domingo, 24 de abril de 2016

Cosas que te sorprenderán

Llevamos una década perdida. Las desigualdades sociales han aumentado muchísimo y la recuperación se ha producido sin creación de empleo, los salarios están congelados y la riqueza se concentra cada vez está en manos de menos y menos personas. Todo esto en un época de grandes cambios tecnológicos cuando las posibilidades de satisfacer las necesidades humanas son mayores que nunca.

Muchos liberales creen que el aumento creciente de las desigualdades sociales no es un problema, pero se equivocan. Olvidan que la concentración de poder político y económico conduce siempre a la dictadura y que, como afirma Gene Sharp, para pasar de la dictadura a una verdadera democracia lo primero es desconcentrar el poder económico y político. Este es el problema de los liberales españoles, se creen liberales en lo económico y no son liberales en lo político.


Por otra parte los NO LIBERALES (socialdemócratas, comunistas, etc...) creen que las desigualdades provienen del libre mercado, cuando en realidad la concentración del poder económico proviene del intervencionismo que permite la captura y extracción de rentas, es decir la redistribución de la riqueza sin crear nueva riqueza,... solo que en lugar de una redistribución solidaria de ricos a pobres se genera una redistribución extractiva de la riqueza de los pobres a los bolsillos de los ricos,... y todo a golpe de Boletín Oficial del Estado.

Frederick Bastiat ya alertaba a finales de 1840 cómo la ley había sido "pervertida" en un instrumento de lo que el llamó "expoliación legal". Lejos de proteger los derechos individuales, cada vez más, se utilizaba la ley para privar a un grupo de ciudadanos de esos derechos en beneficio de otro grupo. Piensa por ejemplo en la factura de la luz en la que lo que menos importa es tu consumo real.

Bastiat anticipó lo que los economistas modernos llaman "extracción de rentas" que se refiere a las actividades de looby de presión tanto para obtener favores políticos (saqueo legal) como para participar en la actividad política para protegerse de ser víctima de los saqueos. Las advertencias de Bastiat sobre los terribles efectos del saqueo legal (extracción de rentas) son tan relevantes hoy como el día en que fueron publicados por primera vez. 


El sistema de saqueo legal tiende a exagerar la importancia de la política en la sociedad y genera un desarrollo económico y social malsano. Alienta a los ciudadanos a buscar mejorar su propio bienestar, no mediante la producción de bienes y servicios para el mercado, sino mediante el saqueo de sus conciudadanos a través de la política. 

Bastiat escribió que el sistema de saqueo legal (que muchos celebran ahora como democracia) "va a borrar de la conciencia de todos la distinción entre la justicia y la injusticia. Las clases saqueadas finalmente encontrarán la manera de entrar en el juego político y de saqueo a sus semejantes. La legislación no se guiará por los principios de la justicia, sino sólo por la fuerza bruta política."

Jean-Baptiste Say, otro economista francés de principios del XIX, predecesor de Bastiat, ya era consciente del fenómeno de la extracción de rentas "Si un individuo o una clase, pueden pedir ayuda a la autoridad para protegerse de los efectos de la competencia, estos adquieren un privilegio a costa de toda la comunidad ". Algo que en Canarias es el pan nuestro de cada día. 



Cuando hablamos de "lucha de clases" o "análisis de clase", a la mayoría de la gente les suena a comunismo y piensan en Karl Marx. La idea de que hay clases irreconciliables, y su conflicto inherente, es, de hecho, una de las firmas del marxismo. Pero el análisis de clase o la idea de la lucha de clases no se originó en el marxismo. Existía una teoría del conflicto de clases, desarrollada por el liberalismo clásico, en la que el propio Marx se inspiró. 

Marx reconoció públicamente que la idea no era suya; "[En] lo que a mí respecta, el mérito de haber descubierto la existencia y el conflicto de clases en la sociedad moderna no me pertenece a mí. Algunos historiadores burgueses han expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y los economistas burgueses mostraron su anatomía económica mucho antes que yo ".

El análisis de clase tiene sus raíces en el liberalismo radical, o libertarismo, y precede varias décadas a los escritos de Marx. Sus creadores son por un lado un grupo de pensadores de la Francia posnapoleónica que han sido olvidados por casi todos, y por el otro el británico James Mill. Los nombres de esos pensadores franceses del siglo XIX son Jean-Baptiste Say y sus seguidores Charles Comte, Charles Dunoyer, y Augustin Thierry, cuya publicación, Le Censeur européen, fue un revulsivo de pensamiento liberal radical.

