia es algo así como un estar paralizado de miedo, y va aparejada a un economizarse de vivir —un no invertirse en actos y un reservarse para el futuro que le hace no vivir el presente. Entraña una posición de impotencia y pasividad ante la vida.  Hay una pérdida de intensidad acoplada a una desesperanza, una desesperanza asociada a una resignación y una resignación que entraña apatía. El avaro le tiene miedo a la vida.

Pero un no darse, propio de esta patología, implica no sólo un trasfondo de miedo, sino también un aspecto de carencia que aúna la avaricia con la envidia. Se puede describir la envidia como un intenso deseo de incorporar algo a partir de un vivo sentimiento de carencia. Pero se trata de una envidia paralizada por el miedo, que en vez de aproximarse al otro desde el deseo, renuncia a lo que siente
inalcanzable. No hay nadie peor que el avaro consigo mismo, y ese es el justo pago de su miseria interior.


8- Cobardía; Las personas caracterizadas por el miedo como pasión dominante tienen en común la desconfianza en sí mismas, que les lleva a la duda metódica y a la desconfianza del mundo y de la vida en general. Sin embargo, sus reacciones pueden adoptar variantes muy contrapuestas: la sumisión a la autoridad de naturaleza adaptativa y afectuosa, la rebelión y la agresión como huida o la rigidez prusiana intolerante ante cualquier tipo de ambigüedad.

El cobarde no confía en los demás porque, a un nivel profundo, tampoco confía en si mismo. Tiende a interpretar la conducta de los demás como intencionalmente antagonista o de mala voluntad, desconfía de su amistad o fiabilidad. Percibe significados amenazantes donde no los hay, se enfurece ante insultos imaginarios, sufre y tortura a causa de sus celos y está excesivamente dispuesto a atacar. Tiene un gran deseo de ser aceptado, basado en un sentimiento de inseguridad; pero boicotea su necesidad con la desconfianza hacia los demás, porque no confía en sus propias percepciones. Para compensar, necesitan acopiar datos y analizarlos una y otra vez, escudriñar el rostro de los demás para percibir señales y mensajes ocultos. Todo esto los hace ser presa del miedo y la paranoias viviendo en un mundo de espias, de buenos y malos. 

Pero al igual que la vanidad o el orgullo, el miedo también se puede esconder. Muchas son personas que nadie calificaría de cobardes, porque su miedo profundo y nunca reconocido les lleva a lanzarse a un torrente sin pensar, a agredir a alguien más fuerte sin prever las consecuencias o a trabajar en profesiones de riesgo para mantener un alto estado de adrenalina que les aleje de su debilidad más oculta. Se trata de una forma de personalidad en que el miedo es negado en respuesta a un implícito miedo al miedo así como de una implícita estrategia de defensa exagerada a través del ataque.

Por último hay una forma de expresión del miedo que pudiera llamarse un "carácter prusiano"; se trata de personas temerosas de equivocarse que se refugian en una excesiva adherencia a cánones racionales o ideológicos y en el cultivo del orden y la precisión. Teme ser acusado de imperfección, y su búsqueda de orden lo lleva a una posición de control desconsiderado de los demás. Busca la lealtad, la amistad duradera y la solidaridad y ataca a cualquiera que ponga en peligro esos valores o cuestione el dogma establecido que le da la seguridad y certeza de la que carece. 

Hay exagerada disciplina, control emocional y autocrítica, aparte de crítica hacia los demás. Sus extremos le llevaría al perfeccionismo, la rigidez y el fanatismo para cumplir y hacer cumplir las normas. Es el fanático religioso o político que se mueve según términos jerárquicos, con un implícito miedo a no cumplir con su deber o con lo que requiere un cierto código, ideología o fe.

