Castro Cordobez, amo y señor de La Palma (I)

La primera vez hago una conferencia en una isla suelo escribir al poco tiempo las impresiones de mi visita. Recordarán que en Enero hice la presentación en La Palma y todavia no he escrito sobre ella. La razón es que he necesitado tres meses para recuperarme de lo que allí vi.

El verano pasado en Lanzarote noté aburrimiento y el desanimo, pero la falta de expectativas, la agonía por el futuro y la desesperanza que he notado en La Palma lo supera con creces.  

Tradicionalmente los palmeros siempre han tenido fama de personas industriales, emprendedoras, con empuje y arranque. En Venezuela y Cuba muchos hicieron fortuna y volvieron de Indiamos. Durante el final del XIX y principios del XX los palmeros fueron los grandes pioneros en el tabaco, la caña de azucar, los rones o el plátano. 

Plantación de tabaco
Los Llanos de Aridane se desarrollaron extraordinariamente con la agricultura de exportación
Pero poco queda ya de aquel pasado en el  que en los Llanos de Aridane se hacian fortunas, del explendor del tabaco en Las Breñas o de aquel San Andres y Sauces capital de la caña de azúcar y el ron. Aquel espíritu innovador y emprendedor ha sucumbido a la increible corrupción moral que sufre la isla.

En uno de los chinchales que todavía sobreviven en Breña Baja
Plataneras en San Andres y Sauces
En La Palma existen tres empresas por cada 100 habitantes, cuando en Canarias esa relación es de ocho por cada cien (es decir casi tres veces más). Además existe una gran dependencia en el mercado de trabajo a la Administración pública, que mantiene en La Palma el 15% del empleo (frente al 10% en Canarias). 

Las expectativas laborales de la juventud, o las expectativas de progresión en sus puestos de trabajo, por ejemplo del personal que trabaja en el sector turístico, son en la mayoria de los casos nulas.

Dicen que Antonio Castro Cordobez, amo y señor de La Palma, es como los ratones. Te sopla para que no te des cuenta de que te esta mordiendo. Maneja la isla con puño de hierro en guante de seda para que nada se mueva.