jueves, 20 de febrero de 2014

Reanudemos el partido

Por Adal Fernandez

Canarias pertenece a España y la naturaleza de esa pertenencia hace imposible el control sobre la Zona Económica Exclusiva de 200 millas, y sin ella no hay pesca ni seguridad ni control sobre distribución o vertidos, no hay futuro para nuestros puertos... Ni nada derivado de eso. En lugar de eso hay aguas marroquíes o internacionales si los marroquíes, como hasta ahora, se siguen comportando con cautela. No hay control sobre las tasas aeroportuarias (con algunos de los pocos aeropuertos rentables del estado) ni la territorialidad, y el control de nuestra fiscalidad y abastecimiento pasan por el interesado permiso de las Cortes, cuando pasan. Es una obviedad decir que el actual régimen no nos conviene y nos convierte en buenos compradores y muy malos exportadores. Es obvio para gente de toda tendencia e ideología, pero no está demás dejarlo claro por si alguien llega tarde al debate social en el que Canarias está (o debería estar) inmersa.



Todo eso es un hecho, y no lo digo porque odie España o porque yo no tenga, como tiene prácticamente todo el mundo en Canarias, amigos, familia, afinidad o simpatía por los españoles y las españolas. Si odiar ya es absurdo, odiar a quienes son también tus amigos y tu familia, es de ser gilipollas. Eso también es una obviedad... Y aún así me acusarán de odiarlos, porque es fácil y parece que no tiene consecuencias, y porque ceñirse al debate de la plena autonomía interna es bastante más complicado. Sacar la carta nazi es más rápido, como Mike Godwin dice: cuanto más se alarga una conversación en internet, más probable es que salga. Y ahí termina, esa carta gana a todas, aún a costa de cargarse el debate. Cosa que a algunos les da igual.

Porque a los que acusan a un independentista de nazi a las primeras de cambio (y más a mí que ni siquiera soy nacionalista) no les interesa el debate, no les interesan las razones a favor o en contra. No. Les interesa embarrar tanto el terreno de juego como para que se suspenda el partido durante otro par de siglos, porque a falta de argumentos que defiendan el despropósito de esta Canarias en esta España y sin la tolerancia necesaria para encajar los argumentos en contra, la mejor alternativa que encuentran es desentenderse, desacreditar y escurrir el bulto.

Y en parte les entiendo, porque es difícil tener que aceptar lo que los partidarios de un cambio de status tuvimos que aceptar previamente; muchos canarios a lo largo de la historia han puesto su lealtad en un estado, una España, que nunca ha sido leal con ellos, muchos han esperado en vano la modernización y riqueza que se le presupone a un gran país europeo para encontrarse con que tras siglos de guerras absurdas, hambrunas horribles y dictaduras abominables, llegan los primeros treinta años de democracia y resulta que la base económica sigue siendo la misma que cuando éramos desacomplejadamente llamados una colonia, y nuestra sociedad se dispersa y se diluye como siempre hizo. Ser españoles no nos ha servido y duele aceptarlo, duele al canario de nacimiento y al de adopción, duele al canario que emigra y al que vuelve para ver que, en el fondo, nada ha cambiado. Y a veces parece que es mejor no enfrentarse al dolor, que es mejor no enfrentarse al hecho de que el gobierno del Estado en que confían NUNCA va a pronunciarse a favor del control pleno interno para Canarias, que sería la única alternativa, al menos temporal, a la independencia para reclamar lo poco que un archipiélago puede tener: sus aguas, sus comunicaciones, su distribución, su coherencia territorial y económica.

No caigamos en la trampa, olvidemos caminos que nos hacen mover en círculos y no llevan a ningún lado. Vayamos mas allá, superemos el trauma. Avivemos el debate. Reanudemos el partido.



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