Para el británico Mill "Todo gobierno es gestionado por la clase dominante, los pocos que dominan y explotan a los muchos, los gobernados. Dado que todos los grupos tienden a actuar por sus intereses egoístas, señaló, es absurdo esperar que la camarilla gobernante actúe de manera altruista por el "bien público". Como todos los demás, van a utilizar las oportunidades para su propio beneficio, lo que significa el saqueo del gobernado, y para favorecer sus propios intereses especiales o aliados frente a aquellos del público en general."


Como todo el mundo sabe, Marx pensaba que sólo los trabajadores aportaban valor a la producción. Dado que el valor de los bienes era equivalente a la de trabajo socialmente necesario para su producción, el beneficio y el interés recogidos por los "capitalistas" debía ser extraído de la "justa recompensa" de los trabajadores - de ahí su explotación. 

Por esa regla de tres los propietarios del capital pertenecían a la clase explotadora (con el Estado como su "comité ejecutivo"). 

Marx coloca a los dueños del capital entre los explotadores a causa de su teoría del valor-trabajo. ¿Pero que ocurre si la teoría de valor trabajo de Marx es falsa? (porque por ejemplo el valor no depende solo del trabajo o los bienes materiales sino también inmateriales) y si el intercambio es libre, es decir, sin ser impuesto para privilegio de la élite a través de la acción legislativa o ejecutiva gubernamental.... pues que no hay tal explotación. 

La izquierda ha monopolizado por mucho tiempo la idea básica de la existencia de dos clases sociales - la gente común y la élite del poder - cada una con sus propios intereses, generalmente en conflicto. Para la izquierda las dos clases son el proletariado y los capitalistas. Para los liberales del siglo XIX las dos clases eran los que se beneficiaban de la acción gubernamental y los que la sufrían. 

Cuando hablamos de redistribuir la riqueza también suena a comunismo, ¿pero que ocurre si te digo que la expropiación de la riqueza ilegitimamente adquirida forma parte del liberalismo?. Murray Rothbard, uno de los principales economistas de la escuela liberal austriaca, dice en su libro "Ética de la Libertad"
Por lo tanto, no podemos decir simplemente que la gran regla moral axiomática de la sociedad libertaria es la protección de los derechos de propiedad, y punto. El criminal no tiene ningún derecho natural a retener la propiedad que ha robado; el agresor no tiene derecho a reclamar cualquier propiedad que haya sido adquirida mediante la agresión. Por lo tanto, debemos modificar, o más bien aclarar, la regla básica de la sociedad libertaria para decir que nadie tiene derecho a agredir la propiedad legítima de otro. 
En resumen, no podemos simplemente hablar de la defensa de los "derechos de propiedad" o de la "propiedad privada" per se. Porque si lo hacemos, estamos en grave peligro de defender el "derecho de propiedad" de un agresor - y de hecho, lógicamente deberíamos hacerlo. Podemos por lo tanto hablar sólo de la propiedad o bienes legítimos o quizás "propiedad natural". Y esto significa que, en casos concretos, debemos decidir si un acto de violencia es agresiva o defensiva : Por ejemplo, si se trata de un caso de un criminal robando a una víctima, o de una víctima tratando de recuperar su propiedad.
Evidentemente ante el incremento brutal de las desigualdades sociales fruto del capitalismo de amiguetes que tiene en el asalto de las arcas públicas y la extracción de rentas (saqueo legal) mediante el establecimiento de privilegios derivados de suprimir la competencia (como apuntaba Say) medidas tendentes a la expropiación y la redistribución de la riqueza ilegítimamente adquirida estarían perfectamente justificadas desde un punto de vista liberal-libertario.

Las recetas del liberalismo clásico no pueden ser tomadas al pie de la letra porque la forma de producir bienes y servicios en el siglo XIX y el siglo XXI no es la misma, y por tanto no sirven para enfrentar los problemas actuales. Pero si son un buen punto de partida.


Algunos critican la Globalización porque ha destruido medio mundo, y es cierto, pero también es cierto que la globalización no se caracteriza por la libertad de mercado, sino por una especie de asimetría,... los países en vías de desarrollo y del tercer mundo deben abrir sus mercados a los productos europeos, asiáticos y norteamericanos, pero estos no abren sus mercados a los productos agrícolas del segundo y tercer mundo. Pregúntale a cualquier africano que quiera exportar productos agrícolas a Europa por ejemplo.

Lo que ha arrasado países enteros es el intervencionismo agrícola de la Unión Europea y Estados Unidos. Ha acabado con el sector primario de muchos países en vías de desarrollo, forzando a emigrar a muchos de sus habitantes y condenado una de las pocas oportunidades de que surgiera una clase media en esos países.