Soldados americanos con la Biblia y el rifle y miliciano de Hamas con el Corán y el rifle

9- El Orgullo; es un sentimiento de valoración de uno mismo por encima de los demás. Se puede definir la soberbia como la creencia de que todo lo que se posee es superior, que se es capaz de superar todo lo que digan o hagan los demás, o de superar los prejuicios. El orgullo incita a la persona a valorarse demasiado, creyéndose capaz de hacer cualquier cosa por encima de los demás e incluso de sus propias capacidades, de las circunstancias o mejor dicho los contratiempos que se presenten. Esta idea deriva directamente en que la persona orgullosa ponga en detrimento a las demás personas, debido a que piensa que sus capacidades o que su valor no equiparan al suyo, lo que se considera arrogante.

El orgullo se resiente ante la corrección ó la sugerencia con la actitud de: Yo sé lo que estoy haciendo, nadie me tiene que decir lo que debo hacer, dése cuenta con quién está hablando. El orgulloso no puede soportar que se le contradiga, tiene actitudes del tipo; "Yo no te necesito a ti, ni a nadie más. Yo puedo hacerlo a mi manera, conmigo basta y sobra; nadie me dice a mí lo que debo hacer", o "¿que me va a enseñar este a mi, quien se cree que es?". El orgullo justifica los errores y equivocaciones para proteger el Yo y le es extremadamente difícil decir: ¡Estaba equivocado, lo siento!. 

El orgullo demanda una disculpa por pequeñas ofensas y a la vez, hace muy difícil que el ofensor pida perdón. Una persona orgullosa exige vindicación y justicia para si misma. El orgullo no olvida una ofensa, la humildad la deja pasar. 


Al igual que los auténticos iracundos tienen tapada su ira, los orgullosos no suelen ser conocidos por su orgullo, sino por su davidosidad y preocupación por los demás.  No son los burdos y soberbios arrogantes, sino ese tipo de personas que van siempre cubriendo las necesidades ajenas, movidas por el ansia de ser reconocidas, de ser queridas, de recibir lo que con tanta generosidad ofrecen sin que nadie se lo pida

Soy especial, ¿reconoces la belleza de mi alma?. irradia su autocomplacencia de tal forma que es instantáneamente es compartida por quienes le rodean, sin que necesite hacer explícita su calidad a través de rendimientos o actos virtuosos. Tan convencida está de sus méritos que no siente que tenga que convencer a otros, y ni siquiera a sí misma; más bien goza del resultado de esta autoinflación: el bienestar. Mientras que la mayor parte de las personas sufren la distancia que los separa de su ideal, el orgulloso, confundido con su ideal, goza de sí.

Sin embargo, no se trata de un ideal «virtuoso», como en el caso del carácter iracundo. Su virtud no es la virtud de la disciplina ni una que radique en el control de sí mismo, sino esa virtud suprema pero espontánea que es la capacidad amorosa. Sintiéndose llena de amor, la persona orgullosa se siente «gran» persona, capaz de dar a los demás y merecedora de recibir lo mejor de ellos.

Su intensa necesidad de amor les hizo desarrollar un arraigado mecanismo de compensación de considerarse especiales. La necesidad original sólo queda amortiguada a través del amor del otro, de un poco de intimidad, de compartir emociones, de ser tenido en cuenta. El ejemplo de mujer orgullosa es la mujer fatal. En los hombres, en cambio, la actitud se parece más a una cierta competitividad, sólo encubierta a primera vista: ellos son los primeros y, si no, lo intentan ser, por el esfuerzo o por el encanto: nunca se saltarán una cola a puñetazos, sino sonriendo, ofreciendo algún consejo o buscando la amistad de quien tenga poder para ponerles en cabeza.

El orgulloso tiene una emotividad a flor de piel; de hecho comunican mejor sentimientos y emociones que abstracciones mentales o deducciones lógicas. En medio de un clima de alta emotividad se encuentran en su salsa. La expresión continua de sus emociones puede degenerar en un cierto histrionismo: de un grano hacen una montaña y su universo emocional es "la realidad objetiva", ya que el mundo no es como es, sino como lo sienten. Suelen buscar la libertad a todo trance, por lo que la rutina y la disciplina no son precisamente sus puntos fuertes.

