La carretera de la Aldea

Hablar de la carretera de la Aldea es hablar de sentimientos encontrados. No nos gusta imaginarnos que a la Aldea de San Nicolas llegue el turismo depredador y la especulación del suelo, pero, a decir verdad, no nos damos cuenta de que el problema no es la carretera sino nuestro perverso modelo de desarrollo.

Si hay dos obras que se justifican en Canarias desde un punto de vista social son las del Túnel de Frontera en la isla de El Hierro y la carretera de la Aldea en Gran Canaria. El primero ya está hecho, el segundo está paralizado.

La Aldea es una isla dentro de una isla, y sufre infinidad de problemas sociales. La droga corre a raudales entre la población, algo que desgraciadamente no es ninguna excepción en Canarias. La atención sanitaria es deficiente y si hay temporal las carreteras están cortadas y allí no aterriza el helicóptero medicalizado. 



No es que me guste que las obras se las lleven las mismas empresas foráneas de siempre mientras aquellos caciques que se meten en la cama con el poder central van de subcontrata. No me gusta que Lopesan haya comprado Veneguera ni que su abogado haya comprado Guayedra. No me gusta nada. No me gustan esos horribles puentes que hacen, ni me gusta el trazado, ni me gusta que horaden la montaña sagrada de Tirma, pero la realidad es que muchos de nuestros copatriotas se juegan literalmente la vida en esa carretera todos los días.

El problema no es la carretera sino nuestro modelo de desarrollo y nuestro modelo político que protege el caciquismo español y a sus medianeros locales. Desgraciadamente la protesta y marcha de los aldeanos en reivindicación de la reanudación de las obras de la carretera fue eclipsada en la prensa por el temporal que afectó a Tenerife principalmente, las manifestaciones contra las prospecciones y descubrimiento de petróleo en aguas marroquies cercanas a Canarias.




La aldea ha sido lugar de explotación, de caciques absentistas y capataces. Lugar de dolor, de trabajo en los tomateros con químicos peligrosos. Un lugar de heridas en el alma junto a tradiciones viejas. No viene de ahora, viene de muy atrás. Cualquiera que lea a Olivia Stone, la viajera de finales del XIX que escribió "Tenerife and its six satellites" puede comprobar la deprimente descripción que hace de la Aldea y de sus gentes sometidas al caciquismo de un titulo nobiliario español. 

A mi me duele la tierra como al que más y soy perfectamente consciente de las tradiciones milenarias que se guardan en esa parte de la isla, pero una nación no es solo la tierra sino también sus gentes. Imagínate la isla de Madeira deshabitada como cuando se descubrió ¿es acaso una nación o la nación la forman sus gentes y su espíritu colectivo en el que se incluye su unidad con la tierra? Canarias no son las playas, riscos y montañas solamente,... Canarias son sus gentes y hasta que no tengamos un sentido fuerte de comunidad no tendremos ningún futuro como pueblo ni tampoco como individuos plenos. Mientras no tengamos lo que el filosofo amazigh Ibn Kaldhun denominaba Assebiya, es decir cohesión social o solidaridad tribal, seguiremos siendo esclavos y ciudadanos de segunda en nuestra propia tierra. Nuestro futuro depende de la capacidad de ser solidarios no con los saharauis o los palestinos, sino con el vecino, con el hermano, con el compañero. Cuando en Canarias emerja esa solidaridad tribal, esa solidaridad étnica, podremos cambiar nuestro destino como pueblo y recuperar nuestra esencia oculta bajo la mascara que nos han puesto y que nosotros mismos hemos alimentado.

Si queremos construir un mundo mejor empecemos por nuestra isla, nuestro pueblo, nuestro barrio, nuestra casa. Los aldeanos merecen la oportunidad de un futuro mejor, y el que consigan tenerlo sin perder su identidad y su esencia como pueblo depende de ellos, es su responsabilidad. 

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