lunes, 23 de febrero de 2015

Nacionalismo y Universalidad

Cuantas veces hemos oído que vamos hacia un mundo global en el que los nacionalismos y las fronteras ya no tienen sentido. Pareciera que tuviésemos que abandonar nuestras especificidades y abrazar una cultura universal deshaciéndonos de rancias y obsoletas consciencias nacionales en el camino. Lo local deja de tener valor y se menosprecia en aras de una conciencia universal, de un todos somos uno, de un maravilloso mundo de Nunca Jamás lleno de paz y amor, o, por el contrario de un paraíso proletario utópico universal. 



La gente, fruto de una espiritualidad mal entendida en el mejor de los casos o de una ideología dogmática en el peor, confunde universalidad con uniformidadCrear la universalidad en un planeta no significa volver uniforme el pensamiento y la conducta de las gentes. La universalidad, correctamente entendida es la capacidad del ser humano de asumirse como seres planetarios, de volverse responsables de ello y de vivir plenamente su especificidad, es decir, su individualidad. Ese concepto está magistralmente recogido en el famoso eslogan ecologista "piensa en global, actúa en local".

La nación no es más que el pedazo de humanidad con el que nos ha tocado compartir vida y territorio. Pero además de un territorio es una cosmovisión, una forma de entender la vida y la relación con el medio, un "egregor" o consciencia colectiva. Universalidad no es uniformidad ni renunciar a los valores culturales propios sino FRATERNIDAD EN LA DIVERSIDAD


Tindaya ya es un monumento, solo la universalidad mal entendida y un eurocentrismo enfermo restaría valor a las manifestaciones culturales ya existentes en la montaña. Nuestra cultura ancestral no es mejor ni peor que ninguna otra, y merece todo nuestro respeto.

Es por ello que nacionalismo y universalidad no están reñidos. Cada nación ha de aportar su o sus culturas para que ellas enriquezcan la diversidad humana, desde los indios yanomamis de la Amazonia a las sociedades nórdicas de Suecia o Noruega, pasando por todos y cada uno de los pueblos. Negarse a si mismo, negar una cultura propia, es negar la riqueza de la humanidad. Dejar que una cultura se pierda es una tragedia. La universalidad es fraternidad en el pluralismo, en la diversidad, en el respeto mutuo, en saber que nadie vale más que nadie ni ninguna cultura es mejor que otra, que todas tienen derecho a evolucionar y a crear.

La forma de contribuir efectivamente a esa diversidad fraternal es mediante la creación de hombres libres. Un hombre libre es un ciudadano que piensa por sí mismo, que se forma, que piensa, siente, dice, actúa e interactúa. Un hombre que a través de su individualidad aporta al colectivo de forma consciente.


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