Finalmente para algunos la democracia es el gobierno de la mayoría, de las masas siempre caprichosas. La oclocracia o gobierno de la muchedumbre, según la visión aristotélica clásica, es una de las tres formas específicas en las que puede degenerar la democracia. A veces, el término se confunde con tiranía de la mayoría, dado que ambos términos están íntimamente relacionados.

Etimológicamente, la democracia es el gobierno del pueblo que con la voluntad general legitima al poder estatal, y la oclocracia es el gobierno de la muchedumbre, es decir, la muchedumbre, masa o gentío es un agente que a la hora de abordar asuntos políticos presenta una voluntad viciada, evicciosa, confusa, injuiciosa o irracional, por lo que carece de capacidad de autogobierno y por ende no conserva los requisitos necesarios para ser considerada como «pueblo».

Cualquiera que haya leído a los antiguos griegos y en especial sobre las reformas de Solón de Atenas sabe que la Democracia es la asunción por parte del ciudadano de su responsabilidad en el devenir de la "polis", es decir, del colectivo. Cuando no existe esa responsabilidad la democracia se convierte en Demagogia.

Desgraciadamente el espíritu de muchos ciudadanos no es democrático sino monárquico. En lugar de asumir su responsabilidad la delegan. Esperan del gobierno una palabra única e indivisible, un juicio divino que se imponga a los ciudadanos, mientras que en democracia el funcionario electo debe estar al servicio del elector.



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sábado, 23 de abril de 2016

El desconcierto canario

EL DESCONCIERTO CANARIO
(Cómo ha sido, cómo es, y cómo podría ser la vida en Canarias)
Texto íntegro de la conferencia

Domingo Hernández Peña
Profesor, consultor, escritor y doctor Honoris Causa por la Universidad Anhembi-Morumbi de São Paulo

Foto: Canarias7

Era dieciséis de diciembre, temprano, cuando al llegar a mi despacho encontré sobre la mesa un ramo de flores y una tarjeta en la que alguien me felicitaba por mi aniversario y me deseaba una larga vida.

Como los años que cumplía eran muchos, comprendí enseguida que las flores y que la tarjeta no eran otra cosa que una muestra de buena voluntad – que una mentira piadosa. Las vidas no se alargan así, sin más.

Pero, al entrar en el retrete y mirarme en el espejo, no me encontré más viejo que de costumbre ni me pareció que el alma se me hubiese encogido. Y, de repente, sin aviso previo, volví a sentir la atracción fatal, el amor atormentado, que siempre vuelve a mí cuando me detengo en la trascendencia.

Volví a sentir lo que siento por Canarias cada vez que me acecha la duda del ser o no ser, del estar o no estar…

Y una vez más me pregunté: ¿por qué no me olvido de una vez y para siempre de aquellas islas? ¿Por qué las sigo queriendo si nunca me quisieron – si tanto mal me hicieron?

Llevo décadas haciéndome esa pregunta alrededor del mundo, sin encontrar la respuesta. Y solamente la he venido a encontrar ahora, tan tarde, al saber y al aceptar que llegué sin remedio a la vejez…

Quiero tanto a Canarias porque es aquí donde están los canarios. Y quiero tanto a los canarios porque fue con ellos - con ustedes - que compartí lo que pudo haber sido y no fue.

Y estoy aquí - hasta aquí he venido hoy, desde muy lejos - para confesarles en vivo y en directo, sinceramente, antes de que todo acabe, lo que ahora por fin tengo claro:

Tengo claro, ahora sí, que os quiero porque ustedes y yo compartimos, queriendo o sin querer, de una forma o de otra, la cultura de la insignificancia - la creencia de que lo pequeño era, o es, grande.

A nosotros siempre nos gustó decir lechita, sopita, casita, sombrita, abuelita. Seguimos tratando a los ancianos como si fueran niños de pecho: Panchito, Lolita, Merceditas, Conchita, Manolito… Las hijas de don Eligio, idénticas y solteras, fueron para los vecinos de Teguise “las niñas” de don Eligio hasta que se murieron arrugaditas y canosas. Las mujeres más bonitas eran aquellas que tenían la boca más pequeña y los pies más cortos. La mejor ducha (por aquello del consumo de agua, se supone…) era la que duraba menos. La fragilidad territorial la disimulamos mitificando la geografía, y para eso, por ejemplo, cantamos que el Roque Nublo es una piedra lírica y lunar. En Las Palmas tenemos el único monumento al Suicidio que hay en el mundo. Inventamos el timple, una contradicción sonora, que, desde su escasa dimensión, se deja oír como si fuera inmenso. En las fiestas patronales nos ponemos guapos con las ropas más humildes y campesinas, y nos divertimos practicando los usos y costumbres del subdesarrollo, y vamos a la iglesia con burros, vacas, cabras, gallinas… Servimos el vino en vasos de vidrio chiquitos, pero gruesos y pesados. Nuestros humoristas se hacen famosos contando chistes de dentaduras postizas, de sorderas, de miopías, de tetas, de culos, de pedos… Nuestro folclore se parece más a la religión que a la alegría. La impotencia de la pequeñez la escondemos con una palabra espantosa que colocamos por debajo de lo mínimo: chinijo. Decimos chinijo - ¡vean ustedes qué horror! - para sugerir que hay algo menor que lo menor.