Sus amigos resaltarán sus dotes de seducción y su capacidad de ayudar, sin pedir aparentemente nada a cambio: su orgullo no le permite expresar sus necesidades, aunque sí esperan que se las satisfagan sin pedirlo. De aquí la hostilidad que surge si no recibe lo que cree merecer; pero en general será una hostilidad manifestada en forma de despreciativo silencio o de digno abandono haciendo mutis por el foro: el otro no ha merecido su cariño y le ha herido en lo más profundo de su amor propio. Le ha revelado el tabú de los tabúes: su enorme dependencia emocional, tras ese barniz de falsa autosuficiencia.

El orgullo esta a medio camino entre la ira y la vanidad.  Tiene de común con la vanidad la falsificación y énfasis en la propia imagen, y con la ira en cuanto que el orgulloso adopta, como el iracundo, un gesto autoafirmativo y superior. La esencia misma del orgullo que es tener una imagen buena y grande de sí mismo, difícilmente puede ser sentido como problema; de allí la sabiduría pedagógica de los antiguos guías espirituales que quisieron señalar especialmente la gravedad del orgullo poniéndolo como el primero y el mayor de los pecados.

La elección del orgullo como primero no deja de ser alusiva a la sed de atención y distinción del carácter orgulloso, y además subraya la importancia de esta pasión que, como la gula, se expresa a través de un carácter indulgente y menos dado que los otros a sentirse en falta. Resulta difícil que el orgulloso pueda progresar espiritualmente sin que se le llame la atención, apuntándole su evasión del displacer y su falta de autocrítica, pues dicha falta de autocrítica lleva al sujeto a sentirse superior, estupendo, digno de deferencia, importante. No obstante, en el fondo de este carácter hay una gran necesidad de ser querido a través de la falsificación de la realidad. Así lo exige la inflación de su autoimagen.

Al igual que el iracundo esconde su ira y es tremendamente crítico a cualquier que externalice su ira, ya que es contrario a la violencia tanto en si como en los demás, o el que esconde su miedo en el fanatismo es intolerante con el cobarde, el orgulloso se ofenderá antes cualquier manifestación de orgullo por parte de otros. Por eso se dice que somos capaces de ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio y que lo que más nos ofende de los demás es lo que vemos reflejado en el otro de nosotros mismos.

Una señal de fuerza y nobleza es reconocer que somos humanos y que cometemos errores, pero una persona orgullosa es más débil de lo que aparenta y necesita vindicarse a si misma y quiere tener siempre la razón o la última palabra. Por eso es incapaz de pedir perdón o reconocer su error. El orgullo es fuente de rebelión, desafío y venganza, así como la razón principal de la desunión.

El orgulloso hará mutis por el foro cortando los canales de comunicación, consciente o inconscientemente, para proteger su "película" es decir su falsificación de la realidad. Esto lo hacen para evitar cambiar, para preservar la mentira, para preservar la comodidad de su posición, para evitar la autocrítica. La verdad amenaza su autoimagen y por ello la sacrifica, y cuando se sacrifica la verdad se sacrifica la justicia, es decir, la principal de las virtudes cardinales y sin la cual el resto de las virtudes no son posibles.


Las dos caras del alma, las virtudes y las pasiones



Hasta aquí hemos llegado en la descripción de las cuatro virtudes cardinales y las nueve patologías del alma, pasiones o pecados capitales (en el sentido que de ellos se derivan todos los demás) como forma de dar una guia para la acción y el autoanalisis individual. Una sociedad sana se forma de individuos sanos, una sociedad en equilibrio es una sociedad en la que sus individuos han recuperado su equilibrio interno. 

En próximos artículos iremos profundizando en la relación entre estas nueve patologías - que forman y alimentan nuestro falso ego y nos alejan de nuestra verdadera esencia - y ciertos problemas económicos y políticos que desequilibran nuestra sociedad como el consumismo, la corrupción, la dependencia, el autoritarismo, la resistencia al cambio o la explotación.


---------------------------------------------------------------------------------- Si consideras que la información de este articulo te ha sido útil puedes colaborar a hacer realidad estas ideas y este proyecto