Esa cultura de la insignificancia, que tiene mucho que ver con nuestro complejo de inferioridad, es una de las causas que nos mantienen donde estamos. Quien se conforma con ser pequeño, o celebra la pequeñez, o no confía en sí mismo, no consigue superar la adversidad. Y no lo consigue, aunque se comparta - como hemos compartido en paralelo a esa cultura pequeñita - la más contundente forma de aprender: haciendo el servicio militar lejos de nuestras familias, estudiando en otras tierras, emigrando…

Dicen algunos que todo aquello - que lo aprendido fuera - fue superado por las universidades de andar por casa que ahora tenemos, y por la invasión turística que nos sacude. Pero yo les digo que esa creencia es mentirosa. Y ustedes lo saben. 

Nadie puede ser universal sin atravesar el mar. Y del contagio turístico ya les hablaré más adelante.

Nosotros compartimos también una forma de hablar cansada y melodiosa. No sabemos pronunciar la ce, y quienes la pronuncian bien nos parecen más capaces. Nosotros entramos en el bar y preguntamos: ¿me pone un café? Y ellos entran y ordenan: ¡póngame un café!

Los sufrimientos y las humillaciones que hemos padecido y padecemos por expresarnos de esa forma no cabrían en el escaso tiempo que tenemos para estar juntos, aquí, hoy, ahora. Y por eso recurro a un único ejemplo:

De niño, en Lanzarote, los que me educaron estaban convencidos de que yo había nacido para ser actor – tal vez escritor. Y a mí me gustaba la idea porque, desde que tuve uso de razón, me atormentaba la idea de que la vida sólo era soportable si se vivía mintiendo – haciendo arte. No había belleza que no fuera mentira, fingimiento, recreación. En el teatro, en el cine, en la literatura, en la pintura, había belleza porque no eran otra cosa que mentiras refinadas…

Y entonces, después de años y más años de preparación, me mandaron a Madrid con una carta de recomendación para don Claudio de la Torre, el canario que en toda España tenía más influencia en el teatro y en el cine.

Claudio vivía en un bonito chalet en el número 5 de la calle del Oria, en El Viso. Llamé. Y él mismo abrió la puerta, metido en una bata de seda azul con garabatos dorados. Leyó la carta sin dejarme atravesar el jardín, se estremeció cuando dije alguna cosa a modo de presentación, me miró sin disimular una mezcla de compasión y de desprecio, y me dijo: Muchacho, aprenda primero a pronunciar el español como Dios manda; y cuando sepa pronunciarlo, si es que alguna vez lo consigue, vuelva a verme, y entonces hablaremos…

Cerró la puerta sin misericordia, y yo, herido, abandoné el suelo español sin saber si sería para siempre. Tardé veinte años en volver a pisarlo – en volver a pronunciar la palabra España, o cualquier otra del idioma de Cervantes.

También compartimos, ustedes y yo, la experiencia de la insularidad – de aquello tan irritante, de una hora menos, y del mapa con las islas acurrucadas en una esquina del Mar de Alborán.

Irritados con el despropósito del mapa oficial que decoraba nuestra antesala, mi padre y yo decidimos eliminar con tinta azul las islas mal colocadas, recomponiendo el Mediterráneo y el norte de Marruecos de acuerdo con nuestra lógica particular. Y después de tanto esfuerzo gráfico no caímos en la cuenta de que nos habíamos quedado sin Archipiélago hasta que percibimos que ya no teníamos tierra firme bajo nuestros pies, y que flotábamos sin rumbo sobre las aguas interminables de un océano infinito…

El detalle tiene cierta importancia, porque mi primer viaje a la Península no fue aquel que me llevó al desencuentro con Claudio de la Torre y con España. A la Península fui por primera vez cuando me mandaron a estudiar en Valencia y mi padre se despidió de mí dándome un beso apresurado y regalándome el único reloj que he tenido en toda mi vida (éste). Me lo regaló para que fuera puntual. Pues él creía que en el ámbito de la puntualidad era donde los canarios teníamos alguna esperanza de ser competitivos. Pero no me advirtió, ni yo sabía, que con un reloj que marcaba las horas canarias siempre llegaría atrasado. Y fue por eso por lo que perdí los tres primeros trenes que el destino había puesto a mi disposición, en Cádiz.

Mi padre fue de los pocos lanzaroteños que en su época no emigraron. No emigró, entre otras cosas, porque comparaba la dificultad de ir de una isla a otra con la de ir de un país a otro, o de un continente a otro. Si el viaje de Arrecife a Las Palmas era tan complicado y tan caro, ¡imaginen ustedes el de Las Palmas a Buenos Aires!

Sin embargo, y por motivos familiares, en un momento dado fue a La Palma, sometiéndose a tres travesías, de Lanzarote a Gran Canaria, de Gran Canaria a Tenerife, y de Tenerife a la Isla Bonita, para trabajar en Tazacorte, en aquel artilugio mecánico que servía para transportar las piñas de plátanos desde las alturas del risco hasta las bodegas de los barcos que las llevarían a Londres. Y allí, en Tazacorte, mi padre escribió lo mejor que yo he leído sobre la insularidad canaria, y que nadie, nunca, ha querido publicar. Síntesis: si al oeste de Tazacorte ya no hay más Canarias ni hay más España, ¿qué hay? Las luces que en las madrugadas brillan en el mar por el poniente ¿son las luces de alguna esperanza, de algún barco perdido, o son las luces del lejano e inalcanzable Nueva York, del otro lado del océano, en América?

También he compartido yo con ustedes, o con muchos de ustedes, la pobreza. Y cuando hablo de pobreza me estoy refiriendo a la pobreza canaria de otros tiempos – a la más espantosa que podríamos recordar.

De aquella pobreza nació el resentimiento que nos caracteriza. Si la miseria estaba en todas partes, la desafección contra todo y contra todos tenía mucha lógica

Pero la pobreza puede ser mucho más que la pura falta de recursos. También puede ser la escasez de dignidad – de respeto, de justicia y de oportunidades.

Y observo con amargura que alguna cosa terrible debe de estar sucediendo en Canarias. Pues, en estos tiempos de más libertad, más conocimiento y más abundancia, encuentro a más canarios que nunca abandonados, desempleados, desahuciados, enfermos, mendicantes, descamisados, en las calles, plazas y playas.

No ignoro que las causas de ese inmenso fracaso son muchas y complejas. Pero me atrevo a decir que la principal es la falta de iniciativa: de vida propia – de proyecto propio. ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿Para dónde vamos?

España perdió las colonias americanas cuando en los territorios del Nuevo Mundo creció la capacidad de iniciativa local - cuando el bien y el mal dejaron de ser monopolio de la metrópolis.

Las Islas Canarias se quedaron como huérfanas, como sin hermanos ni hermanas, en medio de la lejanía recompuesta. Y en la Península fue creciendo poco a poco una preocupación lógica: el Archipiélago no podía compararse, en nada, con los territorios perdidos, pero sus habitantes, los canarios, eran gentes a tener en cuenta, por si las moscas… Además de sentirse más americanos que europeos, los canarios tenían una acusada capacidad de iniciativa que les permitía - literalmente - vivir de la nada… Y fue con esa capacidad de iniciativa que emigraron, que progresaron en América, y que influyeron bastante en los muchos y variados procesos de independencia

Como consecuencia de aquella preocupación creciente, en un momento dado, y para que las Islas Canarias no siguieran el mismo camino que las colonias americanas, alguien tuvo la ocurrencia de implantar aquí un régimen fiscal especial que durante décadas nos permitió sobrevivir, pero no progresar

La capacidad de iniciativa fue suplantada por una especie de conformismo subtropical – de “aplatanamiento” sustentado por la evidencia de que alguien, en algún lugar del cielo o de la tierra, cuidaba de que tuviésemos coches baratos, y whisky de todas las marcas, manteniendo al mismo tiempo el consumo de gofio y pejines…

El mal que nos inocularon, y que fue defendido furiosamente por los llamados proteccionistas - ahora demócratas de toda la vida - continúa circulando por nuestro sistema nervioso. Y por eso, todavía, hasta los creyentes que se dicen independentistas, o nacionalistas, o insularistas, o lo que sea, siguen mendigando el pan y la sal a Madrid y a Bruselas. Quieren ser dueños de algo, pero no asumen la responsabilidad de serlo

Con aquel viejo régimen fiscal se podía salir de Canarias, libremente, con maletas llenas de dinero. Pero no, sin algún gravamen, con las mercancías que importábamos para revenderlas a buen precio.

Más o menos como ahora, cuando seguimos presumiendo de lo mucho que exportamos a África, sin reconocer que en realidad no hacemos otra cosa que reexportar – que abrir mercados, crear demanda, para los bienes y servicios ajenos…

En la práctica, y a todos los efectos, en esta tierra todo sigue igual. Los canarios abandonados en las calles y en las plazas se mueren a la intemperie porque aquí seguimos esperando por una Providencia que no tiene teléfono ni se pone al teléfono

Nuestra sorprendente vocación musical no es una casualidad. La música es el arte que más se parece al alma, porque, como el alma, pertenece al universo de lo que menos se ve y más se siente. Y los canarios nos movemos entre el mucho sentir y el poco hacer…

Se trata de una verdad como un templo. Presten atención y podrán comprobar que la música no cunde en el alma de los pueblos más avanzados, ocupados en realizar cosas más tangibles. Cunde más, siempre, en las almas grandes, pero desocupadas o poco aprovechadas, de los pueblos desconcertados

En el turismo podemos encontrar el mayor y mejor ejemplo de lo que estoy queriendo decir. Y pido permiso para decirlo, sin la pretensión de ser pedante, como alumno que fui de Kurt Krapf (el padre del turismo moderno) y como creador que he sido de la primera Facultad de Turismo del mundo (la del Morumbí):

En Canarias, el turismo es una actividad equivocada, o, cuando poco, desactualizada o anticuada. Los principales equívocos son dos: la idea de que con más turistas hay más progreso, y la estrategia de la intermediación, que es un verdadero peligro, sobre todo cuando quien intermedia es quien transporta.

No puede haber más progreso con más turistas (o solamente habrá pequeños avances) si lo que se intensifica es nada más que el negocio del transporte, por un lado, y el de la hotelería, por otro, y no el consumo general (el mismo consumo de los residentes) con la participación plena de todo el comercio, de toda la industria y de todos los servicios de toda la economía del Archipiélago.

No tendremos más progreso, nunca, mientras sigamos regalando sol y playas y no empecemos de una vez por todas a vender alguna cosa – a diversificar la oferta

No es técnicamente turismo, ni es interesante como tal, en lo social, en lo cultural y en lo económico, aquello que no sea, ante todo y por encima de todo, el incremento de la población flotante, para que se incremente el consumo general, para que, con una misma oferta de bienes y servicios, se puedan incrementar la riqueza y el bienestar.

Pero no es eso, exactamente, lo que ocurre con el llamado turismo canario. En Canarias, la prioridad de esa actividad no es ni puede ser el consumo libre, espontaneo, diversificado y creciente, porque apenas hay contacto entre la población flotante y la población residente. Los operadores no permiten ese contacto, o al menos no lo ven con buenos ojos, porque su negocio es otro. Y por eso siguen manipulando a sus clientes en grupos, en manadas, como si fueran masa sin criterio, del mismo modo que los manipulaban cuando la libertad individual y el conocimiento no eran lo que ahora sí son. Y por eso no hay participación de la mayoría de los residentes, ni de todos los sectores productivos del Archipiélago

No puede haber más progreso, ni habrá más progreso real y sostenido, mientras la demanda turística esté controlada y manipulada por los viejos intermediarios de una época trasnochada, en la que ni siquiera existía Internet.

Habiendo Internet, y al haberse incrementado el nivel cultural medio de los turistas, los intermediarios son sencillamente innecesarios, además de perniciosos…

El turismo, tal y como funciona en Canarias, donde los empresarios del sector mandan más que los alcaldes, seguirá siendo cada vez más destructivo que constructivo. Para remediar semejante amenaza serian necesarias dos cosas: que la idea de consumir - repito - sustituya a la idea de viajar y de dormir, y que la comunicación sustituya a la intermediación.

Las dos cosas son difíciles, porque los panaderos canarios, por ejemplo, no tienen la sensibilidad turística que sí tienen los panaderos baleares, y porque la Prensa del Archipiélago sigue sin enterarse de lo que pasa a su alrededor… O, al revés, sólo sabe de lo que pasa a su alrededor…

Cuesta creer que ningún medio de comunicación canario publique una columna - una simple columna especializada - capaz de acompañar, analizar e interpretar las luces y sombras del único sector que bien o mal, y a su manera, nos está permitiendo sobrevivir…

Resulta chocante que esos medios de comunicación utilicen Internet (¡el ciberespacio!) para decirle a Tamaraceite lo que pasa en Guanarteme, o al revés, y no para informar al mundo de lo bueno, bonito y barato que millones de turistas podrían encontrar en Telde o en Garachico…

Pero ése es otro mal que también hemos compartido ustedes y yo. En Canarias nunca entendimos que sólo existe lo que se comunica. Y a no comunicar nos hemos dedicado durante siglos. Lo nuestro, si exageramos un poco, sería más bien la incomunicación – la deformación o la ocultación de los hechos, cuando no el silencio puro y simple, facilitando con ello la sutil colonización que aquí siguen practicando los más diversos intereses ajenos, o espurios

Sin embargo, y pese a lo que he dicho y he querido decir, debo aclarar, antes de que el micrófono se apague, que ahora mismo, según mis cálculos, la madre de todos los problemas de Canarias, de España, de nosotros, es la democracia.

Y no se preocupen. Pues no voy a defender nada que se parezca a un régimen totalitario…

Pero si voy a decir y digo que la democracia no es la panacea. Y lo digo con conocimiento de causa, aunque nunca haya votado.

No he votado, ni votaré jamás. Primero, porque me niego a creer que la razón sea lo mismo que el parecer de la mayoría. Segundo, porque, como profesional, me he dedicado muchas veces al marketing político, promoviendo candidatos ganadores y retorciendo la voluntad popular donde había y donde no había libertad. Sé cómo eso se hace, y puedo asegurarles que es algo posible y repugnante, aunque se haga dentro de la ley. Y si se hace fuera de la ley, peor todavía. Sé muy bien que es peor - lo sé desde muy joven - porque mi primer contacto con las urnas fue en 1947, actuando como delegado del Poder establecido, para falsificar en La Graciosa el resultado del referéndum de Franco.

No obstante, no me cuesta reconocer que no hay nada mejor que la democracia para reconducir la convivencia de los humanos, después de cualquier guerra, dictadura o desgracia parecida, y mientras dure el pánico correspondiente.

Pero, pasado el pánico, superada la oscuridad, las masas, siempre mayoritarias, no paran de apoyar el progresivo ascenso de los menos respetables (cada vez menos respetables), ni resisten las tentaciones (cada vez mayores) del poder y del dinero caídos del cielo…

Por eso, la moral democrática es cíclica: todo va de maravillas mientras los peores no acumulan votos para llegar a lo más alto; y, cuando llegan, implantan lo que mejor conocen: la corrupción y el desastre; y entonces no adelanta nada seguir votando; y ahí vuelven a surgir las tres opciones de siempre: romper la baraja, mirar para otro lado, o volver a empezar.

Y es ahí donde estamos ahora mismo, en Canarias y en España. Los peores llegaron al poder con cierta facilidad, en menos de treinta años, utilizando sus propios votos – su propia, evidente, y sobrada mayoría. Y, ahora, todas las soluciones razonables están bloqueadas, porque toda nueva mayoría acabaría reforzando la mediocridad de la mayoría que ya nos gobierna…

Triste. Ni en Canarias ni en España volveremos a encontrar la senda del bien común mientras los votos sigan valiendo más que las personas – mientras no volvamos a correr, de verdad, el riesgo de retroceder.

Quien lo dude puede ilustrarse con ejemplos asustadores, prestando atención a los muchos energúmenos que con credenciales democráticas lideran la desgracia de infinidad de lugares y de territorios.

O puede colocar en la pared, por orden cronológico, una colección de fotografías del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, que muestren el cambio de diputados, en cada legislatura, desde la Transición. Y verá entonces con horror, y con absoluta claridad, lo que realmente ha sucedido... ¡Ha sucedido el desalojo puro y simple, progresivo, disparatado, de los mejores españoles de una época!

Lo que necesitamos ahora mismo no son partidos y más partidos, siglas, votos, mítines, promesas, populismos corruptos y miserables. Tampoco necesitamos un dictador. Para volver a empezar, lo que de verdad necesitamos es una persona - una sola persona que nos sirva de ejemplo y de inspiración - con la cabeza bien puesta, con capacidad reconstructora, y con el alma limpia: alguien que no suba a la tribuna para subastarse como se subasta el pescado.

¿Cómo se llama esa persona?

¿Dónde está?

¿Ustedes la conocen?


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miércoles, 20 de abril de 2016

El ministro que no sabía leer


Hubo una vez un patán campesino que se convirtió en un funcionario de importancia durante una época de trastornos políticos. Nuestro héroe fue nombrado primero gobernador y luego ministro, quizás incluso presidente, porque no hay forma de saber lo que la gente es capaz de hacer en su locura. A causa de este nombramiento, llegó a creer que en verdad era importante y aprendió a actuar en consecuencia.

Nuestro personaje era muy bueno en las apariciones pú­blicas y podía improvisar discursos sin la menor difi­cultad, pero su posición requería que leyera sus discursos y el hombre era analfabeto. De modo que usó el ingenio para salvar las apariencias. Tenía una hoja de papel con algo escrito, y la blandía cada vez que pronunciaba un discurso. Así, su eficiencia y sus otras cualidades eran innegables para todos los campesinos. 

Pero cierto día, un extranjero con alguna preparación llegó por allí y advirtió que, al leer su discurso, el héroe sostenía la hoja al revés. Se echó a reír y señaló a todo el mundo el engaño.

¿Crees que nuestro héroe quedó atrapado? De ninguna forma. Miró a la gente con toda calma y dijo: "¿Al revés? Eso no es problema para el que sabe leer." ... y los campesinos estuvieron de acuerdo.


PD: Adaptado del libro "Relatos de Poder" de Carlos Castañeda


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viernes, 1 de abril de 2016

Los marajás Clavijo y Curbelo

Durante el Imperio Británico en la India cuando algún Marajá de alguna provincia se ponía rebelde, el gobernador británico simplemente le permitía poner un nuevo impuesto a su población. A las arcas del Imperio Británico no le costaba nada, de hecho ganaba porque recaudaba una pequeña parte del nuevo impuesto.

En Canarias el tema funciona algo parecido, pero en lugar de un impuesto es un exención fiscal por aquí, unos fondos del IGTE por allí, una licencia del REA, un concurso de parques eólicos, una carretera o la recalificación de unos terrenos.... en suma migajas que nos pagamos a nosotros mismos.... y para proteger al marajá insular lo blindamos con una ley electoral canaria fraudulenta y antidemocrática.

Bloquear el desarrollo de una región no tiene sentido económico, pero tiene todo el sentido político. Pequeñas concesiones permiten asegurar la lealtad de los marajás insulares. Es como el perro al que tenemos atado y al que le alargamos un poquito la cadena. El perro estará agradecido de que le alarguemos la cadena en lugar de cabreado porque lo tengamos atado. Los marajás insulares son así de cortitos.

Así aseguramos los intereses militares y geoestratégicos, al tiempo que creamos un mercado cautivo vía recortar las libertades comerciales. No en vano, con la perdida de los Puertos Francos y la "plena integración ultraperiférica" Canarias se ha convertido la Cuba española del siglo XXI, el lugar donde colocar los excedentes de producción españoles y de extraer divisas y rentas para compensar, con los ingresos turísticos, la deficiente balanza comercial exterior de España.


Es curioso como los Marajás locales están intentando hacer creer a la gente que los diputados no representan ciudadanos sino hectáreas. Realidad sub-tropical que más de un ignorante termina creyéndose.

Como me comentó un amigo, el concepto de "igualdad" entre las islas mediante la triple paridad es muy peligroso. Por igualar "derechos" entre las islas se "desigualan" los derechos de los ciudadanos y se mantiene a los marajás enquistados en sus sillones institucionales cómodamente extrayendo rentas mientras se sacrifican oportunidades y los jóvenes tienen que emigrar. Se prefiere tener en frente una isla tan subdesarrollada como la propia en lugar de tener a un Hong Kong que actúe de locomotora de todo el archipiélago. Son así de mezquinos y mediocres.


En cualquier caso, los señores del ATI profundo lo tienen claro desde los años 70 en que mandaron a hacer un estudio sobre "la isla del futuro" a un estudio de arquitectura japonés. El obsoleto concepto que los japoneses diseñaron hace 40 años fue el de "la isla jardín", es decir todo urbanizado menos la corona forestal y las cañadas del Teide. Curiosamente el tren, el puerto de Granadilla y demás proyectos faraónicos e innecesarios ya estaba proyectados desde aquel entonces.

El modelo de desarrollo de Canarias para estos majarás insulares ya sabemos cual es,.. la especulación del suelo,.....se alquila o se vende... y no los saques de ahí porque cualquier otra cosa les queda grande. 

El belillo y el simplón

Es curioso oir las alertas y amenazas veladas de "Don Casimiro", así como las machangadas que soltó el "señorito" Fernando Clavijo en el debate de la "cosa canaria" el otro día sobre la reforma electoral y la posible fractura de Canarias, cuando en realidad lo único que se puede fracturar, y para bien, es el insularismo enquistado de los marajás. 

Menos mal que uno ya está curado de espanto y se toma las boberías como se merecen.


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